En la medida de lo imposible

Imagen Daniel Fernandez Camara Maritima y (42479816)

Los jóvenes han vivido en el mejor Chile que ha existido en toda su historia, pero sienten que falta mucho por mejorar, y es muy cierto: hay vastos sectores postergados que la sociedad dejó atrás, invisibilizados.



Quienes vibramos con los ideales de mayo de 1968 no olvidamos aquella frase de Marcuse pintada en un muro de París: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Era una utopía: anhelar aquello que sabíamos que no podíamos alcanzar. ¿Es la utopía contradictoria con entender la política como “el arte de lo posible”? En ningún caso: la primera refiere al idealismo y la segunda al pragmatismo. ¿Son contradictorios el idealismo y el pragmatismo? Para nada: idealismo es imaginar el tipo de sociedad que consideramos plena y justa (la visión) y pragmatismo es encontrar en cada momento el espacio para avanzar hacia ella (el camino).

La crítica a la transición sobre “avanzar en la medida de lo posible” tiene dos vertientes: considerar que hubo una mala evaluación de lo que era o no posible, digamos, un error de cálculo político, un “mal pragmatismo”; o bien, que el ideal perseguido por la transición habría sido la consolidación de un modelo cuestionado, un “mal idealismo”. La primera apunta al proceso de la transición; la segunda al objetivo perseguido.

Suele decirse que el ideal de sociedad que todos pretendemos alcanzar es similar: “Todos queremos lo mismo; las diferencias están en el camino para alcanzarlo”. Pero esto no es así; hay visiones muy diferentes sobre lo que para cada cual es una sociedad ideal, plena y justa.

Una de ellas imagina un mundo de iniciativa individual en un ambiente de oportunidades, en que las virtudes de cada cual premian a los más capaces en un contexto de competencia, y que ello genera los incentivos que hacen avanzar a la sociedad completa, donde la libertad individual es el valor más importante y una institucionalidad pequeña, pero fuerte, es suficiente para protegerla.

Otra imagina una sociedad igualitaria, basada en la cooperación, en que la solidaridad es el valor principal y el bien público prima sobre el individual, en la que cualquier forma de poder genera un desequilibrio y en que la competencia entre las personas es nociva, ya que genera ganadores y perdedores, impidiendo la cohesión social. Existen muchas otras visiones de sociedad, con más o menos matices respecto de las anteriores.

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    Volvamos a la crítica a “avanzar en la medida de lo posible”. ¿Es esta un cuestionamiento al grado de avance logrado o al ideal que tuvo como norte? ¿O a ambos? Si la transición era eso, una transición, ¿cuál era la exigencia que debíamos hacerle? Suele olvidarse que en una transición la forma puede ser buena parte del objetivo: se trata de aprender a convivir nuevamente, mientras construimos esa nueva forma de convivencia.

    En 1988, antes del plebiscito, ¿no era un buen ideal recuperar la democracia? Para el 40% de pobres de 1990, ¿no era una utopía acabar con los niños descalzos y el hambre, acceder a electricidad, agua potable y alcantarillado, desterrar el analfabetismo, que los adultos mayores tuvieran tarifas preferenciales en el Metro, que los niños fueran al colegio, que muchas mujeres tuvieran una sonrisa que las honrara y no las avergonzara? ¿No era un ideal suficiente recuperar los derechos humanos, reconocer como legítimos a todos los niños, proteger el ambiente, acoger la diversidad sexual y definir patologías catastróficas con cargo a un sistema solidario de salud?

    Los jóvenes han vivido en el mejor Chile que ha existido en toda su historia, pero sienten que falta mucho por mejorar, y es muy cierto: hay vastos sectores postergados que la sociedad dejó atrás, invisibilizados.

    Pero entender la política como el logro de lo imposible, ¿nos acerca o aleja del ideal? ¿De cuál ideal? ¿Cuál será el momento de alcanzar “definitivamente” la utopía? ¿Cuál de ellas si en democracia hay, cada tanto, “alternancia de utopías”? ¿No debiéramos entender que nuestra utopía es posible en la medida en que concite amplias mayorías, que sea una “utopía masiva” -una conceptualización cultural compartida- que no se logra imponer mediante una vía normativa, como una Constitución y unas leyes? ¿Y que un proceso de transformación cultural debe apelar necesariamente a un pragmatismo que nos lleve por el camino de la gradualidad?

    La utopía está en el horizonte, nos decía Eduardo Galeano: “Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Bueno, para eso, sirve para caminar.”

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