Por César BarrosCon lo que saben más que por lo que creen

Desde abril -y algo antes- el consumidor recibió un impuesto no menor; en realidad fue el retiro de un subsidio (el Mepco) pero para él fue equivalente a un gravamen, multiplicado por el aumento del tipo de cambio, aplicado sin anestesia. Como diría el actual premio Nobel de Economía Robert Hall -profesor de mi “Alma Mater”-: un shock al consumidor, con efectos reales. Sumen a esto el “arancelazo” que golpea a nuestro motor del crecimiento: las exportaciones. Menores ventas, menores retornos, más IPC, y “en consecuencia” una recesión.
Nada fácil con una política monetaria que no puede ser laxa, menos aún con tasas de interés internacionales subiendo, un déficit fiscal de difícil manejo y un presupuesto fiscal donde el 80% no es corregible; y donde tampoco se pueden tocar “derechos sociales adquiridos”. Por otra parte, la inversión (la cola que mueve al perro, según Paul Samuelson) floja. Opiniones he escuchado varias: floja porque no hay ventas; porque el mundo está revuelto; o porque no es seguro que el gobierno que venga sea proempresa. Estos son los hechos de la causa, y son indesmentibles.
La inversión pública podría ser la respuesta, pero no aumentará en forma dramática en el presupuesto actual; líneas rojas imaginarias limitan el endeudamiento y por ende la inversión en infraestructura. El gasto público “ineficiente” es ciertamente escandaloso, pero reducirlo (una obligación ética y económica ineludible) a nivel macroeconómico no mueve mucho la aguja.
Esto es un problema país. Aquí no caben pequeñeces y tampoco líneas rojas. La inversión pública en infraestructura -y las concesiones- aumentan la productividad, entregan retornos medibles, pueden soportar deuda, producen empleo y actividad cuando el sector privado duda. Pero hay problemas ideológicos a lado y lado, con líneas imaginarias rojas, azules y amarillas; y escasa paciencia, como lo muestran las encuestas.
Hubo una época donde la deuda externa neta era nula, y a nadie se le ocurrió hacer una reforma previsional, una PGU o una de sala cuna. Y como no lo hicimos a tiempo, nos ganamos un estallido. Lo que sí se nos ocurrió (somos geniales) fueron una mala reforma tributaria, otra pésima educacional y una tétrica en lo político. Para coronar el cuadro, un proceso constitucional enloquecido. Ahora, sin espacio para la inversión pública, poco en la política monetaria y con un desempleo alto, no podemos “hacer nada”, o muy poco, esperando que algo (no me imagino qué) pase.
Y más encima nos llegan desastres naturales inesperados, como la semana pasada. Y no pocos se ríen de los afectados con memes de una odiosidad increíble, difundidos como chiste -incluso por los más pudientes-, sin pensar en su efecto corrosivo en un país afectado por muchas dificultades internas y externas.
Lo que enfrentamos deberíamos abordarlo como el 27/2/2010: unidos buscando una respuesta común. Y Chile sabe hacerlo, solo que aún duda, cada uno en su trinchera. Llamo a mis amigos economistas a actuar con lo que saben y no con lo que creen. Buscar espacios comunes en inversión pública, en concesiones y en deuda con respaldo en productividad sí es posible.
Por César Barros, economista
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