La pandemia de la desconfianza



Por Susana Sierra, directora ejecutiva de BH Compliance

Hace unos días, Transparencia Internacional dio a conocer el Índice de Percepción de la Corrupción 2020, en el que queda en evidencia algo que la entidad ya había advertido en abril pasado: la pandemia del coronavirus no solo ha significado una crisis sanitaria y económica, sino que también ha profundizado la corrupción a nivel mundial, develando que más de dos tercios de los países son corruptos. Chile se ubica en el puesto 25 con 67 puntos, y si bien subió una posición en relación al año anterior, el puntaje ha sido constante en los últimos años, por lo que sigue estancado a pesar de ser el segundo país menos corrupto de Latinoamérica.

Que Chile esté estancado en la percepción de corrupción, demuestra que los esfuerzos han sido insuficientes en esta materia, especialmente si consideramos la sensación de impunidad e injusticia tras los grandes escándalos de corrupción y las bajas penas a las que se vieron expuestos sus protagonistas.

Hoy, cuando vivimos en un escenario atípico, difícil e incierto, es cuando necesitamos creer y recuperar la confianza. Pero, por el contrario, el optimismo queda en nada cuando vemos que hay quienes prefieren aprovecharse de los resquicios para sacar ganancias individuales, sin importar las reglas ni mucho menos la ética.

¿Cómo recuperamos la confianza si vemos que las reglas del juego son tan fáciles de saltar o que los encargados de velar por la probidad actúan de manera desleal?

Este tema fue justamente uno de los que se trataron en la Asamblea Anual de Davos 2021, que organiza el Foro Económico Mundial, porque la confianza está en juego no solo en Chile, sino que en el mundo entero, y es un deber reflexionar cómo construimos juntos un mejor futuro en el que podamos creer, especialmente considerando el contexto de emergencia y de sociedades hiperconectadas que han cedido gran poder a la tecnología.

Y en esa línea, la encuesta Edelman Trust Barometer 2021 que midió la confianza en 28 países de los cinco continentes, reveló que la desconfianza ha aumentado alimentada por una “infodemia” desenfrenada, donde proliferan las fake news que no permiten distinguir la realidad y donde no se cree en los líderes sociales (autoridades gubernamentales, directores ejecutivos, periodistas e incluso líderes religiosos).

Sin embargo, una de las grandes sorpresas de esta encuesta la dieron las empresas, quienes resultaron las instituciones más confiables si se comparan con gobiernos, ONG y medios de comunicación. De hecho, para el 61% de los encuestados, las empresas serían las instituciones más confiables a nivel mundial, consideradas éticas y competentes al mismo tiempo. La misma pandemia ha ayudado a elevar el posicionamiento y confianza de estas, lo que queda de manifiesto en que un 76% de los encuestados confían en su empleador y un 63% lo hace en el CEO de la empresa donde trabajan.

Este aumento de confianza empresarial que se da en diversos países según esta encuesta, debiera ser un impulso para que las compañías chilenas acepten su rol y resuelvan los desafíos a los que nos enfrentamos en esta crisis y orienten acciones para salir de ella, con canales de información claros y abiertos, con directorios y gerentes generales con un compromiso social, que actúen con empatía, que hablen con franqueza, y que estén dispuestos a ejercer un liderazgo, en el que definan un propósito, que lo hagan suyo e involucren al resto de la organización. Un propósito, por cierto, que marque un estándar ético mínimo, en el que importe tanto o más el cómo lograr las metas que lograrlas.

Estamos en proceso de vacunación para eliminar esta pandemia del coronavirus, gracias a líderes expertos y comprometidos del área de la salud, que tras un arduo trabajo en equipo y un propósito definido nos han devuelto la esperanza de recuperar nuestra normalidad. Este es un ejemplo que nos sirve como guía para enfrentar la pandemia de la desconfianza que nos impide avanzar. Sabemos que el impulso debe ser colectivo, pero se necesitan líderes que promuevan buenas prácticas, que vayan más allá de las leyes establecidas y no se queden a la espera de normativas que se tramitan con lentitud en el parlamento, porque lo que se necesita son referentes que lleven el discurso a la acción y que nos permitan volver a creer y confiar.

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