Juan Carlos Altamirano, hijo del histórico dirigente socialista: "A mi padre le pesaba que lo transformaran en un chivo expiatorio"

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Desde el living de la casa de Carlos Altamirano, el recién fallecido dirigente socialista, su hijo cuenta sus días finales y cómo fue vivir bajo la sombra de su controvertido padre. También releva aquí su estrecha amistad con Felipe Edwards del Río, el hijo de Agustín Edwards: "Nos une haber tenido padres conflictivos y potentes".




Hay sol, pero es una mañana fría. Es el penúltimo miércoles otoñal de mayo, y en la casa de Carlos Altamirano hay una chimenea encendida. Él ya no está, pero en ese lugar todo está intacto: su silla de mimbre debajo de la pérgola en medio del jardín. Sus libros. Sus objetos. Su historia.

En esa casa agreste de La Florida vivió el mítico y controvertido socialista. Murió a los 96 años. Un año antes había dicho: "No quiero que me recuerden… Quiero que me dejen tranquilo". Fue su última entrevista y se publicó en estas mismas páginas.

Ese anhelo (o dictamen) no fue escuchado. No solo lo recordaron. Lo despidieron con honores en el ex Congreso Nacional. Se habló de él. Le dedicaron discursos y, a la par, se reinstaló el debate respecto del rol que Altamirano jugó en tiempos de la UP, específicamente respecto de cuánta responsabilidad tuvo o se le otorgó en el golpe de Estado cuando él era secretario general del Partido Socialista.

Su hijo Juan Carlos Altamirano sintió el peso de esa historia toda la vida. Hoy tiene 63 años y recuerda que al volver a Chile en 1986, después de casi 17 años en el exilio, supo que debía sacudirse del nombre del padre. Cuenta que llegaba a reuniones y cuando decía su nombre, se instalaba un incómodo silencio. Palpó la sombra que aún rondaba en torno a su apellido. Entendió la carga que acompañó a su padre hasta el final de sus días. "Decidí ser Juan Carlos parar tratar de diferenciarme", dice.

Sociólogo, productor de cine y televisión, Altamirano hijo fue gerente de TVN por casi 18 años durante la transición a la democracia. Y así como se cambió el nombre, también abrió un camino. En 1992, el montañista Mauricio Purto lo invitó a una excursión al Aconcagua. Su compañero en el ascenso y con quien le tocó compartir la carpa era Felipe Edwards del Río, uno de los hijos de Agustín Edwards.

Así fue como los hijos de esos dos personajes controvertidos se hicieron amigos; tan cercanamente amigos, que ahora son compadres. Felipe es el padrino de su hijo.

¿Su padre ya venía mal? ¿O fue una muerte repentina?

Fue más o menos repentina. A mí me sorprendió. Yo creía que él podía llegar a los 100 años. En la familia Orrego son todos muy longevos. Pero tú sabes cómo se llega… Cada vez le costaba más caminar, levantarse, pero siempre con su cabeza bien. Yo tenía miedo…

¿Miedo a qué?

A que pudiera llegar a los cien años de manera decrépita. Porque si hay algo que a él ya le molestaba de su vejez era que lo ayudaran a vestirse o ese tipo de cosas.

¿A él le molestaba la vejez?

No. Lo que le molestaba era la dependencia. Siempre fue muy independiente. No solo mentalmente, sino de hacer sus cosas. Hasta el día antes de que murió, hacía el ejercicio de pararse y sentarse para mantenerse bien, pero le costaba. Todo el resto fue plácido…

¿Estaba consciente de todo, seguramente?

Sí, pero ya estaba bastante desapegado. Yo, para entretenerlo, le hablaba de política; le contaba las salvajadas de Trump y él se reía, pero en el fondo le importaba un comino. La política chilena lo lateaba desde hace tiempo…

En su última entrevista en La Tercera dijo: "No quiero que me recuerden". ¿Por qué cree usted que su padre quería el olvido?

Porque si hay algo que le pesó toda la vida es que le hayan atribuido toda la responsabilidad del golpe de Estado. Y era completamente injusto, porque tan radicales como él fueron Eduardo Frei, Patricio Aylwin, Sergio Onofre Jarpa…

¿A él le importaba cómo pasaría a la historia?

Sin duda le importaba, y le pesaba que lo hayan transformado en el chivo expiatorio…

¿Y cómo se lo explicaba a sus nietos, por ejemplo?

Todas esas cosas dramáticas o personales no las expresaba. No se andaba quejando. Salvo cuando decía algo sobre alguna estupidez que se dijera… Porque él tenía esa cosa displicente. Mi padre era arrogante intelectualmente.

¿Y fue por displicencia que no entró en política cuando volvió a Chile o fue porque sabía lo que generaba su nombre?

Estaba totalmente consciente de que provocaba sentimientos encontrados y que era más bien un factor de división. Por eso, jamás se metió en política nuevamente. Pero, además, porque a él no le interesaba el poder por el poder; no le interesaba figurar.

Se entiende que para la derecha fuese un personaje incómodo, ¿pero qué decía él sobre la izquierda?

Él encontraba lógico que la derecha, incluso sectores de la DC, tuvieran esa posición. Los comunistas no le importaban. Decía que eran unos seres muy dogmáticos, una especie de UDI de izquierda. Lo que lo molestaba y afectaba era recibir los ataques de su partido.

Su partido terminó rindiéndole honores…

Yo fui al acto que se le hizo en el ex Congreso… Creo que fue un reconocimiento tardío. Es una lata que se le haya hecho un homenaje póstumo. Y digo que es una lata porque, a pesar de que dentro del socialismo le dieron como caja, el papá siguió siendo socialista hasta el final. Su consecuencia fue admirable. Yo los habría mandado a la cresta hace rato. Pero él se mantuvo. Ahí hay un sector que jamás tuvo la nobleza de haber reconocido que gracias a la renovación del pensamiento de mi padre se recuperó la democracia. Porque sin la Concertación no habría habido democracia.

¿Le dio rabia ese acto?

No. Lo agradecí. Solo digo que fue tarde.

¿Cree que la imagen de su padre se fue reacomodando en la historia?

Creo que se fue haciendo justicia. Salvo la gente ignorante y microcéfala, gente idiota, que repite y repite las mismas tonteras y sigue diciendo que el discurso de Altamirano provocó el golpe de Estado, cualquier persona culta sabe que no fue así. Las culpas y responsabilidades estaban absolutamente repartidas.

En el nombre del padre

¿Su padre era un solitario?

No. Tenía una vida social muy activa. Recibía a mucha gente. Sí debo reconocer que vivió la soledad cuando se murió Paulina Viollier, su mujer. Ahí sí quedó muy solo.

Pero tenía su familia….

La familia está repartida. Una parte está en Inglaterra. Otra en México. Te diría que si hubo algo que me dio pena en el funeral fue que no estuviera su familia directa. Estaba mi hermana Alejandra, pero no estaban todos sus nietos y bisnietos. Él siempre dijo que ese era el drama de los exiliados. La familia va quedando en otros lugares. Eso lo hacía sentirse solo.

¿Pero no tenía una estructura solitaria?

No. El papá nunca fue un melancólico. Y yo sí sé de melancolía, pero él no tenía esa cosa medio depre. Para nada. Es un rasgo de su generación. Fueron educados en la tradición del espíritu victoriano.

¿Cómo es el espíritu victoriano?

Jamás muestras tus emociones. El papá guardaba sus emociones para sí mismo.

¿Nunca se soltó?

Jamás. Y si le dolía algo, tampoco lo demostraba. Siempre decía: "No hay que quejarse". "Tienes que ser estoico". Y la otra cosa típica de ese espíritu victoriano es que tú no te andas abrazando. Cuando nos encontramos en Cuba después de todo el drama del año 73 nos dimos un abrazo rápido. Había mucha gente y estaba Fidel Castro, pero uno hubiese querido un abrazo largo. No. Todo siguió como si no hubiese pasado nada. Así era él.

¿Y así de fría era su relación con él?

No. Teníamos una relación muy profunda, pero en términos intelectuales o de compartir juntos en la naturaleza. Yo le contaba mis cosas, pero hablar de él, de si se sentía atormentado o solo, porque uno suponía que después del golpe y en el exilio, era difícil. Yo sabía que no sacaba nada con tratar de tirarle la lengua. Y como, además, era bastante abstemio, porque tenía jaquecas grandes, no tomaba mucho tampoco. Entonces, jamás se soltaba.

¿Y cómo fue tenerlo de padre?

Aunque no me dijera nada, yo sabía que me quería mucho. Siempre supe que lo principal para mis dos padres éramos nosotros. Y si hubiésemos estado en Chile para el golpe, no dudo que el papá se habría entregado altiro. Yo sentía que el amor era grande, si bien nunca me felicitó…

¿Nunca?

Alguna vez me dijo: "Qué bien, gordo", porque él me decía así, pero nunca fue más allá de eso.

¿Cómo se construyó a sí mismo llevando el mismo nombre? ¿Había un peso?

Siempre hubo un peso, pero creo que eso lo tienen todos los hijos de gente prominente. Hay muchos que se han perdido en el camino, porque es un tema fuerte. A eso tienes que agregarle que mi papá era una persona altamente conflictiva. Eso hacía las cosas más difíciles.

¿De qué manera influyó en usted?

Él nunca me trató de adoctrinar. No me dijo: "Léase el Manifiesto del PC o lea sobre el marxismo". Al contrario, me dio libertad. Por lo tanto, desde chico yo desarrollé mi espíritu e identidad propia. De hecho, antes de emigrar a Inglaterra en el año 71, mis padres se habían separado, y yo me podría haber quedado en Chile acompañando al papá. Pero preferí vivir la revolución de las flores. Por supuesto que mi rebeldía -porque vengo de una generación en la que había que rebelarse contra los padres- me hizo buscar otro camino.

O sea, ¿no quería ser como él?

Más que eso, busqué mi camino. Yo era un chico muy tímido. Hasta el día de hoy soy bastante tartamudo. En la época de la UP, me hice más bien "hippie". Era místico. Fui una de las primeras personas que hicieron yoga en este país.

¿Se fue en la onda espiritual?

Totalmente. Yo transmitía que la revolución había que comenzarla por dentro; que tanto el comunismo como el capitalismo generaban a un ser humano alineado. El único camino de salvación era el espiritual. Mi papá se interesaba, me preguntaba, pero nunca me trató de influenciar. Para mí era conflictivo…

¿Por qué?

Porque él hablaba de que los jóvenes tenían que seguir el ejemplo del "Che" Guevara, de que había que ser un joven consciente y revolucionario, y su hijo no tenía nada que ver con eso. Yo me vestía con pantalones rojos. Tenía otra vida. Era un libre pensador.

Vueltas de la vida

En esta casa cuelga una página de El Mercurio con la foto de su padre que dice: "Ubicar y detener". ¿Cómo se vive con esa sombra?

Era muy doloroso… La cantidad de injurias, de veneno de mucha gente, me resultaba contradictorio, porque tú tienes otra imagen de tu padre. Siempre tuve plena conciencia de la injusticia que había en eso. Por supuesto que reconozco que él también fue responsable de esa tragedia, pero no fue el único. Es algo con lo que me ha tocado lidiar, entre varias otras piedras que lleva mi mochila. Sin embargo, también he aprendido a sacar las piedras de los odios, de los rencores, de los resentimientos…

¿De ahí su amistad con Felipe Edwards del Río?

Es parte de eso. Porque seguir con ese esquema es seguir con el veneno. Y eso hace que el otro triunfe. En el fondo, es una forma de decir: chao con esa historia.

Pero eso no es pura voluntad.

No. Sacarse esos sentimientos es un trabajo intelectual, espiritual.

¿Y qué permitió crear una amistad con Felipe Edwards, el hijo de un adversario de su padre? Es bien simbólico ese encuentro…

Así es, pero yo soy muy transversal en mis amistades. También soy muy amigo de Bernardo Matte.

Pero no es lo mismo.

Es verdad. No es lo mismo. Ahí hay un conflicto y un simbolismo muy directo.

Casi junguiano, ¿no?

Así lo interpretaba mi papá.

¿Qué le decía su papá de esa amistad?

En el fondo, él entendía esta relación de amistad con Felipe como una rebeldía de ambos frente a estos padres omnipotentes, poderosos, con caracteres muy fuertes y que estuvieron enfrentados hasta la muerte. Yo creo que para ambos, Felipe y yo, fue una forma de liberarnos y salir de ese peso de la historia.

¿Y de verdad su papá nunca dijo nada?

Es que el papá no tenía esos rencores. O sea, decir: "Pero cómo está con el hijo de mi peor enemigo". Jamás. Y que yo haya sabido que Agustín Edwards haya dicho: "Cómo estás con el hijo de ese revolucionario". Tampoco.

Y para usted, ¿esa amistad ha sido como una sanación, como romper el patrón histórico?

Sin duda. Sé que para mucha gente fue desconcertante y fuerte, pero créeme que él la sufrió del mismo modo. O sea, para Felipe tampoco ha sido fácil llevar el peso de lo que representaba y la acción política de su padre. Entonces, había entre nosotros esa suerte de complicidad y la sigue habiendo, por el hecho de haber vivido ambos una suerte de exilio. Él había partido al exilio por Allende y yo por Pinochet. También hay una complicidad por tener dos padres polémicos, conflictivos y potentes.

¿Cree que con la muerte de su padre se cierra una etapa histórica?

Yo espero que con esto se cierre un capítulo de la historia. Siempre he pensando que esa etapa no se iba a cerrar en la medida en que esa generación siguiera viva. Ojalá la nueva generación también cierre el capítulo.

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