El drama de Chile es la negación de derechos

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Ifigenia (no es su nombre real, todo lo demás es verídico) jubiló a los 60 años. Trabajó duramente durante toda su vida, desde cuando sus compañeros más afortunados pudieron seguir asistiendo al colegio y tenían tiempo para jugar. Su jubilación no supera los 100 mil pesos porque sus empleadores no pagaron sus cotizaciones y, los que lo hicieron, pagaron solo una fracción (el mínimo) para que no saltara de tramo en Fonasa y tuviese que co-pagar. Paga un dividendo que es igual a su pensión, razón por la cual, luego de casi 50 años de trabajo, debe seguir trabajando mientras las fuerzas se lo permitan. Su pequeño departamento servirá para pagar su sepultura, cuando el crédito quede saldado gracias al seguro de desgravamen.

El párrafo anterior resume gran parte del drama de la historia reciente de Chile. Que a Ifigenia no le alcance la jubilación no es su responsabilidad. Otros, sus empleadores, no pagaron sus imposiciones. Terceros, los tecnócratas que diseñaron la reforma previsional, tenían tanta fe en el mercado que supusieron que un 10% bastaría, porque sobreestimaron la rentabilidad. Y al regresar la democracia, la deliberación de los representantes del pueblo instituyó una pensión mínima del valor que todos conocen (peor es nada). No es que no hubiese recursos, se usaron para otra cosa, como financiar íntegramente las carreras de profesionales en universidades privadas con la gratuidad.

Si se juzga por sus resultados, el sistema privado de pensiones es un desastre. Las principales razones de estos bajos resultados, sin embargo, tienen que ver con el párrafo anterior: la informalidad de los empleos que, gracias al desarrollo económico reciente, ha ido disminuyendo; la baja tasa de cotización, que hace insostenible cualquier sistema (de capitalización o de reparto); y la ceguera política que cree que es suficiente y tolerable (digna) una pensión de ese monto (convengamos que esto es así por el nivel de desarrollo actual, antes incluso la mitad de eso habría sido un sueño, como lo es en Venezuela hoy, pese a su riqueza petrolera).

El diagnóstico de la calle, no obstante, es muy distinto: el problema es… las utilidades de las AFP. Incluso que hayan contribuido a desarrollar el mercado de capitales nacional es visto como negativo.

Karl Polanyi, un agudo observador de la historia, lo advirtió hace casi un siglo: las sociedades humanas necesitan un equilibrio entre intercambio, reciprocidad y redistribución. Y el modelo chileno permitió que el intercambio penetrara en todas las esferas de la vida humana, desprestigiando el intercambio en sí, lo que se expresa en el rechazo al "modelo neo-liberal" . Y en este mismo saco podrían caber países como Canadá, Alemania y Finlandia, que son más bien socialdemócratas, pero que utilizan el mercado como mecanismo central de asignación de recursos. A diferencia de nosotros, estos países restringieron las esferas de la vida en que el dinero importa y las hicieron florecer para todos.  Y no vivirán las convulsiones sociales que Chile enfrenta  hoy porque ya las superaron.

Ifigenia podría haber vivido en Finlandia a comienzos del siglo XX, pero no en el siglo XXI. Ellos construyeron derechos sociales para todos hace 50 años. En Chile, en cambio, Ifigenia no es una excepción. Pero no nos confundamos, Chile no quiere parecerse a Venezuela ni a Argentina, sino a Finlandia, Canadá o Alemania. No quiere quitarles a todos los patines sino derechos sociales garantizados, lo que esos pueblos tienen hace más de 50 años. Chile quiere dignidad y seguridad humana para todos, y sin el desarrollo económico que hemos alcanzado, eso sería imposible.

Este movimiento social que tiene descolocada a la dirigencia política criolla fue anticipado por el premio Nobel Douglass North, que pensaba que Chile sería el próximo país que alcanzaría el desarrollo, dejaría de ser un orden cerrado y pasaría a ser lo que él denominó un "orden abierto", cumpliendo dos condiciones clave: derechos para todos y control democrático del uso de la fuerza. Y este tránsito del orden cerrado al orden abierto lo podemos no solo soñar sino hacer realidad porque no hemos seguido la trayectoria de destrucción del mercado de Venezuela en la última década. No nos engañemos. Esto no se parece a nada que haya vivido ningún país de América Latina antes que nosotros. Es el norte el que nos está llamando, no nuestros queridos amigos del sur. Y servirá para ellos, para marcarles el camino, si lo hacemos bien.

Es grande la responsabilidad de nuestros dirigentes. Lean a North y Polanyi, no a los que fueron sorprendidos por este episodio, puesto que estos no saben qué hacer y no tienen los lentes apropiados para mirar esta realidad y encausarla. Ojalá la historia de Ifigenia tenga un final feliz.

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