¿Los pequeños pelotones o el gran batallón?

A worker disinfects an area of the National Stadium that will serve as a polling station for a constitutional plebiscite, in Santiago, Chile, Saturday, Oct. 24, 2020, amid the COVID-19 pandemic. Chileans will decide on Sunday whether or not to replace the constitution that dates back to the dictatorship of Augusto Pinochet, and secondly, if the current Congress or other citizens should write the new text. (AP Photo/Esteban Felix)

Se ha sostenido que la principal razón para una hoja en blanco tiene que ver con darnos la libertad de acción necesaria, por razones ideológicas, para sepultar por fin el denominado modelo neoliberal (o capitalista) responsable de nuestro progreso material.



En un día de decisiones, más que hablar sobre pronósticos, anhelos y predicciones, creo relevante analizar lo que está en juego. La elección de hoy no se trata sólo de cambiar un texto legal, la Constitución, sino que de modificar el rumbo de un país.

Se ha sostenido que la principal razón para una hoja en blanco tiene que ver con darnos la libertad de acción necesaria, por razones ideológicas, para sepultar por fin el denominado modelo neoliberal (o capitalista) responsable de nuestro progreso material. Mal que mal, como sostenía Marx, ¿cómo podría la búsqueda del buen vivir ser más noble que la búsqueda de la verdad?

Sin embargo, no parece que esa sea la real demanda ciudadana, dado que el movimiento de octubre de 2019, sin líderes ni demandas claras, parecía anhelar más protección a la clase media y no una nueva Carta Fundamental. El descontento tuvo más que ver con que muchos se sentían excluidos de un modelo de cuyo bienestar querían participar, que con querer tirar a la basura las normas que limitan el poder de los políticos y del Estado. Es decir, más que cambiar el modelo, la demanda era abrirlo para que sus beneficios lleguen a todos.

Aunque el rol subsidiario del Estado no está definido en la Constitución como se suele afirmar, ese concepto sí está en el centro del actual modelo, que empodera a la sociedad civil y permite que las personas puedan libremente establecer las asociaciones que sientan necesarias para desarrollarse. Edmund Burke llamaba a esas asociaciones “pequeños pelotones”, que incluyen desde la familia al coro de una iglesia, pasando por colegios, centros de padres, juntas de vecinos, bomberos, etc. Algunos son grupos espontáneos y otros por escritura pública como las sociedades anónimas. Para Hayek, esas redes eran las bases de una civilización libre y la expresión de la libertad individual.

El economista de MIT y Chicago, Raghuram Rajan, en su último libro “El Tercer Pilar”, plantea que el miedo a quedarse fuera del progreso es lo que alimenta a los movimientos radicales en el mundo de hoy. Rajan en su análisis divide a la sociedad civil en dos grupos: los mercados y las comunidades. A los primeros, los define como las estructuras económicas privadas dedicadas a la producción o el intercambio. A las segundas, como un cercano grupo social de cualquier tamaño. El descontento tendría que ver con la desprotección que produce el debilitamiento de las comunidades (los pequeños pelotones de Burke) frente al temor del vertiginoso cambio tecnológico actual. Son las comunidades las que les dan a las personas su identidad, protegiéndolas de la tiranía de las mayorías y del Estado. Son ellas las que controlan al clientelismo y al autoritarismo. Al debilitarse, surge la sensación de desamparo. El problema sería, por tanto, un desequilibrio entre estos tres pilares: mercado, Estado y comunidades, en el que estas últimas se ven rezagadas.

¿En qué consiste la alternativa? ¿Qué ofrece el “otro modelo”? No lo sabemos a ciencia cierta, porque la actual Constitución no compite con un texto alternativo, sino con un proceso legislativo de resultado incierto. Por ahora, lo único que tenemos son negaciones: “No más capitalismo”; “No más abusos”; “No más AFP”; “No más Tag”; etc. La opción al sistema capitalista es una utopía, por lo que bastaría con decir que ésta es deseable y necesaria. Y como dice Roger Scruton, “atacar al capitalismo es proponer el anhelo de un mundo sin poder”, donde la igualdad y la justicia social son usadas para condenar más que para proponer, no quedando nunca claro cómo se mantiene estática la república de la igualdad.

Desde la izquierda algunos esbozan que la oportunidad de la constituyente sería entregar todos los poderes de la sociedad civil al Estado, un gran batallón que no quiere la competencia de pequeños pelotones. Ello, dado que, si el Estado ha de estar a cargo de la vida social para asegurar la igualdad, los verdaderos revolucionarios necesitan individuos disgregados y libres de ataduras para poder reprogramarlos.

El riesgo de la deconstrucción de la sociedad civil, simbolizado por las iglesias en llamas del pasado domingo, se va a pasear entre nosotros en medio de un mundo crecientemente polarizado y capturado por la rabia. Con ello, Chile arriesga retroceder décadas en paz y prosperidad. En palabras de Rajan, “olvidando lo que funciona e ignorando lo que debe cambiar”.

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