En el punto de inflexión
La palabra crisis proviene del griego antiguo krisis, del verbo krínein: separar, decidir. Se refería a ese momento en que se distingue lo esencial de lo accesorio, como al separar el grano de la paja. Esa es justamente la encrucijada en que se encuentra hoy el mercado laboral chileno: un punto decisivo que puede llevarnos a mejorar o a retroceder.
El debate entre David Bravo y Andrea Repetto lo ha puesto en el centro de la agenda. Bravo habla de una “emergencia no declarada”: 28 meses con desempleo sobre 8%, tasas de ocupación que no alcanzan niveles prepandemia y un rezago frente a nuestros vecinos. Repetto, en cambio, prefiere hablar de “dificultad”: atribuye los problemas a la falta de crecimiento más que a políticas específicas. Ambas miradas son valiosas, pero más allá de la semántica, lo cierto es que estamos frente a un desafío estructural que no se resuelve con discursos, sino con decisiones valientes.
La urgencia no solo se mide en la tasa de desocupación (8,7% en el último trimestre), sino también en la precarización del empleo, la informalidad y la baja productividad.
¿Qué hacer entonces? Primero, reconocer la crisis y transparentar la data. La discrepancia entre las encuestas del INE y los registros administrativos muestra que no sabemos con certeza cuántos empleos formales existen. Sin información sólida, es imposible diseñar políticas efectivas. Necesitamos mejorar nuestras encuestas, abrir los microdatos y alinear metodologías para que las cifras reflejen la realidad.
Segundo, impulsar inversión y crecimiento. Sin dinamismo económico no habrá creación de empleo sostenible. Esto exige destrabar la permisología, dar certezas regulatorias y ofrecer un marco competitivo para atraer capitales. La inversión es la semilla que se traduce en ocupación y bienestar.
Tercero, apostar a la productividad y la educación. La productividad chilena está estancada hace más de una década, lo que limita el potencial de salarios más altos y empleos de calidad. Aquí la educación juega un rol decisivo: sin capital humano preparado para los desafíos de la digitalización, la transición energética y las nuevas industrias, seguiremos atrapados en un círculo de bajos ingresos y alta desigualdad.
Finalmente, debemos mirar el largo plazo sin perder de vista la urgencia. Hay medidas inmediatas —programas de empleo, subsidios focalizados—, pero también transformaciones profundas que requieren tiempo y constancia: fortalecer la capacitación, modernizar las relaciones laborales, vincular academia y empresas, y avanzar en una estrategia país que concilie crecimiento con inclusión.
Krisis es decidir. Hoy debemos decidir si seguimos minimizando el problema o si asumimos que el mercado laboral chileno está en un punto de inflexión. La historia demuestra que las crisis pueden ser oportunidades. La nuestra exige reconocer la magnitud del desafío y actuar con sentido de urgencia, pero también con visión de futuro. Solo así podremos separar el grano de la paja y construir un mercado laboral que no solo genere más empleos, sino que cree mejore la calidad de los mismo.
Si bien no enfrentamos una crisis del tipo Covid-19, la situación actual sigue siendo un punto que exige decisiones hoy: medidas de corto plazo para mejorar las condiciones de los trabajadores actuales, pero también una visión de largo plazo. Sabemos que ciertos grupos de la fuerza laboral sufren más, pero debemos aspirar a un mercado laboral con mejores oportunidades para todos.
Por Carlos Smith, docente investigador del CIES-UDD
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