Lisa Pratt: la experta de la Nasa que se encarga de evitar la infección de otros mundos

Lisa Pratt, en los cuarteles generales de la Nasa. Crédito: Stephen Voss/The Wall Street Journal.

Desde el confinamiento de su hogar, la astrobióloga supervisó la meticulosa esterilización de la misión Perseverance que hace unos días partió a Marte. Todo con el fin de impedir que algún patógeno como el Covid-19 terminara contaminando el planeta rojo. Su misión también consiste en evitar que algún microorganismo extraterrestre logre vulnerar a la Tierra.




En una época en que la gente se preocupa por su propio riesgo de infección, Lisa Pratt está trabajando para asegurarse que la vida en la Tierra no contamine el resto del Sistema Solar. Durante meses, ella estuvo desinfectando el vehículo de la Nasa que partió esta semana hacia el planeta rojo. La misión abre el escenario para traer, por primera vez, rocas y suelo marciano de vuelta a la Tierra.

La doctora Pratt (69) es la encargada de protección planetaria de la Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio. Su trabajo es asegurarse que las naves interplanetarias de la Nasa no alteren los mundos alienígenas que exploran. La Nasa se toma tan en serio ese riego que el próximo año planea estrellas su sonda espacial Juno, de US$ 1,1 mil millones de dólares, en Júpiter para así evitar contaminar dos lunas llamadas Europa y Ganimedes y que podrían albergar vida. La sonda, lanzada en 2011, está terminando su misión y, si se la deja orbitando sin dirección, podría chocar con una de esas lunas. La labor de Pratt también consiste en asegurarse que microbios y virus extraterrestres –si es que existen- jamás azoten a la Tierra.

“Tenemos una responsabilidad al no contaminar y, potencialmente, inocular otro mundo con algo de la Tierra”, señala la doctora Pratt. “Encuentro difícil imaginar que no exista similar a la terrestre en otros lugares del sistema solar. Creo que es una reflejo de la naturaleza fundamental de la física y la química del carbono”, en el cual se basa toda la vida conocida.

Para la doctora Pratt, la interrogante sin responder de la astrobiología puede ser leída en la secuencia genética de cada espora microscópica que se adhiera a una placa de circuitos de una nave o a un escudo contra el calor. Imaginemos nuestra desilusión, dice ella, si alguna vez descubrimos vida en otro mundo sólo para darnos cuenta que sólo son microbios transportados descuidadamente desde nuestro planeta.

“Espero que encontremos vida en otros lugares. Eso cambiaría todo. La pregunta será ‘¿Dónde se originó?’”, indica.

Este modelo digital muestra al vehículo Perseverance en la superficie marciana. Crédito: Nasa

Por primera vez en casi 50 años, expertos de la Nasa están intentando relajar las restricciones de protección biológica en las misiones hacia la Luna y en gran parte de Marte, con miras a los viajes tripulados y para así reducir costos y promover las iniciativas espaciales privadas. Ese es un cambio radical en el estándar que dio forma al primer aterrizaje de Estados Unidos en Marte, ocurrido en 1976 y para el cual la Nasa desinfectó su vehículo de superficie Viking metiéndolo en un horno por 30 horas.

Las modificaciones que hoy se debaten internacionalmente reflejan, en parte, la sospecha de que la humanidad quizás ya contaminó áreas de la Luna y Marte. En abril pasado, una compañía privada estrelló accidentalmente en la Luna una carga de muestras de ADN humano y miles de microscópicas criaturas de ocho patas conocidas como tardígrados.

“Estamos en un momento decisivo”, dice Pratt. “Era bastante sencillo decidir correctamente qué había que hacer cuando había solo un puñado de agencias nacionales involucradas. Ahora hay corporaciones que pueden hacer tanto o más que las agencias nacionales. Y ellas tienen una perspectiva diferente sobre lo que querrían hacer en la Luna y Marte”.

Mientras sigue el debate, el ritmo de los aterrizajes interplanetarios está aumentando. Al igual que los planes para traer muestras de mundos extraterrestres.

En las últimas semanas, la Nasa y China lanzaron naves que se posarán en Marte, mientras que los Emiratos Árabes Unidos ya enviaron su primera misión interplanetaria con destino al planeta rojo. Europa y Rusia están preparando su propio vehículo de superficie para Marte. Hacia fines de año, China planea traer de regreso muestras de la Luna, mientras Japón pretende recuperar muestras del asteroide Ryugu. La Nasa espera hacer lo mismo en un asteroide llamado Bennu, con un viaje de retorno programado para 2023.

Imagen del asteroide Ryugu captada por la nave japonesa Hayabusa2. El vehículo volverá a la Tierra en diciembre próximo, portando muestras del cuerpo espacial. Crédito: Jaxa

Mientras el nuevo coronavirus se salía de control, la doctora Pratt y su equipo de especialistas en limpieza supervisaban el ensamblaje del vehículo de superficie Perseverance, el cual despegó hace unos días como parte de una misión de US$ 2,45 mil millones. Debido a las precauciones de salud pública, ella ha estado trabajando a casi 1,7 mil kilómetros de la Base Aérea Cabo Cañaveral en Florida, donde el cohete con destino a Marte estuvo estacionado. Ella ha estado confinada en su casa familiar en las afueras de Bloomington, Indianápolis, desde donde realizó meticulosas inspecciones diarias a la nave mediante pequeñas cámaras GoPro que usaban los ingenieros de despegue. Ellos esterilizaron tornillo a tornillo y examinaron cada componente para eliminar bacterias que pudieran viajar a través del vacío entre planetas.

La doctora Pratt nunca pretendió volverse una astrobióloga. Ella creció durante los 50 y 60 en Rochester, Minnesota; era la hija de en medio en una familia con otros dos hermanos y vivía en un barrio donde casi cada casa era el hogar de un doctor. Su padre era un cirujano en la Clínica Mayo y su madre era gerente del Hotel Kahler Grand.

“Desde que tengo memoria, me enfrenté a conversaciones sobre enfermedades, infecciones, intervenciones quirúrgica, temas sobre calidad de vida y asuntos de vida o muerte”, recuerda. “Pasaba mucho tiempo sola y al aire libre, deambulando por arroyos, riachuelos y campos. Mirando hacia atrás, me estaba preparando para una combinación de ciencia y exploración al aire libre”.

Aún así, tuvo que luchar contra el prevaleciente sexismo en la ciencia. “Mi padre era bastante franco en cuanto a su posición sobre las mujeres en la medicina”, señala. A sus compañeros de secundaria no les agradaba su presencia en las clases avanzadas de matemáticas y física. “El último año, había dejado casi todas las clases de ciencia porque había demasiada presión social. Me cansé de ser la única mujer en esas clases”, afirma. En la universidad, inicialmente se especializó en lengua española, “para la cual no tenía aptitudes”, indica.

Luego de superar algunas dudas, en 1982 obtuvo un doctorado en geología en la Universidad de Princeton. Su optimismo sobre la vida en otros planetas se moldeó al ver cómo la vida se adaptaba a los ambientes más extremos de la Tierra, desde lo salobres sedimentos al fondo de una mina de oro en Sudáfrica hasta la capa de hielo de Groenlandia. En sus 30 años como académica de la Universidad de Indiana, ha publicado más de 100 investigaciones sobre la vida en condiciones extremas.

“Pude ver que mientras más aprendíamos sobre la vida en la Tierra, más cambiaba nuestro pensamiento sobre si otros planetas eran habitables para un tipo de vida como la terrestre”, afirma.

Expertos de la Nasa limpian meticulosamente los componentes del Perseverance antes del despegue a Marte. Crédito: Nasa.

Aún así, tiene expectativas modestas para el potencial de vida en Marte. “Limito mis pensamientos sobre Marte a algo que pueda caber en los espacios entre los granos de roca y que pueda asirse a las paredes de grietas y fisuras”, señala. Sus esperanzas se desbordan cuando sus pensamientos se dirigen a las lunas en las zonas más alejadas del sistema solar, como Europa (que orbita a Júpiter) y Enceladus (que circula en torno a Saturno), las cuales tienen océanos cubiertos de hielo. “¿Acaso el experimento de la evolución en esos lugares podría haber generado un gusano?, ¿Un pez? Mi imaginación se descontrola”, confiesa.

Si todo avanza según lo planeado, el rover Perseverance de la Nasa aterrizará en Marte en febrero próximo. El vehículo buscará señales de vida microbial pasada y será la primera misión planetaria que recolectará rocas y polvo para un posterior análisis en la Tierra. Se espera que una próxima misión robotizada recupere esas muestras en algún momento de la próxima década.

“Tenemos una responsabilidad de concretar el regreso de las muestras de la manera más segura posible, con capas tras capas de protección”, asegura. “La posibilidad de que un organismo marciano sea capaz de cobrar vida en la Tierra es sumamente ínfima”, agrega. “Se verá desafiado por nuestro calor y la química de nuestra atmósfera. Pienso que ahora lo difícil para nosotros, en el escenario actual del Covid-19, es no ser arrastrados a escenarios de ciencia ficción”.

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