Columna de Ascanio Cavallo: Tragedias y comedias



La política es la tragedia de nuestro tiempo, dicen que una vez dijo Napoleón. No es seguro que sea realmente el autor de la frase, pero queda adecuada para alguien que ascendió en contra de la revuelta política francesa e imaginó terminar con ella de una vez y para siempre. Pero la tragedia es vecina de la comedia y muchas veces la frontera entre ambas se torna difusa e imprecisa. El rasgo diferenciador de la comedia es que, a la larga, presenta la idea posible de una sociedad mejor, más o menos lo mismo que ofrece la política desde el Libro VII de Aristóteles en adelante.

No se sabe muy bien en qué situación está Chile. Por ahora, parece parte de la zona borrosa.

Si alguna vez se logra hacer un improbable estudio comparativo sobre los modos en que las comunidades nacionales han enfrentado la pandemia del Covid-19, Chile podría estar entre aquellas que sufrieron una rara adicción al confinamiento. Esta ha sido, por lo menos, la principal estrategia del gobierno para combatir el contagio y, a estas alturas, si sólo se cuenta desde abril, está entre las más prolongadas del mundo. Mejor aún, la resistencia del exministro Jaime Mañalich a imponer las cuarentenas, y sus advertencias sobre los efectos sociales que provocan, forma parte de la lista de razones que lo volvieron tempranamente impopular.

Las encuestas muestran que una mayoría de la población prefiere continuar en confinamiento, aunque la cifra ha ido disminuyendo. Los adalides de ese sentimiento han sido los alcaldes, seguidos de cerca por los gremios de la salud y por ONG dedicadas (o volcadas) a las epidemias. No es sólo eso: en numerosas localidades pequeñas los vecinos vigilan y hasta prohíben la llegada de afuerinos. Alguna vez se recordará (¿como tragedia o como comedia?) que incluso en el indomable Santiago se llegó a prohibir el tránsito entre comunas contagiosas y comunas liberadas.

Igual que en otros países de América Latina, la pandemia se produjo en medio de un intenso momento de agitación social. Y la pregunta en todos ellos es si el confinamiento canceló el espíritu de protesta o solamente lo suspendió. Los signos son ambiguos: ciertos estallidos localizados o episódicos hacen pensar que la revuelta está agazapada a la vuelta de la esquina, lista para saltar en cuanto se normalice la situación sanitaria (¿pero cuándo será eso?), y, a un mismo tiempo, los estudios de opinión indican que el apoyo a la movilización callejera ha ido disminuyendo. En Chile, esto ha hecho pensar a algunos que el fin de la pandemia señalará el comienzo de un “nuevo ciclo”, aunque nadie es capaz de precisar en qué consistiría este cambio de condiciones.

En todo caso, formaría parte del “nuevo ciclo” el plebiscito constitucional, cuya realización irrevocable quedó sancionada esta semana por el propio Presidente, probablemente para zanjar las sospechas de que el gobierno querría hallar una excusa sanitaria para eludirla. Antes de ese plebiscito tendrá que producirse -por culpa de una muy ambigua redacción de la Constitución vigente- una discusión parlamentaria acerca de la prolongación de los estados de catástrofe y toques de queda aplicados selectivamente en algunas regiones y provincias. Según la Constitución, el Presidente puede prolongar estos estados hasta por un año, pero a los 180 días (septiembre) debe informar sobre sus medidas al Congreso, el que tiene la facultad de revocarlo. Como es fácil ver, esto contiene un oxímoron: el Presidente tiene una facultad, pero el Congreso se la puede revocar… ¿Cuándo, antes de que se termine de cumplir o después de que ya lo ha hecho?

Este será un debate de especialistas, y es notorio que en esta materia la propiedad de la interpretación es territorio en disputa. No se sabe muy bien por qué, el ministro de la Segpres, Cristián Monckeberg, declaró hace unos días que “ninguna autoridad sanitaria” puede suspender el plebiscito, lo que implica que a) no importará nada la opinión del ministro de Salud ni de quienes lo secunden, y b) finalmente podría realizarse bajo condiciones de excepcionalidad. Por ejemplo, con cuarentenas y toque de queda. Dadas las condiciones actuales y las experiencias europeas con los rebrotes, esto ya no resulta imposible. Pero, en ese caso, este sería el segundo plebiscito más extraño de la historia nacional.

Parece evidente que el gobierno está haciendo lo posible para evitar que el triunfo del “apruebo” el 25 de octubre se convierta en una victoria en su contra, un triunfo del variopinto arco de la oposición; y las puntas de ese arco tratan de transformarlo precisamente en un plebiscito en contra de Piñera. En esto, nadie guarda ni el más decoroso disimulo.

Dado que las encuestas -otra vez- muestran una persistente mayoría en favor del “apruebo”, el gobierno quiere reducir al mínimo las divisiones en el gabinete para no llegar a una noche dolorosa el 25 de octubre. Y acaso el Presidente, con su conocido pragmatismo (el griego pragma refiere a una acción o asunto, y se complementa con mythos, relato o narración), podría querer que el principal cambio institucional del siglo XXI sea, a la postre, el nuevo relato de su cuatrienio.

Si las encuestas reflejan una verdad momentánea, hay que admitir que hoy recogen dos pulsiones altamente contradictorias: el deseo de llevar el confinamiento hasta su extenuación y el deseo de realizar un torneo electoral en virtud de un arco de motivaciones también muy diversas. La voluntad de salir a votar, en cambio, muestra una alta volatilidad, lo que sugiere una abstención incierta. Es muy curioso que, estando estas contradicciones a la vista, los partidarios de cada opción estén prefiriendo realizar un proselitismo performativo antes que acciones destinadas a conseguir que la participación sea lo más grande posible. En 1988, la oposición a Pinochet tuvo la intuición (correcta) de que las posibilidades de triunfo del “no” se basaban en que la mayor cantidad de chilenos concurriera a las urnas y, por lo tanto, centró toda la primera parte de sus campañas en dar certezas de que el voto sería seguro, secreto y decisivo. Cuando el 97,53% de los mayores de 18 años salieron a votar, supo que había ganado.

Con eso se evitó lo que muchos creen que habría sido una tragedia. ¿Cómo se evitará que el plebiscito venidero no devenga en comedia?

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