Bitácora de un científico en la Antártica: Navidad Antártica (Léase con tono de chiste o broma)




¿Cómo celebra la Navidad un oceanógrafo en Antártica?

­—No la celebra porque se pasa el día muestreando si la meteorología lo permite.

Obviamente la introducción es una exageración en aras del humor, pero una que no se aleja demasiado de la realidad porque si no dejaría de tener gracia. Esta semana el viejito pascuero nos ha traído un regalo adelantado y el buen clima nos ha permitido salir al mar a trabajar tres días, incluyendo el 24 diciembre. Ya les dije que el humor era un reflejo solo ligeramente distorsionado de la realidad. Estos tres nuevos muestreos nos acercan más al número en mi planificación, lo que me tranquiliza un poco, pero solamente un poco.

El 24 de diciembre y tras terminar de procesar las muestras, nosotros y el resto de la base realizamos una sencilla y agradable celebración navideña. La velada comenzó con un menú especial hecho con extra de cariño por el equipo de cocina y terminó con los regalos que el viejito pascuero nos trajo hasta el sur del sur. Debe ser que este año nos portamos todos muy bien. Por mi condición de emigrante y persona que trabaja en Antártica, esta es la sexta navidad seguida que paso a un hemisferio y dos océanos de distancia de mi familia y amigos. Así que sin querer me he convertido en una especie de experto en celebrar navidades con familias vicarias.

La ¨familia estival¨ como la llamo yo. Y como para cualquier familia o grupo humano, estas celebraciones tienen un sentido especial que va más allá de la pura celebración o el ritual. Es una oportunidad para compartir, relajarse y disfrutar como grupo. Algo que actúa en cierta forma como el pegamento que nos aglomera como pequeña sociedad en miniatura o experimento sociológico (cada cual que escoja la metáfora que mejor le acomode).

El 25 de diciembre fue un día para el descanso tras el muestreo y la celebración del 24. Tras casi dos meses fuera de casa y seis semanas antárticas, el cansancio se empieza a acumular en mi cuerpo. Aquí es importante conocerse a uno mismo y dosificarse. El descanso es muy importante y sin él sería imposible poder seguir trabajando eficazmente hasta el final como debemos hacer. Pero como ya les comenté en entregas anteriores, el espectáculo debe continuar, así que al día siguiente preparamos todo para volver al agua, y al agua volvimos.

Fue un día plomizo, gris y cubierto de nubes, pero sin viento. Un buen día para la oceanografía antártica. Y como corolario a una gran semana terminamos con un nuevo muestreo y otro regalo (ahora en diferido) del viejito pascuero. En el punto más cercano al glaciar y mientras lanzábamos un equipo al agua, oí cierto alboroto en el bote.

Al principio no entendí bien que pasaba pues estaba concentrado en la maniobra, pero una vez terminada la escena se explicó sola. Decenas de pingüinos papúa formaban una bandada (espero que se llame así) compacta a escasos metros de nuestro bote.

El grupo de pingüinos alrededor de nuestro bote.

Mientras una ballena descansaba o tomaba una mini-siesta en la superficie del océano unos pocos metros detrás de la bandada de pingüinos. Jamás había visto algo parecido en la vida real y a tan pocos metros de mi persona.

Rápidamente sacamos cámaras, teléfonos y cualquier otro equipo con capacidad para inmortalizar semejante espectáculo de la naturaleza. El último regalo navideño. A medida que observamos la escena nos dimos cuenta de que en realidad todos estos animales estaban allí, no para nuestro regocijo, si no para asistir a su propio y particular banquete navideño: el krill.

Pedazos de este pequeño crustáceo llegaban hasta la superficie mientras veíamos como la ballena se hundía, suponemos que para alimentarse. Los pingüinos seguían a la ballena y se zambullían tras ella, suponemos que para aprovechar ¨las sobras¨ dejadas por el cetáceo. Por momentos incluso se sintió un fuerte olor a heces en el aire.

La ballena tras su alimento.

Algo similar a lo que uno percibe cuando camina por la costa central de Chile en una zona dominada por los pelícanos. No tengo claro si fueron los pingüinos, la ballena o todos juntos, pero desde luego alguien había hecho de vientre hacía poco. Quizás había que hacer sitio para seguir comiendo. Una lástima que las cámaras no capten también los olores. Tras unos minutos de contemplación extasiada cercana a un síndrome de Stendhal para amantes de la naturaleza, proseguimos con el muestreo hasta terminarlo. Con este hermoso regalo termina una muy buena semana. Solo espero que sea un avance de lo que nos espera en las dos semanas que nos restan aquí. Ya saben, soñar sale gratis.

No se apuren ni preocupen si alguna vez no saben que regalarle a un oceanógrafo/a porque somos baratos. Como bien sabe el viejito pascuero, solamente necesitamos un buen día de muestreo para remojar las escamas.

¡Gracias viejito!

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