El silencio de Dios



Por Pablo Ortúzar, investigador del IES

Chile vivirá este mes un largo Sábado Santo. El gran silencio de Dios. El descenso a los infiernos. Un tiempo gobernado por la muerte. Y no saldremos de ella -sin importar cuántos huevitos de chocolate comamos mañana- a menos que hagamos el esfuerzo de conectar de nuevo con lo real. Con la cruz real. Con el dolor inmenso de un cuerpo humano clavado a un poste y torturado. Con la boca que pregunta “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Con el equipo médico que llora en los baños de la UCI luego de que un paciente les pida el teléfono para hablar con sus seres queridos antes de ser intubado. Con los miles de chilenos que perderán su vida en los próximos días ahogados, confundidos, asustados y solos. Lejos de todo y todos. Preguntándose, en sus últimos jadeos, por qué, por qué.

Para volver a la realidad tenemos que lograr distinguirla de la virtualidad. Eso es lo que nos suplica el doctor Glenn Hernández en su fulminante entrevista de esta semana en The Clinic. Salir de la simulación que nos deshumaniza. ¿Pero cómo se hace eso? Jean Baudrillard, el gran pensador del fin de lo real, no tiene una respuesta clara para nosotros, aunque haya señalado con habilidad los caminos sin salida (buen momento para leer Olvidar a Foucault).

Pero Jesús el Cristo sí muestra un camino. El contenido de la simulación somos nosotros mismos. Es el mundo reflejado por la vanidad de cada uno. Es el deseo de dominación, hoy convertido, tal como han dejado en claro muchas campañas constituyentes, en deseo de figuración. Lo que las redes sociales nos venden, y luego los medios de comunicación reproducen y amplifican, es la perversión del anhelo de ser amados. La falsa promesa de un amor sin reciprocidad, tiempo ni erotismo. Es decir, de un amor sin apertura al otro, donde el otro es reducido a cosa o instrumento. La fantasía del universo propio.

La revelación cristiana es justamente un hacer visible la dignidad irreductible del otro y la imposibilidad de ser amados sin amar (y, por tanto, sin arriesgarlo todo). Escándalo de escándalos. Terremoto que derrumba imperios.

La jugada final de la simulación para pervertir la revelación es el rentismo victimista. La búsqueda de figuración en nombre de las víctimas. Un sucedáneo de entrega al otro que camufla la capitalización de su sufrimiento. El buenismo, ave de rapiña vestida de ángel tuitero.

Para romper la irrealidad y llegar al sufrimiento real y concreto de quienes sufren, debemos hacer a un lado la trampa buenista. Saber que no somos María llorando al pie de la cruz. Ni siquiera apóstoles asustados. Somos peores que soldados romanos: despreciamos al débil, no de frente, sino simulando amarlo. Algo que hasta al soldado romano más vulgar le habría repugnado.

Para sanarnos debemos dejar de mentirnos y de mentir. Dejar de echarle mañosamente la culpa al gobierno o al adversario político por todo. Dejar de escondernos detrás de “la pobre gente” para incumplir las reglas básicas de autocuidado. Dejar de apelar, en la idiota fila para comprar pescado, a quienes no tienen comida. A la realidad sólo podremos volver abandonándonos. A través de la pandemia, a través de la constituyente, sólo podremos avanzar de rodillas.

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