¿Puede descarrilarse Chile?

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¿Existe la posibilidad de que nuestro país experimente convulsiones como las que vemos en los países cercanos, que lo lleven incluso a una crisis político-institucional? Nadie puede garantizar que no llegue a ocurrir. Es preferible, entonces, tomar en serio las tendencias perniciosas que se manifiestan hoy en la política y que pueden ser el germen de graves males. Se trata del partidismo ciego, la degradación del debate público, la priorización de los intereses de grupo, el cálculo electoral convertido en ideología, la frivolidad parlamentaria, el oportunismo descarado, las viejas y nuevas tretas de la demagogia. En los partidos, cuesta encontrar líderes que se atrevan a resistir la presión populista y a rechazar las consignas que funcionan como alucinógenos.

Chile pudo inaugurar una etapa de estabilidad y progreso a partir de 1990 porque hubo un empeño transversal en favor del realismo, el equilibrio y la moderación para reconstruir la democracia. Si la coalición de centroizquierda no se hubiera empeñado en gobernar para todos, en diálogo con todos, buscando acuerdos duraderos, es posible que la transición hubiera enfrentado pruebas muy duras y de resultado incierto. Aquella centroizquierda aprendió de los errores del pasado y bregó por generar un clima de cooperación que favoreciera la gobernabilidad. Ello permitió la convergencia con los sectores de centroderecha que se convencieron de que había que dialogar de buena fe y establecer acuerdos para afianzar la paz y la libertad.

Los avances económicos, sociales e institucionales han tenido como sustento una idea exigente del liderazgo. Fruto de ello son las reformas que trajeron beneficios tangibles. Así saltó Chile al primer lugar de América Latina. No es un detalle que la alternancia de gobiernos de centroizquierda y centroderecha no haya alterado ciertos cosensos básicos, como el resguardo de los equilibrios macroeconómicos. El problema es que la erosión de la política y el debilitamiento de las instituciones pueden hacer retroceder al país, lo cual plantea un gran reto a quienes encabezan los poderes del Estado. El país necesita reforzar el espacio de la sensatez política, que es al fin de cuentas el compromiso con los fundamentos del régimen democráticos.

El lunes 7, se recordó en la sede de Cieplan al hombre de Estado ejemplar que fue Edgardo Boeninger, quien contribuyó a decantar una visión de país y una forma de gobernar que son indisociables de los logros de estos 30 años. "Solo habrá gobernabilidad a lo largo del tiempo -dijo en su último libro- si prevalece la disposición al acuerdo, la negociación y la cooperación por sobre la confrontación" (Chile rumbo al futuro, Uqbar. 2009).

Allí está la clave. Siempre habrá competencia política en una sociedad abierta, pero hay que apostar por el entendimiento para mejorar las cosas. O por lo menos, para no empeorarlas.

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