Bitácora de un científico en la Antártica: Ciencia bastarda




La oceanografía es una ciencia bastarda. En el sentido de que es hija de muchos padres y madres (física, química, biología y climatología, etc.), pero ninguno de sus progenitores la puede reclamar como su legítima hija y heredera, pues la mezcla es tan grande que los límites entre las partes son inciertos o directamente indefinibles.

Es una ciencia multidisciplinar por derecho propio. Eso hace que estudiar temas oceanográficos sea un desafío, pero un desafío divertido al fin y al cabo. La parte mala es que las preguntas oceanográficas no suelen tener una sola arista y uno debe considerar muchos factores, algunos fuera de tu particular área de estudio.

La parte buena es que este carácter multidisciplinar intrínseco hace que la colaboración con colegas de otras especialidades surja de forma natural, casi orgánica. Y créanme que es tremendamente enriquecedor trabajar mano a mano con colegas de los que uno nunca deja de aprender, porque en ciencia uno nunca deja de aprender y estudiar. Esta condición hace que el trabajo oceanográfico sea muy colaborativo, dado que nadie puede ser experto en todo.

Pero no solo de las ciencias bebe la oceanografía. Existen partes técnicas dentro de nuestro quehacer que se nutren de múltiples fuentes siendo la marinería (es decir la profesión o ejercicio de hombre de mar) la más obvia y directa. Al fina, por vocación u obligación, uno debe ganar unas nociones marineras básicas para desenvolverse adecuadamente en el trabajo a bordo, pero también para trabajar codo a codo con la tripulación de la nave.

Porque la oceanografía no solo depende de quienes hacemos la ciencia. Detrás siempre hay un importante conjunto de personas: pilotos, marineros, mecánicos y cocineros, entre otros. Sin ellos sería imposible tomar ni una muestra. En las embarcaciones más grandes este vínculo es menos cercano, pues una parte y la otra están más separadas, pero en los botes chicos como los que usamos en Bahía Fildes los científicos terminan siendo un poco marineros y los patrones un poco científicos. No me malinterpreten: cada uno tiene un rol claro, definido y que no cambia.

En el bote debemos trabajar de forma rápida, eficaz y segura, casi por pura memoria muscular. El resultado es un equipo, pero un equipo de rugby. Un equipo donde cada miembro tiene una función clara, definida y diferencia, pero un equipo que no puede funcionar salvo que todos y cada uno de sus miembros hagan su trabajo. Como les dije: Antártica no regala nada y las ventanas de buen tiempo no abundan, ni son demasiado amplias, así que para aprovechar al máximo nuestras oportunidades debemos trabajar de esta forma.

El equipo de trabajo en la Antártica.

Como es de bien nacido ser agradecido, quiero aprovechar la ocasión para dar las gracias a todo el personal que nos ha ayudado durante estas siete semanas. A todas las personas que han hecho posible que podamos haber tomado muestras a pesar de que nuestra carga llegase con 10 días de retraso, a pesar de que sufriésemos dos problemas mecánicos, y a pesar de que Eolo y Poseidón nos lanzasen todo su arsenal.

Gracias a Rodrigo, Alejandra, Iván, JB y Nacho por sacarnos a muestrear siempre que las condiciones lo permitieron fuese la hora que fuese del día o la noche. Pero como hacemos oceanografía costera en Antártica, nada sería posible sin el resto del equipo logístico, así que gracias a don Héctor y Andrés por reparar cualquier desperfecto que surgiese.

Gracias a Cony por mantener el orden en la base en todos los sentidos. Gracias a Mike y Katy por alimentarnos con tanto cariño y a Francisco por coordinar todo. Y vayan por adelantado mis sinceras disculpas si me olvide de alguien. Ruego me disculpen pero la edad y las pocas horas de sueño no perdonan.

* Juan Höfer es oceanógrafo español del Centro de Investigación Dinámica de Ecosistemas Marinos de Altas Latitudes (Ideal) de la U. Austral (Uach), y académico de la U. Católica de Valparaíso (PUCV).

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