Profetas de la pandemia

Más que ejercicios de virtud destinados a mejorar el país, quienes hoy pastorean a la opinión pública ocupan toda su energía y “virtuosismo” en debilitar al gobierno y en criticar de manera destemplada, incoherente e hipócrita, contribuyendo solo a profundizar la debacle social.



En tiempos de incertidumbre y desolación, la ciudadanía necesita líderes de opinión y voces autorizadas que los conduzcan en -y los rescaten de- las tinieblas de la desinformación. La opinión pública cumple un rol fundamental: “Una sola fuerza puede extirparlo, es la de la opinión pública, la de la voluntad social destinada a ese fin”, nos decía Mac-Iver hace 100 años, en referencia a la necesidad de estudiar y conocer el “mal” que aquejaba a las sociedades como un primer paso para enmendarlos.

Pero ¿quién asume ese rol en el Chile de hoy? ¿Quiénes se suben al púlpito para cuestionar al poder, proponer alternativas o denunciar las profanidades de la función pública? A mi juicio, los falsos profetas. Más que ejercicios de virtud destinados a mejorar el país, quienes hoy pastorean a la opinión pública ocupan toda su energía y “virtuosismo” en debilitar al gobierno y en criticar de manera destemplada, incoherente e hipócrita, contribuyendo solo a profundizar la debacle social. Al contrario, con estridencia y una evidente ausencia de patriotismo, usan sus plataformas de comunicación y difusión, bien aceitadas digitalmente, para enaltecer sus aparentes virtudes en desmedro del ejercicio honesto, aunque a veces precario, de otros.

Una primera muestra son los políticos. Desesperados por aparecer en las encuestas, cada vez que la pandemia acecha con fuerza aparecen prodigiosos de soluciones simples y efectivas para resolver todos los problemas y cuestionar destempladamente al gobierno por sus errores o mal manejo. Utilizando mañosamente las cifras y adecuando los conceptos a su conveniencia, justifican todo en nombre de un pueblo imaginario, al que no conocen ni consultan hace tiempo. Cuestionar, criticar, acusar y jamás reconocer parece ser la consigna de estos verdaderos buitres de la pandemia.

Un segundo grupo lo constituyen los animadores de matinal. Hoy por hoy, los predicadores más escuchados de la plaza, siempre dispuestos a humillar sin piedad al funcionario de turno que va a explicar una política y a domar con inteligencia a los borregos políticos que hacen fila por lograr unos minutos en esa tribuna tan preciada. Dueños de la verdad absoluta y exégetas de la realidad social más cruda, argumentan una y otra vez sobre lo mal que se hacen las cosas y sobre las soluciones que según ellos son tan fáciles de implementar.

Finalmente, los columnistas dominicales. De aguda pluma y cita fácil al intelectual de turno, derrochan ingenio para impulsar los temas de la semana, cuestionando ácidamente al gobierno, sus políticas y las propuestas obvias que nadie, salvo ellos, parecen ver. Identifican con curiosa habilidad los conflictos de interés y elaboran intrigantes teorías que resuelven los enigmas que plantean las autoridades con sus decisiones.

¿Dónde estuvieron tanto tiempo cuando este país los necesitaba en el pasado o cuando otros gobiernos, de otras tendencias, cometían peores fechorías? ¿Cuán coherentes son ellos respecto de sus propias realidades en cuanto a concentración de riquezas, remuneraciones justas o la observancia de las obligaciones legales, tributarias y normativas? Por lo pronto, cuesta entender que hoy ataquen cínicamente al gobierno por el permiso de vacaciones o los viajes al extranjero, los mismos que disfrutaban del verano en Quintay, Maitencillo o California hace solo algunas semanas.

La crítica constructiva es indispensable para cualquier gobierno y le hace bien al país. Pero la crítica destructiva, permanente y consistente, no solo paraliza, sino que sigue destruyendo la confianza y profundiza el debilitamiento de las instituciones que tanto daño le ha hecho a Chile. Por todo ello, enfrentar a estos falsos profetas es una obligación, y desenmascararlos, un deber.

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