Columna de Héctor Soto: "Después del temblor"

Manifestación en Santiago

AFP / Martin BERNETTI


¿Fue un estallido social? ¿Fue la presión del malestar que venía incubándose desde hace décadas? ¿Es otro salto al vacío, como los que la sociedad chilena acostumbra cada tanto? ¿Fue solo una operación terrorista que despertó primero a la izquierda más radical, que enseguida interpretó a los descontentos, que entremedio fue aprovechada por el lumpen y los saqueadores y que finalmente unió al mundo opositor en sucesivas marchas y cacerolazos?

La tesis de la explosión del malestar ya se volvió dominante. Es la que adoptó la televisión y la que asumió el propio Presidente de la República en su discurso de la noche del martes. Desde luego que sobran elementos de juicio para reconocer el descontento. Hay abusos, la vida está cara, los sueldos no alcanzan, las pensiones son bajas, el sistema de salud es lamentable, los fármacos son un robo y el transporte, un desastre. Pero ¿era muy distinta la situación hace año y medio, cuando la ciudadanía eligió a Piñera con el 55% de los votos? No cabe duda de que la tesis de la olla a presión se sustenta en una imagen poderosa. Poderosa, pero perdedora, porque todos los candidatos que la plantearon ni siquiera lograron mover las agujas. El problema de la teoría de la presión es que, desde que se instaló, allá por los años 80, Chile, lejos de haber estallado, hizo una exitosa transición política a la democracia, vivió 30 años gloriosos en sus indicadores sociales y económicos y entró en una dinámica de alternancia en el poder que aunque no ha sido muy pacífica -porque parte de la izquierda sigue pensando que es una inmoralidad que la derecha gobierne- el sistema ha terminado procesando.

Habrá tiempo para ponerle nombre a lo ocurrido. Este es un debate que va a entretener a la sociología y a la ciencia política durante meses o años. Está bien que se lleve a cabo, porque el fenómeno merece ser estudiado. En lo inmediato, sin embargo, lo que va a recoger el ciudadano común y corriente de esta crisis no es el rótulo con que finalmente la cátedra la etiquete, sino la radiografía de la precariedad que tenemos como sociedad. Pensábamos que Chile había dejado atrás este tipo de inestabilidades. Pensábamos que el Estado chileno tenía fuerzas suficientes para garantizar la seguridad y el orden. Pensábamos que circulábamos por las amplias avenidas de la modernización y de pronto nos hemos encontrado con imágenes de un país atascado en los callejones del caos y la barbarie. Pues bien: estábamos equivocados.

Si este es el precio para que de aquí salga un país mejor, más acogedor y receptivo con los que lo pasan peor, fantástico y enhorabuena. No nos fijemos tanto en los medios, fijémonos en los fines. Es sano recordar, sin embargo, que las situaciones de desborde no siempre desembocan en cuadros de estricta justicia social. A lo que dieron lugar las indignadas protestas de los jóvenes el 2011 fue a la gratuidad de la educación superior, no a un compromiso nacional con la educación parvularia y básica de los más pobres, que con esa gratuidad pasó a pérdida. Y no está de más ponerle ojo a la artera decisión de los camioneros de plantear justo ahora sus reclamos contra los tags. Corresponde ponerle atención a esa demanda; si el sistema político no es capaz de detener a tiempo la bestia de los intereses de grupo, que despierta siempre cuando hay bulla en el establo, está claro que esto podría terminar peor que al comienzo.

De ahí la importancia de las instituciones y la responsabilidad de los partidos. Hay que dejar que la democracia funcione. A partir de una demanda muy transversal de orden y de un creciente fastidio ciudadano, el país pareciera estar normalizándose de a poco. En general fue bien recibida la agenda social que el Presidente impulsará en el Congreso. Por supuesto que sacarla adelante va a ser difícil, no solo porque el gobierno está ahí en minoría, sino también porque las protestas están protagonizadas en gran medida por jóvenes, en particular por jóvenes de los sectores medios y medio-altos. Y el diálogo intergeneracional en Chile se ha vuelto complicado. La dificultad estriba en que lo que hemos entendido tradicionalmente por política -proyectos, ideales, discusión, negociación- está encontrando cada vez mayor resistencia entre la juventud, en especial en lo que toca a la dimensión negociadora. De ahí los arrebatos de fundamentalismo que se han visto en distintas universidades. A diferencia de los prohombres del Chile fáctico de otra época, que eran buenos para negociarlo todo sin discutir nada, para muchos jóvenes de hoy negociar -negociar con otros y con la propia realidad- es sinónimo de claudicación. Esta rigidez adolescente, por supuesto, anula en gran parte a la política y desafía también a la democracia.

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