Mucho futuro, poca humanidad
Hay una escena que se repite una y otra vez cuando hablamos del futuro: pantallas llenas de promesas, gráficos ascendentes, tecnologías cada vez más sofisticadas y, al mismo tiempo, una sensación incómoda de que algo esencial se nos está escapando de las manos. El Congreso Futuro 2026, entre muchos temas interesantes, puso ese malestar sobre la mesa con claridad, mostrándonos que no estamos frente a una crisis tecnológica, sino frente a una crisis de humanidad.
La reflexión de la destacada socióloga y filósofa de Eslovenia Renata Salecl sobre la necesidad de amabilidad y empatía en tiempos de IA me resonó profundamente porque tocó un punto crítico en el que no había puesto suficiente foco. Es un hecho de la causa que la tecnología puede magnificar lo mejor o lo peor de nosotros y, en su exposición, ella puso el dedo en la llaga al mostrarlo con claridad.
Mirando el ecosistema digital en el cual vivimos, podemos ver que la rudeza ya no es un rasgo aislado, sino un modelo de interacción premiado por los algoritmos. Experimentos con feeds de redes sociales han demostrado que la reordenación de contenidos influye significativamente en la polarización emocional de los usuarios, amplificando emociones como el enojo más que la calma o la reflexión. Y un experimento reciente que invitó a jóvenes a dejar TikTok e Instagram durante una semana mostró que los síntomas de depresión disminuyeron casi 25 % y la ansiedad un 16 % cuando se redujo el uso de estas plataformas. Algo de esto seguramente ya sabemos, ya que hay evidencia científica de que el uso intenso de algoritmos y notificaciones constantes está vinculado a mayores niveles de ansiedad y estrés.
Sin embargo, la tecnología sigue avanzando más rápido que nuestra capacidad de regularla éticamente. En áreas como la nanotecnología, los marcos regulatorios no logran cubrir su impacto potencial en la salud y el medioambiente, dejando a las comunidades vulnerables a enfrentar sus consecuencias sin protección. Y en algo tan básico como la comida, la adulteración de productos, como la miel, el aceite de oliva, el pescado y hasta la carne, podría convertirse en un problema global de salud pública en paralelo a la erosión de la confianza social.
Frente a la crisis climática, Salecl mencionó que la urgencia es igualmente clara. Los océanos y sus bosques marinos están amenazados por la acidificación y la inacción política. Decimos amar la naturaleza, pero muchas veces la tratamos como un accesorio en lugar de reconocer que somos parte de un sistema vivo.
En el trabajo, la IA ya está reemplazando tareas cognitivas significativas y exige una actualización de habilidades humanas, como el pensamiento crítico, la creatividad y el juicio ético. Esto rompe con la vieja promesa de que la educación formal nos protegería frente a la automatización, por lo que propuestas como la semana laboral de cuatro días sin reducción salarial no parecen utopías, sino respuestas basadas en evidencia que muestran beneficios reales en bienestar y salud mental, sin mermar productividades a corto plazo. La generación más joven, por ejemplo, ve en esta forma de trabajo una manera de equilibrar productividad con calidad de vida.
Tal vez la lección más potente de este debate y de la charla en cuestión es que, aunque miremos el universo y busquemos señales de vida en exoplanetas, la verdadera unidad de especie se juega aquí, en cómo tratamos a las personas, a nuestro planeta y a nuestras tecnologías hoy. Cuando dejemos de pensar que el futuro está escrito por la tecnología y nos demos cuenta de que está escrito por las decisiones que tomamos sobre a quién beneficia y qué valores colocamos en el centro, nos haremos una nueva pregunta, mucho más difícil y que va más allá de la inteligencia de nuestras máquinas: ¿Seguiremos siendo lo suficientemente humanos para merecer el futuro que estamos construyendo?
*El autor de la columna es fundador de Mapcity y Apanio, advisor y director de startups, autor de “Piensa al revés”, “Hackea tu Mente” y “TÚ”.
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