Separarse después de los 60: “Algo hizo que no pudiera seguir fingiendo”




"Separarse siempre es difícil. Pero separarse después de los 60, en un país como el nuestro donde se estigmatiza mucho a la tercera edad, es aun más complejo. No digo que no lo sea a cualquier edad, pero acá reina la idea de que después de los 60 la vida se acaba. Y yo siento que la mía está recién empezando.

Mi historia es larga. Tengo 66 y estuve casada durante casi 45 años. Recién en diciembre del año pasado tomé la decisión de terminar mi matrimonio. Con el dolor de mi alma y con mucho susto por lo que iría a pasar, pero por sobre todo con una convicción cuya fuerza ya era innegable. En algún minuto pensé en no hacerle caso a ese impulso y seguir mi vida tal cual como la había vivido hasta entonces, pero algo hizo que no pudiera seguir fingiendo. Así que me armé de valor y lo hice. Mentiría si dijera que he estado bien y que todo ha sido color de rosas desde entonces. No ha sido así, pero a su vez nunca había estado tan tranquila con una decisión y nunca me había hecho tanto sentido una movida así de drástica.

Con Fernando nos conocimos cuando teníamos 17 y estábamos en el colegio. Todo se dio tal cual como se daban las relaciones convencionales en aquella época; él me cortejó, insistió mucho para salir conmigo y yo me dejé persuadir. No perdía la oportunidad para llegar a mi casa y conversar con mi mamá, que de a poco fue cediendo frente a sus encantos, incluso antes de que lo hiciera yo. A los 19 nos pusimos a pololear y fuimos juntos a la universidad. Y a los 21 yo quedé embarazada. Él siguió sus estudios y yo dejé la carrera. Aunque no lo supiera en ese entonces, esa fue una gran frustración para mí, pero en su minuto me pareció la decisión más sensata, a tal punto que no la cuestioné. Y en el fondo siempre lo resentí un poco a él por no haberme propuesto una alternativa. Por no haberme acompañado en mi dolor, por no haberme ayudado a identificar ese dolor. O por no preguntarme si eso era realmente lo que yo quería. Era lo que teníamos que hacer y ni él ni yo lo pusimos en duda. A veces siento que si él me lo hubiese tan solo preguntado, o si lo hubiésemos hablado alguna vez, las cosas se hubiesen dado de otra manera.

Pero seguimos con el plan del deber ser, tuvimos tres hijos y yo me dediqué a criarlos. No me arrepiento y agradezco cada uno de los momentos que viví con ellos. Pero mientras yo estaba en la casa, Fernando seguía estudiando, trabajando, armando su carrera y frecuentando otros espacios. Mi vida, como la de gran parte de las mujeres en aquella época, se reducía a la intimidad del hogar. Y en eso me fui perdiendo, porque en realidad siempre fui una persona con mucho interés y mucha curiosidad. Esa hambre que siempre tuve durante mi juventud, y que probablemente me habría llevado lejos, se vio truncada. Y frente a eso, simplemente cedí. Nadie me dijo que las cosas podían ser de otra manera y predominaba el miedo a quedarse sola. Ese era el discurso de mi madre conservadora, de mis amigas y de gran parte de mi entorno. No era viable cambiar de estilo de vida. Y mucho menos separarse en búsqueda de otra experiencia. Nos habíamos comprometido y había que acatar. Así crecí. Así crecimos muchas.

Y en la medida que pasaba el tiempo, fui reforzando esos pensamientos que en realidad surgían desde el miedo y solamente me inhabilitan. Pensaba que ya era tarde y que ya me tenía que rendir. “Asume que esta es tu vida y que no hay nada más para ti”, pensaba en las noches antes de quedarme dormida. Y a mi alrededor las cosas iban cambiando. Las mujeres asumían otro discurso, otras prioridades y configuraban la lucha. Yo las admiraba y respetaba, pero no las entendía. ¿Qué buscaban? ¿Lo lograrían?

Hasta que el año pasado llegué a mi límite. Había vivido una vida entera en función de lo que otros habían querido para mí. Y no había sido fiel a mi instinto, a lo que yo quería, a lo que a mí me hacía sentido. Por miedo, quizás. O porque a las mujeres en general no se nos da mucho margen de error. Si nos equivocamos o nos arrepentimos, ahí van a estar los otros diciendo “te dijimos”. Todo eso me había frenado hasta entonces, pero ya no estaba dispuesta a seguir así.

Es raro lo que me pasó. Diría que tiene que ver con una revelación. Pero fue más bien un hastío acumulado. Mi cuerpo ya no aguantaba más en la situación en la que estaba. Y no es que no amara a Fernando, pero ese amor había adquirido otros matices y ya estaba entendiendo que no era incondicional. Esa había sido una ilusión. Me dio mucho miedo, pero lo hice. Teniendo 65 años recién cumplidos, y en contra de la voluntad de mis más cercanos, decidí separarme y lanzarme al vacío.

Y es que eso fue lo que más me impresionó; en general, el imaginario que prima es uno en el que las personas de una cierta edad ya no podemos cambiar el rumbo de nuestras vidas. Está muy instaurada la idea de que no vale la pena, de que no estamos capacitados para hacerlo y que nos vamos a quedar solos en una edad en la que es mejor estar acompañados. Mis hijos, por ejemplo, me entendieron y apoyaron, pero la primera reacción fue la de cuestionar mi decisión. ¿Por qué pensamos que después de una edad ya no nos podemos reinventar? ¿Por qué asumimos que si estamos en una situación determinada, no podemos transitar a otra? Cada persona tiene el derecho a cambiar de opinión cuando quiera y la vida es un proceso continuo y fluctuante. Eso lo estoy aprendiendo ahora.

Junto a muchas otras cosas que son totalmente nuevas para mí, estoy enfrentándome a la cotidianidad, por primera vez en una eternidad, sin mi marido. Y eso implica conocerme en dimensiones en las que nunca antes me había conocido. Desde lo más básico -y me da un poco de pudor decirlo- como es prender la bosca y reparar la puerta de la entrada, a tener que enfrentarme a que alguien quiera conversar conmigo. Por primera vez soy el foco de atención, y eso ha sido raro. Estoy también aprovechando el tiempo y las ganas para aprender cosas que siempre me habían interesado, pero que no profundicé.

No voy a negar que tengo mucho susto. A veces me invade la angustia, la incertidumbre y pienso justamente que me voy a quedar sola, porque ese discurso ya lo tenemos muy arraigado. Y claro, nos han enseñado que la soledad es lo peor y que hay que evitarla a toda costa. Por eso me pregunto, ¿qué tanto de ese susto es real y qué tanto es porque me han dicho que tiene que ser así?

Luego de transitar por todas las emociones posibles, llegué a una resolución: hay que hacer lo posible por deshacerse de todo paradigma impuesto y simplemente vivir la vida de acuerdo a lo que a uno le acomode o haga sentido. De que va ser difícil, lo va ser. De que va generar miedo, y a veces terror, también. Pero también implica conocerse y, al fin y al cabo, la única relación que es realmente para siempre es la que tenemos con nosotros y nosotras mismas.

Esta es mi historia. No es la de todos. Me imagino que hay parejas que están felices, contentas, que se acompañan y han encontrado un lugar de intimidad y complicidad. Otras que no. Solo ellos lo sabrán. Pero para aquellas personas que estén dudando o que tengan ganas de transgredir las normas, les diría que se atrevan y que nunca es tarde. Que no se dejen llevar por las presiones externas. Que la vida es de cada uno y no le debemos explicaciones a nadie. Y si nos arrepentimos, tampoco es un problema".

Maricarmen Faúndes (66) es madre de tres y pintora aficionada.

Comenta