La nueva guerra de Arauco

22 DE FEBRERO 2021 / Nuevo ataque incendiario en La Araucanía resulta con casa patronal y bodegas quemadas en Fundo Miraflores en el sector rural de la comuna de Lautaro. FOTO: AGENCIAUNO

Los chilenos hemos ido normalizando estos actos y hemos ido categorizando a La Araucanía y las localidades colindantes como zonas demasiado complejas y cuyos problemas son difíciles de resolver.



Arauco tiene una pena, cantaba Violeta Parra, para describir las injusticias, usurpaciones y padecimientos que sufría el pueblo araucano. ¿Qué cantaría hoy Violeta Parra al ver que la opresión, injusticias, usurpaciones y padecimientos que sufren los chilenos en La Araucanía? ¿Cantaría acaso que Chile tiene una pena que no se puede callar?

La excusa más fácil para los extremistas de izquierda y la derecha acobardada es presentar la problemática como una de carácter multidimensional. Pobreza, culturas diversas y la cosmovisión del pueblo mapuche, por una parte, mezcladas con violencia rural, incendios de poca monta y robo de madera, por otra. Como solución, postulan una propuesta “acogedora”: hay que condenar la violencia, pero convocando a un diálogo multicultural, ojalá vestidos con vestimentas tradicionales de los mapuches y escuchando de fondo el sonido del cultrún.

Lo que ocurre en La Araucanía no es una reivindicación histórica. Son actos graves de terrorismo que han ido en aumento y cuyos responsables quedan en la absoluta impunidad. Solo dos ejemplos para reflejar el terror que se vive en la zona; primero, 11 encapuchados atacan una casona en la madrugada, despiertan a una mujer con una escopeta en la cabeza y la obligan a arrancar para luego incendiar la casona por completo; segundo, la emboscada y posterior ejecución de un cabo de Carabineros cometida por un grupo de encapuchados a plena luz del día en nuestra carretera principal.

Difícil encontrar ejemplos más macabros de lo que se entiende como infundir terror en la población general. No hay ninguna excusa o justificación para estos actos y no hay ninguna relación con la causa mapuche o los fundamentos multiculturales de una etnia originaria. Es terror de la peor calaña, que queda impune y que se materializa a vista y paciencia de los chilenos, sin que nadie haga nada para detenerlo.

Precisamente, es este último punto el que más indigna. Si un carabinero fuera emboscado y ejecutado en la Av. Kennedy, Santiago se paralizaría por completo y tendríamos a los matinales haciendo despachos en vivo para relatar la búsqueda y captura de los responsables. Lo mismo ocurriría si las víctimas de un atentado incendiario como los que ocurren a diario en La Araucanía fueran residentes de la comuna de Lo Barnechea. Los chilenos hemos ido normalizando estos actos y hemos ido categorizando a La Araucanía y las localidades colindantes como zonas demasiado complejas y cuyos problemas son difíciles de resolver.

Lo que uno espera del gobierno y del Estado de Chile, extendiendo la denominación a todas las fuerzas políticas y sociales, es que haya una condena categórica a los actos de terrorismo y que se entregue el respaldo absoluto a las Fuerzas Armadas y de Orden para que puedan cumplir con su misión.

De lo contrario, vamos camino a una nueva guerra de Arauco, que nadie podrá evitar. Cada día más se suman las voces que abogan para que la población civil se arme y se enfrente con los terroristas que asolan el territorio. Pero a diferencia de la guerra de Arauco, que terminó hace 250 años y que enfrentó a chilenos con araucanos, esta nueva guerra será entre chilenos, con consecuencias e impactos difíciles de imaginar. Todavía estamos a tiempo de evitar un baño de sangre si cumplimos con un mandato fundamental: cumplir y hacer cumplir la ley. Ni más, ni menos.

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