Fracaso, lágrimas y la magia del cine: la génesis de Cinema Paradiso

Decepcionado por la negativa de los productores a financiar sus ideas, a fines de los 80 un joven y desconocido director de Sicilia se lanzó a escribir una historia sobre cómo eran los cines de antaño. No calculaba el enorme impacto de su película, que primero se estrelló en taquilla en su país y luego terminó ganando el Oscar. A más de tres décadas de su debut, el mismo realizador, Giuseppe Tornatore, prepara una adaptación en formato miniserie de seis capítulos.



La primera película que vio en el cine fue Jasón y los argonautas (1963), el clásico de fantasía de Don Chaffey. Apenas había empezado a ir al colegio, cuando el italiano Giuseppe Tornatore (1956) tuvo esa experiencia en la sala más cercana a su casa, en el pueblo siciliano de Bagheria. Hijo de al medio de una familia de tres hermanos, tardó hasta los 15 o 16 años en darse cuenta de que quería dedicarse a hacer películas, ese arte que lo había seducido desde que era un infante.

Tras completar una breve carrera como fotógrafo y director de documentales para televisión, lanzó su ópera prima de ficción en 1986, el drama carcelario Il camorrista, protagonizado por el estadounidense Ben Gazzara). Pero luego se encontró con un freno inesperado, superior a cualquier ímpetu creativo.

“Los productores decían: ‘La gente ya no va al cine, así que ya no ganamos mucho dinero’. En general no querían hacer películas”, afirmó el realizador a Los Angeles Times en 1991. A fines de los 80 las figuras sin un gran nombre como Tornatore se encontraban con una industria alicaída, por diversos factores (la penetración de Hollywood, la masificación de los formatos caseros), donde insistir en una carrera como director era un salto al vacío.

En vez de abatirlo, la negativa le dio nuevos bríos. Se le ocurrió escribir la historia de cómo eran las salas de cine años atrás y se inspiró en lo que conocía mejor: las pantallas que conoció en su natal Bagheria, lugares teñidos de olores, emociones y recuerdos. Partió por tomarse algunas licencias: si en su pueblo de origen había siete complejos, en el guión que creó sólo había uno y tenía nombre grandilocuente, Cinema Paradiso.

Toto y Alfredo

Cumplía con la edad del protagonista. También con el aspecto que buscaba el director. Pero fue una salida de libreto la que ayudó a que fuera el elegido.

Para mí, el cine es como una enorme televisión”, dijo Salvatore Cascio, el niño actor que terminaría encarnando a la versión más joven de Salvatore en Cinema Paradiso, la película que Tornatore ambientó en un pueblo siciliano de la posguerra.

Sus ojos grandes y oscuros y su aspecto travieso quedaron inmortalizados mientras está sentado en la butaca de cine o cuando se queda dormido mientras cumple labores de monaguillo en una misa.

La versión adulta del protagonista, un director de cine de Roma que no vuelve hace años a su cuna, fue encarnada por el francés Jacques Perrin, mientras que el personaje en su etapa de juventud fue asumido por el italiano Marco Leonardi.

Pero fue Cascio el mayor acierto de casting. Para el actor, actualmente de 42 años, ese papel lo llevó a trabajar con Marcello Mastroianni en la siguiente cinta de Tornatore (Stanno tutti bene, 1990), aunque nunca se consolidaría como intérprete.

“Cuando eres niño, actúas de una manera muy natural y espontánea, sólo estás jugando. Pero a medida que envejeces, actuar empieza a parecerse a algo que necesitas estudiar; se vuelve como un trabajo. Realmente nunca quise ser actor. Estoy muy feliz de que Cinema Paradiso sea mi tarjeta de presentación”, señaló a The Guardian en 2013.

Su contraparte en la película es Alfredo, el proyeccionista del cine local. El director fichó a Philippe Noiret, un clásico de la industria francesa que se movió con comodidad fuera y dentro de su país, llegando a trabajar con Agnès Varda, Alfred Hitchcock, Claude Chabrol y Ettore Scola. El actor, quien después sería Pablo Neruda en Il postino (El cartero, 1994, le aportó vigor a su rol, consolidando el eje central de la película, una enternecedora carta de amor a las películas y a la experiencia comunitaria de ir al cine.

Pero, por algún motivo, Cinema Paradiso no fue un éxito en su estreno en Italia, en noviembre de 1988. Todo lo contrario: se estrelló en taquilla. El público local no pareció conectar con la sensibilidad de su autor, ni con el trasfondo que intentaba desplegar.

Tras dedicar su creatividad y parte de su propia biografía al servicio de la película, Giuseppe Tornatore pensó seriamente en abandonar su carrera. “Sentí que me había equivocado en todo, que había sido un gran error. Personas que conozco me decían: ‘Cambia de trabajo. Está bien si escribes películas, pero no las filmes’”, reconoció el cineasta.

Pero meses después apareció el Festival de Cannes e inicio su redención. En mayo de 1989, mientras Steven Soderbergh obtenía la Palma de Oro con Sexo, mentiras y video, Tornatore obtuvo el Gran Premio del Jurado.

En las exhibiciones capturó la atención de compradores interesados en lanzarla internacionalmente. En especial, la de Harvey Weinstein, quien lideraba Miramax junto a su hermano Bob. El productor –hoy condenado por delitos de abuso sexual– lloró con la historia de Toto y Alfredo y ejecutó una oferta para estrenarla en Estados Unidos.

Tenía una estrategia para conquistar premios y públicos que contemplaba recortar el montaje original: de los 155 minutos terminó bajando a 124 minutos, cerrando en esa extensión la versión que la mayor parte del mundo conocería. No por nada la industria lo conocería como Harvey Scissorhands (Harvey manos de tijera).

Bernardo Bertolucci alguna vez lo tildó como “el Saddam Hussein del cine”, pero el director de Cinema Paradiso estaba satisfecho con su colaboración. “Ya sea como productor o distribuidor, es lo mismo porque cuando él decide amar una película, ¡esa es suya! Es una buena relación. Hay un gran respeto por los demás”, explicó a la BBC en 2001.

Bajo la batuta de Weinstein, el filme escaló en Norteamérica y terminó llevándose al Oscar a Mejor película de habla no inglesa. El inesperado arco que trazó Tornatore, de Sicilia a Hollywood, tuvo un final feliz. El reciente anuncio de una serie de televisión de seis episodios -con su propia dirección- reabre esa historia, la de un novato que recurrió a lo más personal para contar un cuento universal, aunque ni el peor de los finales podría cambiar el dulce sabor que dejó su obra en millones de espectadores.

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