Columna de Octavio del Favero: “Los enemigos íntimos de la democracia”
La última entrega de la encuesta CEP ha traído preocupantes datos sobre la salud y legitimidad de la democracia. Estas actitudes junto con los altos niveles de desigualdad y precariedad económica son un sustrato fértil para un deterioro democrático agudo como el que se ha observado en otros países. No hay razones para pensar que en Chile eso no es posible.
Desde el 2019 a 2022, el porcentaje de quienes consideran que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno” bajó de un 64% a 49%. Mientras que quienes justifican la preferencia de un gobierno autoritario subió de 11% a 19% y a quienes les es indiferente de 17% a 25%. Por otra parte, las personas que valoran en mayor medida “que haya orden público y seguridad ciudadana” por sobre las “libertades públicas y privadas” aumentó de 41% a 68% en el mismo periodo.
¿Cómo enfrentarlo? Es en este momento donde se requiere más de aquellos que son en buena medida responsables del estado de las cosas: los partidos políticos. Sumidos en el desprestigio máximo (consistentemente solo un 4% de las personas consultadas confía en ellos), tienen aún la manija del sistema político y son responsables de su futuro.
Frente a la crecida de grupos que están buscando construir popularidad desde una estrategia anti-institucional que solo profundiza el problema, es fundamental que los representantes con compromiso democrático no den espacio a esta peligrosa crecida. Esto tiene particular importancia de cara al perenne ciclo electoral en que estamos. Junto con la elección de los consejeros constitucionales, se acercan sin descanso las elecciones locales y luego parlamentarias y presidenciales. En estos escenarios es vital que los partidos con mayor orgánica no sucumban a la tentación de dar espacio en sus listas y pactos a los sectores anti-política que paradójicamente buscan montarse en sus infraestructuras.
La pregunta que enfrentan los partidos es si prefieren pactar con grupos con los que son más afines programáticamente, pero que ponen en peligro su propia existencia y la democracia o si, por el contrario, optan por atenuar los niveles de polarización con sus adversarios en un pacto de tolerancia y legitimación mutua para excluir a los extremos antidemocráticos. Parafraseando a Todorov, es necesario aislar a los “enemigos íntimos de la democracia”, aquellos que con sus discursos y acciones relativizan la importancia de este sistema frente al autoritarismo.
El “Acuerdo por Chile”, con todas sus limitaciones, es una señal en ese sentido. Pero también se requiere eficacia, es decir, que los cambios sucedan y la vida de las personas mejore notoriamente evitando arreglos gatopardistas. Necesitamos que la política se renueve, pero no solo desde las caras o las comunicaciones, sino que desde su diseño institucional y práctica, priorizando pactos para cambios efectivos en favor de la ciudadanía.
Por Octavio del Favero Bannen, director ejecutivo de Fundación Ciudadanía Inteligente
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