El frente a frente de la elección presidencial más incierta y polarizada en Perú

Un profesor socialista que busca expropiar transnacionales y mejorar la distribución de la riqueza compite voto a voto con una opción de derecha que promete mano dura contra la delincuencia y recuperar la economía. Pedro Castillo versus Keiko Fujimori se miden este domingo en la segunda vuelta de las presidenciales.




Este domingo se realizará la elección presidencial en Perú. Como pocas veces, pocos se atreve a hacer un pronóstico. Las encuestas arrojan resultados muy estrechos y cualquiera de los dos candidatos pueden resultar triunfadores.

Ese escenario deja a los inversionistas con clara incertidumbre, dado que las dos alternativas tienen propuestas y programas diametralmente opuestos.

A continuación, un perfil de Pedro Castillo y Keiko Fujimori elaborados por Reuters.

Pedro Castillo, un candidato sorpresa que canaliza el malestar de los pobres en Perú

El maestro de primaria Pedro Castillo era hasta antes de la primera ronda de las elecciones presidenciales de Perú una incógnita, un hombre casi desconocido con un discurso de izquierda que tras la votación se convirtió en el favorito para gobernar y el mayor temor para los inversionistas en el país.

Su ascenso en las encuestas podría convertirlo en el primer mandatario socialista elegido en Perú, con un programa que aspira a llevar adelante un cambio económico y político profundo, luego de más de tres décadas de gobiernos amigables con el mercado y la inversión extranjera.

Castillo, que alcanzó notoriedad local como líder de un larga huelga de profesores en 2017, afirma que buscará promover una consulta popular y redactar una nueva Constitución para debilitar a la elite empresarial y dar al Estado un rol preponderante en la economía.

El maestro, originario de una región minera en el norte del país, incursionó en la política en 2002 cuando postuló sin éxito a una alcaldía por el partido centrista Perú Posible, del expresidente Alejandro Toledo, quien hoy enfrenta la extradición desde Estados Unidos por cargos de corrupción en el país andino.

Pedro Castillo

Años después el grupo fue disuelto y en 2020 Castillo se inscribió como candidato presidencial por el partido Perú Libre, fundado y liderado por el exgobernador Vladimir Cerrón, un controvertido político acusado de corrupción y que ha mostrado su admiración por los gobiernos de Cuba, Venezuela y Bolivia.

Sus opositores lo han criticado por su filiación, pero el candidato ha guardado distancia. “Acá las decisiones las toma Castillo. El señor Cerrón está impedido judicialmente y no lo van a ver ni siquiera de portero en ninguna de las instituciones del Estado”, dijo la semana pasada el postulante de izquierda.

Castillo, que vive modestamente en un pequeño pueblo del norte del país con su esposa Lilia Paredes, también profesora y con quien tiene tres hijos, ha dicho que quiere cambiar el “modelo neoliberal” del segundo productor de cobre del mundo.

Nuevos impuestos a la minería y nacionalizar las transnacionales, que considera que han “saqueado” la nación sudamericana, son parte de las propuestas del líder de la región de Cajamarca, donde hace casi 500 años el conquistador español Francisco Pizarro sometió al líder indígena Atahualpa.

“¡Nunca más un pobre en un país rico!”, es una frase que repite el postulante sujetando con la mano un enorme lápiz de cartón, símbolo de su partido, al final de cada actividad proselitista, en referencia a las grandes desigualdades pese a dos décadas de fuerte crecimientos de Perú.

Nada de “Chavismo”

Según su hoja de vida en el jurado electoral, Castillo estudió en la Universidad Privada César Vallejo, en la que obtuvo el grado de bachiller en educación. Después, con el grado de maestro, cursó una maestría en Psicología educativa en 2016.

Para analistas la opción de Castillo es una muestra de la decepción de los peruanos tras recurrentes crisis políticas, casos de corrupción contra los últimos seis gobernantes y el colapso de la economía local por el brote del coronavirus.

“Nosotros pasamos hambre y tenemos que apoyar a nuestros paisanos”, dijo José Diez Días, de 75 años, en la plaza de Chota, en la región andina donde nació Castillo.

“Él era conocido por profesor, ha sido buena gente y ahora lo han puesto como terrorista. Todos diciendo que va a ganar un terrorista. Todo es falso”, agregó el humilde anciano.

En la campaña, se ha acusado a Castillo de buscar imponer un estado comunista y hasta aparecieron en calles avisos luminosos con mensajes que advierten de “la amenaza”.

“¿De dónde ha sacado eso de comunismo, de chavismo? Nosotros venimos desde abajo, nosotros asumimos la responsabilidad”, dijo el candidato de 51 años en un reciente mitin en Lima.

Castillo, que usa en todo momento un sombrero de ala ancha y que llegó a caballo a un local electoral para emitir su voto en la primera ronda de abril, rechaza que lo comparen con líderes de la izquierda de América Latina como el presidente venezolano Nicolás Maduro y el exmandatario boliviano Evo Morales.

Incluso anunció que si es Gobierno, su primer decreto será expulsar a “extranjeros” que cometen delitos, en una referencia a miles de migrantes venezolanos que han llegado a Perú huyendo de la crisis humanitaria y económica en el país petrolero.

Aunque en otros asuntos, el profesor de provincias es muy conservador, como gran parte de la población peruana: rechaza legalizar el aborto, el “enfoque de género” en la educación y ha sido reacio a reconocer los derechos de las minorías sexuales.

¿La tercera es la vencida? Fujimori vuelve a intentar con el estigma de su apellido

Keiko Fujimori

Keiko Fujimori ha recorrido costa, sierra y selva de Perú ataviada con la camiseta blanca y roja de la selección de fútbol, buscando un respaldo que tres veces le ha sido esquivo para poder convertirse en la primera mujer presidenta del país.

La hija mayor del encarcelado exmandatario Alberto Fujimori estuvo a punto de conseguirlo en 2016, cuando perdió por apenas un 0,24% de los votos, y muchos desahuciaron su futuro político luego de ser arrestada para ser investigada por corrupción.

La candidata derechista no solo enfrenta al socialista Pedro Castillo, quien encabeza las encuestas, sino también la pesada carga que representa su apellido y una errática actuación política como líder del partido conservador Fuerza Popular.

Pese a todo no renuncia a la firmeza que ha caracterizado a la dinastía política que ha sobrevivido las últimas tres décadas.

“Mano dura no es dictadura. Es una democracia firme para tomar las decisiones necesarias para volver a rescatar al país. En una palabra, lo que yo ofrezco es una ‘demodura’”, dijo la candidata en uno de sus mensajes por Twitter de campaña.

Keiko Fujimori tiene una acusación fiscal de “lavado de activos y organización criminal” por recibir presuntamente US$1,2 millones de la constructora brasileña Odebrecht para su campaña electoral del 2011, cuando postuló por primera vez, cargos que ella ha rechazado.

“El problema de Keiko son las mochilas que carga, una es del padre y otra es de ella misma”, dijo el analista político Fernando Tuesta sobre el perfil de la candidata de 46 años.

El exmandatario Fujimori cumple una condena de 25 años de prisión por ser “autor mediato” de la matanza de 25 personas a manos de un comando militar que actuó en las sombras, durante su mandato entre 1990 y el 2000, contra los insurgentes de Sendero Luminoso que buscaban tomar el poder a través de las armas.

En esos años, Keiko se estrenó en política como primera dama del país con sólo 19 años, tras el divorcio de sus padres, y luego estudió administración de empresas en la Universidad de Boston.

En 2006, la primogénita de los Fujimori ganó un asiento al Congreso tras obtener la mayor cantidad de votos en la historia para una aspirante al Parlamento.

Para esta campaña, la candidata ha tratado de desprenderse de la sombra de su pasado. Se ha disculpado varias veces por los “errores políticos” de su padre, pero ha exaltado su política social, que ahora ella trata de emular con sus mensajes.

También ha ofrecido gobernar con “decisión política y mano dura” para salir de la crisis económica y de la pandemia del coronavirus; y se ha declarado enemiga del “comunismo”, una etiqueta que le cuelga a su rival de izquierda Castillo.

Fuerte Rechazo

Perú tiene una relación de amor y odio con la herencia “fujimorista”. Para muchos el exmandatario Fujimori derrotó a los insurgentes y sentó las bases de un fuerte crecimiento económico, mientras que otros lo ven como un hombre autoritario que cerró el Congreso en 1992 para arrogarse poderes.

“Hay que marcar la ‘K’ (de Keiko) nos guste o no, porque es la única forma de no caer en el comunismo por nuestro futuro”, afirmó Paola Bozo, en una marcha de apoyo a la candidata.

La candidata ha dicho que si llega a la presidencia otorgará un indulto humanitario a su padre, de 82 años, un descendiente de inmigrantes japoneses que llegaron a Perú el siglo pasado.

“Quiero decirle a mi padre que hoy más que nunca, como su hija, me siento orgullosa del trabajo que él hizo, gracias a él hoy el país vive en paz”, dijo Keiko en una de sus giras.

Uno de los grandes escollos de Keiko es el alto rechazo que suscita, pese haberse reducido las últimas semanas. Según la encuestadora Ipsos Perú, un 46% de peruanos definitivamente no votaría por ella, frente al 70% del “antivoto” el año pasado.

Una de las razones del rechazo es que tras obtener en 2016 la mayoría absoluta en el Congreso, su partido se dedicó a obstruir iniciativas del Gobierno, llevando a una crisis que provocó el cierre del parlamento y a tener en casi cinco años hasta cuatro distintos presidentes en ejercicio.

Y en medio de la investigación por lavado de activos en su contra, Keiko, que tiene dos hijas con el estadounidense Mark Vito Villanella, ha estado tres veces en prisión preventiva por un lapso de casi año y medio entre 2018 y 2000.

En la última recta de esta campaña, como en 2011 y en 2016, miles de personas han salido a protestar contra la candidata.

“Queremos un cambio democrático que no implique corrupción, ni una mafia llamada Fujimori. La familia Fujimori no es el país, el país es esto, el pueblo en las calles”, dijo Miguel Coronado, un joven que marchó en una de las protestas.

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