Columna de Pablo Ortúzar: Abdique, hágalo por Chile



Las condiciones para un nuevo pacto de clases orientado a la construcción de un Estado social en Chile están maduras desde noviembre del 2019. En otras palabras, la opción de acuerdos amplios y duraderos entre izquierdas y derechas para consolidar nuestras clases medias a mediano plazo llevan más de dos años arriba de la mesa. Las tesis políticas de la derecha económica fueron derrotadas (se rompió el elástico que ellos pensaban que aguantaba) y eso ha sido reconocido por todos los actores sobrevivientes de la centroderecha.

Sin embargo, han sido las izquierdas las que se han negado a consolidar dichos acuerdos ¿Por qué? Porque quieren un orden a su pinta. Quieren llevarse la república para la casa. Quieren una especie de gran Gabinete Karamanos a escala nacional. No quieren hacer yunta con el adversario para arrastrar la pesada carreta de nuestra modernización. Prefieren tratar de arrastrarla solos, aunque no tengan la fuerza necesaria, para reclamar propiedad sobre el total de la carga.

La razón detrás de esta actitud tiene explicación: la izquierda chilena carece realmente de proyecto político, aunque sus intelectuales se hayan adueñado de casi toda la academia. Lo suyo es el antipinochetismo, que es una variación invertida del pinochetismo. Y casi nada más. Luego, sueñan con imponer -1 ahí donde Pinochet impuso 1, para lo que necesitan un poder equivalente al de una dictadura. Todo bajo la regla chilena de oro: “¿Y cómo el otro?”.

No es irrelevante el hecho de que toda la generación perdida de la izquierda son personas a las que la dictadura, por lo bajo, les dañó irreparablemente la juventud. Gente que no pudo vivir una irresponsable rebeldía, porque había demasiado en juego. Carolina Tohá una vez lo dijo tal cual: su generación nunca pudo darse el gusto de la irreverencia. Fueron ordenaditos, funcionales, obedientes. Y, por lo mismo, se rindieron frente a sus hijos rebeldes. Realmente los admiran. El retorno de lo reprimido los condenó a una docilidad final: pasar el último tramo de sus vidas como aduladores y espadachines de la adolescencia ajena.

La rendición ante la épica adolescente es el hilo invisible que une a Stingo, Baradit, Atria, Bassa, Viera y varios más dentro de la Convención. Todos personajes de 50 años que con complejo de efebo anuncian que “se vienen cositas”. Todos con serias dificultades para tolerar y explorar el desacuerdo, pues detrás de su pose altanera campea la inseguridad quinceañera. De ahí su común desprecio por la Concertación, pues fue una coalición dirigida por adultos.

El tema es que nuestro país no aguanta otra década de pendejadas. Tenemos problemas grandes que demandan soluciones adultas. El mismo punto que el exministro griego Yanis Varoufakis, desde la izquierda, trató de hacer ver a sus pares de la Unión Europea: no podemos movernos eternamente por el deseo moralista de revertir lo pasado. Llega el momento de asumirlo y superarlo. Ser adulto, después de todo, es haber aprendido a perder. No frente a otros, sino frente a la vida misma. En palabras de Nicolás Gómez Dávila (en sus “Textos”), “nuestro terrestre aprendizaje es un desposeimiento minucioso”. “Vivir -concluye- no es adquirir, es abdicar”.

Es esa incapacidad de abdicar lo que informa aquella vehemencia infantil que el convencional Renato Garin identifica algo confusamente con una pulsión cristiana en el lote de convencionales ya mencionado. La incapacidad de asumir que Dios no esté claramente de su lado. La necesidad de un dios de los ejércitos que venga a hacer justicia en los términos que ellos creen justos. La niñería, condenada por tanto profeta verdadero, de no entender el silencio y el desierto.

Por todo esto, si yo tuviera la capacidad de hacer algo así, convocaría a mi generación -que no está perdida, pero transita rápido a la perdición- a un pacto de adultez. A renunciar a nuestra pretensión adolescente de ser los buenos y bellos de la película. Y convertirnos en viejos asumidos capaces de hacer la pega, poniendo las necesidades del país por delante. A dejarle a la generación siguiente un Estado social en construcción, al que todos queramos ser leales. Estado anclado en una Constitución democrática decente, concisa, bien escrita y continuadora de una tradición republicana bicentenaria. ¿Somos capaces, Presidente, de algo así? ¿Ministro Jackson, Ministra Vallejo, Ministra Siches? ¿Podemos renunciar a ser importantes, para ser útiles? ¿Podemos resignarnos, de una buena vez, a compartir la yunta patria?

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