Un ojo en el piso y otro en el horizonte
La última semana nos ha empujado a reflexionar sobre nuestra capacidad de construir futuro a partir de nuestros aprendizajes. Las disímiles reacciones a la invitación de Bellolio y Vodanovic a pensar Chile a treinta años; la conmemoración del plebiscito que rechazó la propuesta constitucional; y la partida de Camilo Escalona, recordado por su capacidad de poner al país en el centro, más allá de las diferencias con sus ideas.
Son hechos distintos, pero nos plantean la misma pregunta: cuánto destinamos a profundizar las diferencias del presente y cuánto a construir acuerdos para abordar las urgencias y desafíos del futuro.
A Chile no le faltan diagnósticos: llevamos más de una década discutiendo los mismos desafíos. Nos ha faltado aceptar que ningún sector político podrá resolverlos únicamente desde su propia vereda. Nuestro problema no es la falta de capacidad para llegar a acuerdos, sino haber convertido el desacuerdo en una forma de identidad. Cambiar los incentivos de nuestro sistema político es parte de la respuesta, pero también necesitamos reconocer aquellos acuerdos básicos que nos permitan construir sobre una base común.
Hemos confundido alternancia con volver a empezar y seguimos planteando como contradictorias cuestiones que necesitamos abordar simultáneamente.
Estado o sector privado es una de ellas. Chile necesita un Estado eficaz y moderno, que garantice condiciones básicas de calidad de vida y conduzca desafíos de largo plazo; y un sector privado dinámico, que invierta, innove y genere empleo.
Crecimiento o equidad es otra falsa disyuntiva. Necesitamos crecer para generar empleo y financiar mejores servicios públicos. Pero ese crecimiento debe ofrecer oportunidades reales a todos, independientemente de su origen.
Urgencia o largo plazo es una tercera falsa disyuntiva. La seguridad exige respuestas hoy; mejorar la educación requiere políticas sostenidas durante décadas. Ambas son urgentes, aunque sus tiempos sean distintos.
Ninguna de estas ideas es nueva. Lo nuevo debiera ser dejar de abordarlas como si tuviéramos que elegir entre una u otra. El desempleo alcanza 9,5%, el crecimiento sigue siendo insuficiente y los jóvenes de 16 a 24 años ocupan el último lugar entre los países evaluados por la OCDE en comprensión lectora y razonamiento matemático.
Según Cadem, Canadá es hoy el país con mejor imagen entre los chilenos, con 85% de valoración positiva, y Mark Carney el líder internacional mejor evaluado, con 65%. Canadá no carece de diferencias ni debates difíciles. Su fortaleza ha sido procesarlos sin volver a discutir permanentemente sus fundamentos como sociedad. Esa base le permite enfrentar con mayor cohesión tensiones complejas, como la que vive hoy en su relación comercial con Estados Unidos.
En un mundo de incertidumbres económicas y geopolíticas, consolidar nuestros mínimos comunes se vuelve especialmente necesario. No vivimos aislados y no podemos controlar las tempestades que vendrán desde fuera, pero sí decidir sobre qué bases queremos enfrentarlas.
No se trata de alcanzar una unanimidad imposible ni de renunciar a nuestras diferencias, sino de distinguir entre aquello sobre lo cual podemos discrepar y aquello que no debiéramos volver a revisar cada cuatro años. Quizás la memoria de Camilo Escalona nos deja una buena lección: son las convicciones claras las que permiten llegar a acuerdos sin temor a perder la propia identidad.
Por Juan Carlos García, ex ministro de Obras Públicas y ex embajador en Canadá.
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