¿Y si abandonamos el presidencialismo de una vez?

Fachada del Palacio de La Moneda Foto: Victor Tabja

El problema del régimen presidencial es que no presenta solución a la crisis política, que se manifiesta en un diálogo de sordos entre el Presidente y el Congreso. No puede resolver la crisis en un contexto institucional, exactamente lo que el régimen parlamentario hace muy bien.



Uno de los temas que sin duda será parte de la deliberación constituyente el próximo año es el régimen político que debemos adoptar. La tradición constitucional de Chile ha sido un régimen presidencial, esto es fuertes facultades a favor del Presidente de la República en desmedro del Congreso. La alternativa es el régimen parlamentario, que por lo demás fue el régimen original cuando nació la democracia hacia fines del siglo XVII, en la llamada Revolución Gloriosa en Inglaterra, cuando se puso fin al régimen monárquico absolutista y nace la democracia representativa parlamentaria. Todo ello, sin una sola gota de sangre.

Debemos preguntarnos de verdad si no llegó el momento de avanzar hacia un régimen parlamentario. Al constatar la decadente clase política que hoy está en el Congreso, muchos se preguntarán si este columnista no está loco. Bueno, sostengo que esa decadencia es precisamente consecuencia de nuestro régimen presidencial, exacerbado en exceso en la Constitución de 1980 y no corregido en el 2005. El actual sistema infantiliza al Congreso, y por ello tenemos tantos niños sentados en el hemiciclo, infantes de verdad, y otros que sufrieron una especie de síndrome de Benjamín Button.

La historia chilena nos da una pista. El régimen presidencial de salón que teníamos en el siglo XIX colapsó cuando el Presidente y el Congreso entraron en conflicto creciente que no pudieron resolver. Ese presidencialismo terminó con una guerra civil y el suicidio de un Presidente. Luego del caos político por 34 años que se ha acuñado erróneamente como régimen parlamentario -que claramente no lo fue- se inicia un nuevo experimento presidencial en 1925 que termina 48 años después con un conflicto irremediable entre el Presidente y el Congreso, un golpe de estado y el suicidio de otro presidente. Finalmente, el presidencialismo que se inaugura en 1990 desencadena un estallido social y una insurrección delictual en octubre de 2019, un conflicto severo entre el Presidente y el Congreso, que ni el Presidente ni el Congreso pueden resolver. Aquí estamos, deliberando qué tipo de constitución tendremos el año 2022.

El problema del régimen presidencial es que no presenta solución a la crisis política, que se manifiesta en un diálogo de sordos entre el Presidente y el Congreso. No puede resolver la crisis en un contexto institucional, exactamente lo que el régimen parlamentario hace muy bien. Cuando el Jefe de Gobierno en el sistema parlamentario pierde la mayoría en el Congreso, se va y se llama a elecciones. Así un muy buen Jefe de Gobierno como Angela Merkel o Felipe González pueden gobernar muchos años. Un mal Jefe de Gobierno se va tan pronto pierde el respaldo del Parlamento. Los parlamentarios pueden ser ministro y parlamentarios a la vez. Los mejores políticos van al Congreso, no los niños, la política se renueva y revitaliza. ¿No habrá llegado la hora de innovar en nuestro régimen político y mirar los parlamentarismos europeos en esta ocasión?.

-El autor es economista y socio de Gerens

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