Columna de Oscar Contardo: El origen del miedo



Creo que fue en la campaña presidencial de 2017 cuando, en entrevistas y debates, los periodistas comenzaron a preguntarle a los candidatos de centro izquierda sobre su postura frente a las políticas internas de Corea del Norte. Los confrontaban con la seriedad y el aplomo de quien realmente cree que era posible una suerte de desembarco estalinista en el país, disimulado bajo promesas tan insolentes y atrevidas como fortalecer las atribuciones del Sernac. La entonces oposición de derecha había logrado sumar al país asiático a la dupla del terror conformada por Cuba y Venezuela, una adición estimulada por la pintoresca candidatura de Eduardo Artés. Las experiencias dictatoriales de esas tres naciones, tan distintas y distantes a la chilena en su historia política y social, fueron en adelante la columna vertebral de un discurso replicado en portales de noticias, diarios, revistas (en esa época existían) y canales de televisión. ¿Cuánto admira usted a Fidel? ¿qué tan cerca está usted de Maduro? ¿qué le parecen las hambrunas norcoreanas?

Los minutos que abundaban para comentar los discursos estrambóticos del dictador venezolano y la última amenaza nuclear de Pyongyang a Seúl, se restaban a la posibilidad de que, en una de esas, los candidatos pudieran extenderse sobre temas de los que poco se hablaba en ese momento, como las pensiones, la presión migratoria y la sequía prolongada consecuencia de la crisis climática. Las prioridades y focos parecían estar en otra parte, sutilmente desplazados de la realidad.

Sobre los acontecimientos internos, los énfasis de la prensa estaban en la seguridad y el orden, aunque sólo abordados desde la perspectiva de los asaltos y portonazos como espectáculos televisados. Una crisis real, como la multiplicación de los delitos violentos, pero reducida a un solo mensaje: es necesario meter más gente en la cárcel. La consigna era frenar una puerta giratoria que permitía que los asaltantes anduvieran sueltos, sin hacerse cargo de que las prisiones en Chile ya están atestadas de personas pobres, sobreviviendo en condiciones infrahumanas, internos que, una vez que cumplen su condena, salen a hacer lo único que aprenden en prisión: cometer más delitos. Lo más cómodo siempre es mostrar la solución sencilla, aunque el problema sea evidentemente complejo. Simplificar las cosas hasta el punto de llevar a la televisión a un psicópata mentiroso que dice que ha repelido cincuenta asaltos a punta de disparos. Lo mejor era presentar el tema como un dilema de dispara usted o disparo yo.

Había que salvar al país de la debacle mayúscula a la que había sido arrastrado por un gobierno tan afiebrado como el segundo de la presidenta Bachelet, que incluso advertía que era necesario un cambio constitucional. Pamplinas, lo importante era no transformarse en Chilezuela. Hubo elecciones. Ganó la oposición del momento. Con el segundo gobierno del presidente Piñera el país debía crecer el doble, la delincuencia disminuiría el triple, la inmigración desmesurada sería controlada y las instituciones fortalecidas. Nada de eso sucedió. Hoy Chile es más pobre, la delincuencia es mayor y las instituciones se desplomaron. Después de cuatro años de fracasos, el discurso de aquellos que llegaron al gobierno en 2017 siguió siendo el mismo. Tampoco cambió la única manera de enfrentar al adversario político, repitiendo nuevamente el mantra: Cuba, Venezuela, Corea del Norte (sumaron Nicaragua). Un conjuro sin ideas que justifican llamando “polarización” a cualquier desacuerdo y calificando de “comunista” a todo lo que no sea un negocio. Transformaron la noción de centro político en sinónimo de pavor a cualquier cambio.

Hasta hace un mes la posibilidad de que Gabriel Boric llegara a la presidencia era descrita por muchos como un acabose. Uno de los hombres mas ricos de Chile escribió incluso que era un candidato de extrema izquierda, pese a que el programa de gobierno y sus propios planteamientos estaban nítidamente orientados hacia un proyecto socialdemócrata. Las cadenas de whatsapp anunciaban el retorno de los soviets y quien dijera lo contrario, era un enemigo. Boric ganó, habló con los empresarios, presentó gabinete, bajó el dólar. Una vez más la debacle anunciada sucesivamente desde el plebiscito del 88, hasta la elección de Michelle Bachelet, no sucedió. Como es usual ya, nadie se retractará de los terrores esparcidos, nadie se hará cargo del modo en el que periódicamente la realidad externa ha sido representada de manera mañosa y distorsionada como una forma de reemplazar el evidente vacío de ideas de un sector político que ha estrujado el miedo hasta el hartazgo. Un culto al temor que, todo indica, no sufrirá variaciones, porque resulta fácil de esparcir y mucho más económico y cómodo de cultivar que las razones de peso. Sobre todo, cuando en los medios muy pocos cuestionan los argumentos que sostienen los anuncios apocalípticos, a veces ni siquiera con una contra pregunta, porque al hacerlo arriesgan una tribuna cada vez más escasa, poblada de paneles que responden a un pasado homogéneo y elitista, como los antiguos gabinetes, esos donde todos eran o parientes o socios o ex compañeros de colegio; gente con muchas certezas y pocas preguntas, educada para dar órdenes y ser obedecida sin chistar.

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