La fórmula de la animación chilena para conquistar Hollywood

Desde que en 2016 el filme Historia de un oso ganó el primer Oscar para Chile, la animación nacional se ha consolidado como una de las más relevantes de Latinoamérica y ha competido con la primera línea del cine global, como lo demostró esta semana la candidatura de Bestia a los Premios de la Academia. ¿Quiénes están tras estos triunfos? ¿Se trata de una generación dorada del rubro en el país? ¿Cómo trabajan y cómo operaron para poder llegar a los Oscar?



La primera misión era llegar hasta Annecy, un pueblo alpino en el sureste de Francia, donde anualmente se celebra el festival de animación más relevante del mundo. Sin embargo, tras analizar las innumerables complejidades que implicaba trasladarse desde Chile a Europa en pandemia en junio pasado, Hugo Covarrubias descartó esa posibilidad y resolvió seguir desde su hogar la primera proyección de su cortometraje Bestia. “A lo mejor más adelante puede haber más instancias de viaje”, decía a este medio en esa época.

Aunque mes a mes fue sumando galardones hasta totalizar una treintena de reconocimientos, incluido el premio Festivals Connexion que alzó en Annecy, la emergencia sanitaria redujo su asistencia a exhibiciones en el extranjero a solo dos: Guadalajara (México) en octubre y Córdoba (Argentina) en diciembre.

“Teníamos pasajes comprados para ir a Sundance, pero lo cancelaron (fue online). Cecilia Toro, productora general del corto, me decía: Hugo, tranquilo, yo creo que el gran viaje va a ser a Los Ángeles. Yo era más escéptico, pero ella tenía razón”, cuenta Covarrubias en la semana en que se confirmó que su corto aspirará al máximo galardón del cine estadounidense.

Completando la segunda participación de un filme chileno en la categoría (la quinta desde No, de Pablo Larraín), Bestia obtuvo la anhelada candidatura a Mejor cortometraje animado, según el anuncio que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas entregó este martes. De ese modo, ya es una certeza que el realizador y Tevo Díaz, productor ejecutivo de la cinta –también nominado–, aterrizarán en Estados Unidos el próximo mes para acudir a la ceremonia de la 94° edición de los Oscar (27 de marzo), en busca de conseguir la misma estatuilla que en 2016 alcanzó Historia de un oso. La animación local vuelve a Hollywood, encumbrándose entre las cinematografías más prometedoras del mundo.

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¿Pero sigue siendo una promesa la escena nacional de animación o derechamente somos testigos de los años más brillantes de esta? “No es la mejor época de la animación chilena para adultos. Es la mejor época de la animación chilena a secas. Y por lejos. Se me vienen varios nombres a la cabeza de gente haciendo cosas interesantes y muy distintas unas de otras: Hugo Covarrubias, Marcos Sánchez, Punkrobot, Camila Donoso, Fernanda Frick, Diego Cumplido, y podría seguir. Quizás la animación es el lugar donde están sucediendo cosas más interesantes en el arte chileno”, plantea Cristóbal León, director junto a Joaquín Cociña de cortometrajes como El arca (2011) y Los huesos (2021), gran ganador del último Festival de Venecia.

La dupla es además autora de La casa lobo (2018), una película que despertó fascinación mundial y que también conquistó al circuito norteamericano. “El filme sorprende, con una fuerza increíble, en cada uno de sus 75 minutos”, señaló en su crítica The New York Times, celebrando al primer largometraje chileno en técnica stop motion y una de las cintas más experimentales de su historia: sin dar tregua al espectador, presenta la permanente transformación material de una casa y sus habitantes, una niña que se llama María y cerdos que se convierten en niños. Fue la óptica que los cineastas –ambos provenientes de las artes visuales– decidieron otorgarle al terror de Colonia Dignidad y una de las mayores pruebas de atrevimiento de la animación local.

“Creo que en Chile hay talento y arrojo. El talento permite que existan las ideas; el arrojo permite plasmarlas sin querer aspirar a ser otra cosa. Creo que por nuestra distancia con el resto del mundo, entiendes que eso es muy único, no está condicionado por la gran industria internacional. Siempre hay que tener puntos de referencia, pero el arrojo es propio. Eso es bonito y hay que cuidarlo”, sostiene Álvaro Ceppi, realizador y productor de la serie animada infantil Puerto Papel.

Los huesos. Foto: Pista B / Diluvio

En esa última producción de la productora Zumbástico Studios colaboró estrechamente con Hugo Covarrubias, a quien se refiere como “un talento innato de la animación”. En un periodo en que la escena la conducían profesionales que habían estudiado diseño, arquitectura o cine (la carrera de animación se empezó a impartir en 2005), las series de televisión entrenaron a una generación de realizadores locales. Ceppi conoció al director de Bestia cuando este ingresó a la productora y ya había filmado su primer cortometraje, El almohadón de plumas (2007), y formado Maleza, compañía teatral en que cultivó su interés por la animación.

“Esos proyectos (las series) fueron nuestras escuelas. De vez en cuando aparecía gente como Hugo, con capacidades mayores, lo que generaba al interior de los equipos un aprendizaje conjunto. Eso provocó que muchas personas que venían de otros oficios continuaran cultivando sus propias inquietudes”, explica Ceppi, quien además fue productor de La noche boca arriba (2012), el segundo corto de Covarrubias.

Un flujo colaborativo que parece estar prolongándose en el tiempo: Enrique Ortega, animador más joven que trabajó con ambos en Zumbástico Studios, lidera Zander, serie infantil sobre filosofía en la que Covarrubias es director de arte. Y, a su vez, la posproducción de Bestia recayó en Diluvio, la productora que encabeza el dúo de cineastas de La casa lobo junto a Niles Atallah.

Con estos últimos el director nominado a los Oscar comparte intereses: la predilección por la técnica stop motion y el rastreo por la historia chilena. “Se está valorando más que antes esta animación más oscura y política porque estética y narrativamente estamos inventando nuevas formas de expresarnos. Si no fuera así, quizá no habría esta repercusión”, señala Covarrubias.

En 2021 también se estrenaron otros cortometrajes nacionales que se refugian en una zona más sombría: Deshabitada, de Camila Donoso Astudillo; Algo en el jardín, de Marcos Sánchez, y La copia feliz del Edén, en la que Emilio Romero y Samuel Restucci recurrieron a animación tradicional para revisitar el 11 de septiembre de 1973. Un puñado de filmes que también hablan con elocuencia de la personalidad de los cineastas locales.

La copia feliz del Edén (2021)

Desde la perspectiva de Cristóbal León, “la animación chilena tiene un gran presente, hay muchas voces autorales y una industria incipiente, es realmente notable, pero no se puede decir que en Chile exista una tradición o una escuela de animación. Si uno mira para atrás hay casos aislados –15 mil dibujos (1942), Vivienne Barry, Tomás Welss– pero estos casos no logran armar una cultura de animación. A nosotros (con Joaquín Cociña) nadie nos enseñó a hacer animación, aprendimos solos. Y esa ha sido siempre algo que hemos intentado usar a favor, convertir en estética nuestra brutalidad, ignorancia y precariedad”.

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Hugo Covarrubias también enmarca sus primeros pasos en la animación fuera de los referentes del plano local. Entre las figuras que lo inspiraron están Jan Švankmajer, considerado un maestro del stop motion surrealista, y Jirí Trnka, quien adoptó la misma técnica para aproximarse a la realidad social y política del bloque socialista. Ambos cineastas de origen checo definieron las inquietudes del último realizador local que va por el premio más apetecido de la industria.

Yo veía muy lejana la carrera a los Oscar, por la temática y por la estética, que a lo mejor no es tan norteamericana”, asegura el director sobre su corto que se acerca a la mente de un personaje inspirado en Íngrid Olderock, la torturadora de la Dina. “Tal vez este año los votantes están más abiertos a contenidos algo más experimentales”.

Esa posibilidad se fue abriendo a medida que el filme fue acumulando hitos. Primero, llegaron a un acuerdo con la reputada distribuidora francesa Miyu Distribution para que se hiciera cargo de la distribución y de las ventas de la película. Posteriormente, la cinta ganó un festival calificador para los Oscar, requisito clave para aspirar a ser seleccionada, y que durante 2021, marcando un hecho sin precedentes, también alcanzaron otras dos obras chilenas, Los huesos y El niño y la montaña. En el caso de Bestia triunfó en Chilemonos, y luego agregó reconocimientos en Tallinn (Estonia) y Interfilm Berlín (Alemania).

Entró con fuerza en EE.UU. cuando en diciembre logró situarse entre los 15 títulos que disputarían una candidatura a Mejor cortometraje animado en los Premios de la Academia, y consiguió una nominación a los Annecy, los principales galardones de la animación, un logro que no ostentan ninguna de las cuatro competidoras que enfrentará en marzo (Affairs of the art, BoxBallet, Robin Robin, The windshield wiper).

Su estreno en Norteamérica, en el contexto del Festival de Sundance en enero, fue un objetivo cumplido dentro de la planificación estructurada junto a las compañías con las que están trabajando. Desde que el Oscar apareció en su ruta sumaron a Joshua Jason Public Relations, la misma firma que colaboró con Historia de un oso hace seis años y a la que llegaron por sugerencia del director Gabriel Osorio y el productor Patricio Escala.

“Ir a Los Angeles y participar de todos estos eventos previos a la premiación nos va a permitir hacer lobby, y también nos van a preguntar cuáles son nuestros próximos proyectos. Los norteamericanos, que tienden a mirar las cosas muy en grande, lo que quieren es saber cuál es el largometraje del estudio que hizo Bestia. Yo tengo dos ideas y la más inmediata es un corto. Habrá que responder a lo que el mercado estadounidense busca, pero obviamente si no me siento cómodo soy libre de decir que no”, afirma el cineasta.

Hugo Covarrubias

Es una posibilidad que en su salto a Estados Unidos selle nuevas alianzas. Podría seguir los pasos de Cristóbal León y Joaquín Cociña, quienes desde el debut norteamericano de La casa lobo cuentan con un representante y un mánager en ese país, y llegaron a trabajar con el cineasta Ari Aster (Midsommar) en Los huesos. “Estamos atentos a las posibilidades que se abran, siempre y cuando mantengamos el control creativo”, dice el primero.

“Se abren muchos caminos. Quizás no son tantas puertas, quizás son más ventanas”, propone Patricio Escala, quien habla a partir de su experiencia con Historia de un oso. “Uno pasa a estar dentro de un sistema donde ellos te tienen en consideración, pero lo relevante al final del día es que uno tiene que definir si quiere contar las historias de otros o sus propias historias. Con eso hemos chocado un poco. En vez de dedicarle dos o tres años al largometraje de un estudio, preferimos tratar de dedicarle cinco o seis años a un largometraje nuestro, con las dificultades que eso incluye”. En ese sentido, lo más inminente es su película basada en el cortometraje con el que ganaron el Oscar, que empezarán a animar este año.

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“Estamos sosteniendo los reconocimientos porque el trabajo que se está haciendo es sólido. Los autores y los equipos de animación están comprometidos no solamente en contar una buena historia, sino que también en que esta sea contada con un nivel técnico que le permita ser exhibida en cualquier lugar del mundo”, opina Escala.

Seis años atrás, el hito que lograron en los Premios de la Academia puso en relieve a una escena que llevaba más de una década desarrollándose con rigor y un imaginario potente. La nueva candidatura ilumina un panorama más diverso y amplio, en que han triunfado títulos como ¡Golpea duro, Hara! (la primera serie animada chilena en HBO Max) y Petit (dos veces nominada a los Emmy Kids). Escala observa ese escenario de primera mano como realizador y cabeza de Punkrobot Studio, pero también como docente de la carrera de Animación Digital en la Universidad de las Américas, parte de la decena de instituciones que hoy imparten la carrera en el país.

“Veo todos los días a estudiantes talentosos que entran a Animación, a veces ni siquiera con la motivación de contar una historia, sino que con objetivos más específicos”, indica el productor, quien también ha advertido el incremento de jóvenes haciendo sus maletas y buscando oportunidades en el extranjero.

“Uno desearía que ojalá estuvieran trabajando en los proyectos que estamos haciendo acá, pero mientras no logremos que los proyectos tengan el presupuesto necesario para contar con gente con ese nivel de especialización, es necesario que vayan afuera”, agrega Escala.

Historia de un oso

Aunque ni el Ministerio de las Culturas ni los representantes del sector cuentan con cifras actualizadas, existen conversaciones para desarrollar un rastreo en torno al ámbito. “Es urgente contar con un estudio de nuestra industria, que permita no sólo caracterizar su potencialidad creativa y productiva, sino también identificar los desafíos institucionales que están por delante para su fomento”, dice la presidenta de Animachi, la asociación gremial que reúne a 30 productoras y 20 productores independientes.

Tras Historia de un oso, se instaló la promesa de que vendrían los largometrajes que seguirían los pasos de títulos como Ogú y Mampato en Rapa Nui (2002) y Papelucho y el marciano (2007). Y llegaron. Primero fue el turno de La casa lobo, luego de la sátira Homeless (2019), y recientemente debutó en salas Nahuel y el libro mágico, película que recupera los mitos chilotes a través de una historia sobre un niño que inicia una aventura en busca de su padre.

“Nosotros realizamos Homeless en modalidad guerrilla. Con lo que nos otorgó el Fondo Audiovisual y el Programa Ibermedia, pudimos hacerla con $ 180 millones. Un acto heroico porque cualquier película, hasta la más barata, está por sobre el US$ 1 millón, y una latinoamericana está en el rango de los US$ 4 a 8 millones”, detalla José Ignacio Navarro, fundador de la productora Lunes y director de Homeless, que extraña los aportes de privados, hoy inexistentes en el plano local. “El sistema de fondos no creo que sea el camino para convertir esto en una industria”, añade.

Uno de los largometrajes que vienen en camino es Winnipeg, el barco de la esperanza, coproducción española y chilena. Pájaro, compañía responsable de series como Hostal Morrison y Petit, está cargo de la preproducción y del arte de la cinta, luego de que la realizadora chilena Marianne Mayer-Beckh les acercara el proyecto. “Hubo un momento en que el apoyo a las series era muy fuerte, gracias al CNTV y a las asociaciones que se lograron afuera, pero ahora se volvió complejo. Para mí, ahora las películas tienen más posibilidades. No es que tenga que cambiar, se tienen que fortalecer ambas”, expresa Bernardita Ojeda, fundadora de la firma.

Nahuel y el libro mágico

Erwin Gómez, director de Chilemonos, advierte que, tras una nueva candidatura a los Premios de la Academia, “la animación chilena necesita un impulso de verdad, porque esta es la oportunidad de que adquiera un liderazgo latinoamericano. Están los talentos, las escuelas y todas las generaciones ávidas. Con el primer Oscar la gente descubrió que hacíamos animación en Chile. Lo de Bestia no es una segunda casualidad, es el reflejo de un sector que, pese a todas las dificultades, sigue creciendo y que añora un espaldarazo que haga la diferencia para dar el siguiente paso”.

“Tener dos cortos nominados a los Oscar en seis años es extrañísimo. Está bien, cada cierta cantidad de años hay cortos franceses, pero la industria francesa de la animación es enorme”, agrega Álvaro Ceppi. “Lo de Chile habla de algo mayor que tal vez nosotros no sabemos cómo evaluar ahora, pero que ojalá posibilite sofisticar las políticas sectoriales. Si no existe una política más robusta no solo para la animación, sino que para todo el audiovisual, vamos a tener hitos pero no vamos a tener una industria”.

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