Fuego, abusos y furia: Woodstock 99 o el mayor fiasco de la historia de la música

Prometía revivir la épica del evento original, el de los hippies y las flores, pero acabó en un desastre. A pesar del prometedor cartel, a la edición de los 30 años de Woodstock le sobraron problemas; fallas graves de organización, falta de agua, acusaciones de violación y público quemando baños químicos, resumen un evento que hoy vuelve a ser revisitado en un documental disponible en Netflix.



Tres días de amor y música, en homenaje al histórico festival de los sesentas, era la premisa de Woodstock 99. Pero acabó como uno de los chascos más bullados de la historia de los conciertos. Un evento que fue sobrepasado desde la seguridad, hasta la experiencia para los asistentes, quienes estuvieron lejos vivir siquiera algo similar a lo que experimentaron sus padres, en el filo de una década convulsa. Hoy, un documental disponible en Netflix, Fiasco total Woodstock 99, revive ese recuerdo.

La idea vino de Michael Lang, quien fue uno de los impulsores del mítico evento de los sesentas. Teniendo a la vista los 30 años del hito, decidió que se imponía una nueva celebración. Para ello, se alió con John Scher, un productor de conciertos con que esperaba repetir el éxito del original; y no se anduvieron con chicas. Esperaban poner a la venta 300.000 tickets y convocar un cartel de peso.

El line up contaba entre sus cabezas de cartel a consagrados como Metallica, Aerosmith y Megadeth. También ofrecía la chance de ver a otros artistas activos en la década como Alanis Morrissette, Dave Matthews Band, Jamiroquai, Sheryl Crow, entre otros.

Si en los sesentas el rock marcó presencia con Ten years after, The Who, Creedence Clearwater Revival y Jimi Hendríx, a fines de los noventas era el turno del NuMetal. Las dos bandas más populares del género, Limp Bizkit y Korn, estuvieron allí como un guiño a lo que pasaba en esos días a nivel de consumo de canales de música e internet.

La organización tomó nota de los problemas de seguridad de la edición de 1994, en que los asistentes pudieron ingresar alcohol y otras sustancias sin problemas debido a que el número de guardias no dio abasto y la única barrera física era una alambrada. Sin embargo, las dificultades se hicieron notar desde la primera jornada. Problemas de logística en la provisión de agua y en los servicios básicos fueron el caldo de cultivo para el estallido de mal comportamiento de una parte del público.

Dos escenarios principales y uno dedicado a los artistas emergentes recibieron a la multitud que repletó la antigua base Griffiss de la Fuerza Aérea en Roma, Nueva York, entre el 23 y el 25 de julio. Un lugar amplio, pero que parecía más una reliquia de la guerra fría, que un sitio acondicionado para recibir a miles de personas. Aunque la publicidad del evento hizo referencia al espíritu de la era hippie, pronto la juventud noventera demostró que, ante todo, eran consumidores exigentes.

La mayor campaña de reciclaje de la historia

Woodstock 99′ se realizó en julio, durante el verano del hemisferio norte. Las temperaturas en los tres días de conciertos alcanzaron los 37ºC, por ello la gran cantidad de personas reunidas en la Base Aérea de Griffiss, debieron soportar el asfalto ardiente, la deshidratación y el denso aire seco. Además el lugar ofrecía escasa vegetación. Solo unos hangares abandonados proporcionaban sombra a unos sedientos y sudados adolescentes. Para colmo de males, los dos escenarios principales estaban muy alejados entre sí, lo que forzaba al público a realizar lastimosas caminatas bajo el abrasador sol estival.

Pronto quedó claro que la provisión de agua era insuficiente. Según información publicada por The Baltimore Sun, durante los días del festival, alrededor de 700 personas fueron tratadas en la enfermería por agotamiento por calor y deshidratación. Las crónicas de la época señalan que la organización advirtió a los asistentes de que llevaran su propio suministro. Pero lo que el respetable no esperaba, era que para comprar agua debían cancelar cuatro dólares la botella, un precio considerado excesivo. Un trozo de pizza, por ejemplo, costaba US$12. Es cierto que había una fuente para abastecerse sin costo, pero las filas, señalan las crónicas, eran tan largas como las que se ven hoy en el metro para entrar al andén en horario punta. Pronto la frustración se apoderó del público y los músicos fueron sus blancos.

Con su show programado a las 13.00 horas del sábado 24, mientras el sol quemaba las espaldas de la audiencia, Kid Rock tomó nota de la situación. Hacia el final de su concierto dijo que quería ver “cada cosa volar por el maldito aire”. En segundos, miles de botellas fueron arrojadas con furia hacia el escenario. Rock recibió la andanada entre extasiado y sorprendido. La gente no se detuvo. Ni siquiera con la salida del “Cowboy” de escena.

Otros tuvieron menos fortuna. Durante la presentación de The Offspring, el viernes 23, el público comenzó a lanzarse las botellas entre sí. Y pronto llegaron hacia el escenario. Una de ellas impactó de lleno en el rostro del vocalista Dexter Holland, mientras cantaba la canción Have you ever. El impacto le movió los lentes de sol, pero siguió cantando como si nada. Al acabar el tema habló con la audiencia. Con una sonrisa, mientras esquivaba otros proyectiles, el vocalista se tomó la situación con humor y pidió que todos pasaran un buen rato. De todas formas, al final Holland perdió sus anteojos. Cuando bajó a cantar Cool to hate, cerca del público, alguien se los quitó.

Los problemas no acabaron allí. Las notas de prensa de la época señalan que hubo largas colas para acceder a los cajeros automáticos, los que finalmente fueron saqueados. Los baños colapsaron por la afluencia de gente, lo que causó que los inodoros se desbordaran. Se registraron robos a los camiones de abastecimientos, autos que fueron tomados y volcados y una de las torres de sonido, colapsó debido a la cantidad de gente que se subió a ellas. Una cosa estaba clara en Woodstock 99′; no había ni paz ni amor.

La pesadilla desnuda

Los reportes de la época señalan que desde el primer día de concierto, grupos de hombres empujaban a las chicas hacia la zona donde hacían mosh -empujarse unos a otros de manera agresiva- y procedían a quitarles la ropa. Incluso, se reportó un caso de violación durante el show de Limp Bizkit.

Según detalló el Washington Post en una nota publicada el jueves 29 de julio de 1999, “una mujer de 24 años de Pittsburgh dijo a la policía que dos hombres la atacaron con los dedos y ‘algún tipo de objeto extraño’ antes de que uno de ellos la violara. ‘Debido a la congestión de la multitud’, leyó el informe de la investigación policial, ‘sintió que si gritaba pidiendo ayuda o peleaba, temía ser golpeada’”.

Otros, directamente tocaban sin permiso los senos de las chicas que hacían topless. La transmisión televisiva se regodeó tomando imágenes de mujeres sin sostén a cada instante. Muchas lo hicieron tras ceder a la presión. “Dos chicas bajas, con mochilas, están rodeadas por una multitud de unos sesenta hombres”, detalla el periodista de Rolling Stone, Rob Sheffield en su notable crónica del evento. “A medida que el canto ‘levántalos’ se hace más fuerte, las chicas se quitan la parte superior del sujetador, las cámaras se iluminan y los chicos del remolque descubren otro objetivo”.

Sheffield detalló más episodios. “Han tomado a otra chica, que sacude la cabeza. Los chicos la abuchean. ‘Oh, vamos’, grita uno. ‘Estos son tus quince minutos, niña’. Esto es un asalto sexual, y se trata de poder, no de placer. A pesar de que la siguiente chica se abre de buen grado su bikini, se lo vuelve a colocar antes de que todos hayan tenido la oportunidad de fotografiarla, lo que en verdad enfurece a los chicos. La empujan sobre los hombros de un chico que dobla su tamaño. Unas pocas manos se levantan y se quitan la parte superior, mientras que otras manos alcanzan sus pantalones cortos. El chico grande la baja para que todos puedan tocarla. La Patrulla de Paz finalmente llega a la escena. Están aquí solo para sacar a los matones del remolque, alguien podría salir lastimado, pero la multitud se aquieta”.

Sin embargo, ante los primeros reportes, la organización quiso poner paños fríos. “Hubo muchísimas cosas buenas que sucedieron este fin de semana”, dijo el promotor John Scher, cuando fue consultado por el Washigton Post. “¿Qué hay de los 199,000 chicos que vinieron y tuvieron un gran fin de semana? Todos los están ignorando”. No obstante, manifestó su total disposición a cooperar con la policía, si esta se lo pedía. “Haremos todo lo posible por cooperar, y nos estamos preparando para entregar los videos a la policía (...) si alguien fue agredido sexualmente de alguna manera, la persona que cometió el asalto debe ser procesada en la mayor medida posible de la ley”

Tras el festival, la policía del estado de Nueva York hizo un balance: se detuvo a 44 personas, se reportaron cuatro violaciones y, en total, 1.200 individuos fueron atendidos cada día en la enfermería que se dispuso en el lugar. El recinto médico más cercano, el Rome Memorial Hospital, aseguró al Post que atendió a 123 personas que venían desde Woodstock. Pero la polémica continuaría. Esta vez por la web.

Días después, el sitio web oficial de Woodstock 99′ publicó una galería de fotografías de las jornadas. Pronto quedó en evidencia que muchas de las imágenes eran de algunas asistentes parcial o totalmente desnudas, lo que resultó ofensivo para aquellas que sufrieron acoso, violación o un mal rato a causa de los grupos de hombres que les obligaban a quitarse la parte superior de su ropa. Más, al ser publicadas sin consentimiento. “Me parece algo repugnante, especialmente a la luz de estos informes [sobre delitos sexuales]”, dijo a MTV John Scher, uno de los promotores del evento.

La reacción de algunos representantes de organizaciones que trabajan con víctimas de abuso sexual no se hizo esperar. “Eso no es muy bueno, especialmente para las víctimas”, dijo a la mencionada cadena televisiva, Rosemary Vennaro, supervisora de la YWCA que estuvo en el sitio dando apoyo a personas que sufrieron ataques. “[¿Qué pasaría] si hay víctimas por ahí viendo eso y sintiendo que se las culpa por lo que les sucedió?”.

El grito de gloria del Nu Metal

Si la edición 1994 reunió a exponentes del rock alternativo como Nine Inch Nails, Collective Soul, Candlebox, entre otros, el line up de Woodstock 99′ destacó por juntar a representantes de una corriente que desde mediados de la década ganaba atención en los medios: el Nu Metal.

Este género tomó la posta que dejó el declive del grunge tras la muerte de Kurt Cobain, en 1994. Ese año, precisamente, Korn editó su primer disco homónimo, el que marcó la senda de lanzamientos posteriores que consolidaron al género, como los debuts de Limp Bizkit, Deftones, Coal Chamber y Slipknot. En varios de estos títulos se repitió un nombre clave: el productor musical Ross Robinson, a quien se le apodó el “padrino” del nuevo sonido. Es decir, estaban todos los elementos necesarios para afirmar una tendencia: novedad, una identidad estilística, y el mentor. Las zapatillas Adidas Superstar, los pantalones a la cadera y los jockeys -como el de Fred Durst, de Limp- hicieron el resto.

Limp Bizkit Woodstock 99

“El Rapmetal se glorificó en su nueva influencia como el sonido de la mayoría de los jóvenes estadounidenses”, asegura Sheffield en su crónica. Por ello prestó atención a la actuación de Korn, ocurrida el viernes 23, de la que resaltó su potencia. “El pozo estalla cuando los hombres de seguridad de la Patrulla de Paz llevan a un niño tras otro a la tienda de emergencia. El equipo médico sigue abriendo nuevos paquetes de camillas desechables de cartón. Los Korn no son saludables para los niños y otros seres vivos. No es de extrañar que a los niños les guste: La brutalidad es el espectáculo”.

Los californianos estaban en la cresta de la ola. El éxito en las ventas de sus discos Life Is Peachy y Follow the Leader, les posicionó como uno de los puntales del nuevo sonido que mezclaba rock pesado con rap, funk y otros géneros. Además, fueron de los primeros en usar internet para comunicarse con su fanaticada. De paso, les permitía fidelizarlos. Un modelo que con los años sería replicado por casi todos los músicos.

Una bandera en llamas

Si en 1969, Jimi Hendrix se permitió hacer una eléctrica versión del himno de EE.UU, que pasó a la historia, treinta años más tarde su sombra estuvo muy lejos de aparecer en Woodstock. De todas formas un símbolo patrio del país del norte tuvo su momento en el festival, aunque no precisamente para honrarlo.

Ocurrió durante la actuación de Rage Against the Machine. En rigor, el ambiente ya estaba caldeado. La presentación de Limp Bizkit, ocurrida justo antes, dejó pedazos de madera arrancados de las cercas aledañas (sobre los cuales la gente “surfeó”), una denuncia de violación y la advertencia de la organización al público de que se respetaran unos a otros, a riesgo de cancelar los números estelares de la noche. La cosa se calmó un poco, y el cuarteto de Zack de la Rocha, Brad Wilk, Tim Commerford y Tom Morello, salió a escena.

“Me quito el sombrero por Rage, porque podrían haber incitado un motín si hubieran querido. Creo que sabían el peso de la situación y lo manejaron perfectamente”, recuerda el periodista Jeff Cornell, en un vivencial escrito para Variety. Entonces él cubrió el evento por MTV Radio Network cuando era un joven periodista en sus primeros días de carrera.

Con un set cargado a las canciones de su álbum debut, el grupo hizo una presentación en que lució su propuesta de rap metal. Tom Morello demostró que era un guitar hero de otra madera al hacer gala de su habilidad para emular un scratch en la guitarra. Con temas como Bulls on parade, Know Your Enemy, y otros tantos, el grupo encendió la jornada. Y sobre el final, lo hicieron literal. Mientras tocaban Killing in the name, Commerford prendió fuego a una bandera de Estados Unidos que cubría su equipo. El público respondió con una ovación. Según la revista Rolling Stone, quienes se enteraron por la televisión los odiaron.

Fuego en la pradera

Como si los problemas no bastaran, hacia el final del último show del festival, el de Red Hot Chili Peppers -que presentó a Flea totalmente desnudo-, parte del público dio rienda suelta a su ánimo destructor cuando prendieron hogueras mientras sonaba Fire, un cover de Jimi Hendrix, el héroe del Woodstock original. Todo empezó cuando se repartieron velas a los asistentes para que las encendieran cuando el cuarteto tocara Under the bridge. Por supuesto, como había pasado en esos días, todo salió mal.

“Las personas formaron elaboradas formaciones artísticas en el suelo, otras delinearon su territorio y, finalmente, algunas comenzaron a usarlas para iniciar pequeños incendios. Cuando Woodstock 99 se acercó a su fin, unos diez incendios por el paisaje y una de las torres de producción se incendiaron”, relata Jeff Cornell.

Desde su tribuna, Jane Ganahi fue mucho más drástica en su descripción. “Red Hot Chili Peppers podría argumentar que la situación ya estaba fuera de control cuando tocaron el último set del domingo, del fin de semana de tres días en el estado de Nueva York. De hecho, los vándalos ya habían provocado incendios en toda la base aérea que era el sitio de Woodstock ‘99. ¿Pero qué hicieron estos idiotas? Tocar una versión del clásico de Jimi Hendrix , Fire que inflamó aún más a la multitud”.

Mientras la organización procedió a evacuar a la prensa y al público, la policía y los bomberos llegaron a controlar lo que para esos momentos ya se había transformado en una batalla campal. Descontrolados, furiosos y alcoholizados, muchos atacaron las tiendas de recuerdos, dieron vuelta automóviles y quemaron lo que encontraron a su paso.

“También hay hogueras en la hierba, aproximadamente a media milla del escenario. El dulce olor de la madera quemada llena el aire, pero no es un agradable paseo hasta la salida”, escribió Sheffield. De alguna manera, con las llamas se consumió el último vínculo de un evento que de homenaje solo tuvo el nombre -de hecho solo tuvo dos músicos del concierto original-, y que zozobró debido a la mala organización y la incapacidad para responder a las exigencias del público.

“No debería sorprender que el estado de Woodstock 50 esté en ruinas, especialmente mirando hacia atrás a lo que sucedió en 1999″, reflexiona Cornell. “Aquellos que presenciaron la degradación y destrucción no tienen interés en otro Woodstock. Lo más probable es que prefieran olvidarlo”. Por algo, al referirse al festival en su crónica, el San Francisco Chronicle tituló: “El día en que murió la música”.

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