Culto

El pirata tuerto: un relato de Jaime Bayly

A pesar de que nadie me espera en Buenos Aires, me dirijo ahora mismo a esa ciudad, en un vuelo nocturno, como si el éxito de su feria del libro dependiese de mi presencia, como si millares de lectores aguardasen, impacientes, mi llegada, como si la charla que ofreceré un sábado por la tarde, improvisando, fatigando la memoria, habrá de cambiar la vida de los argentinos.

A pesar de que nadie me espera en Buenos Aires, me dirijo ahora mismo a esa ciudad, en un vuelo nocturno, como si el éxito de su feria del libro dependiese de mi presencia, como si millares de lectores aguardasen, impacientes, mi llegada, como si la charla que ofreceré un sábado por la tarde, improvisando, fatigando la memoria, habrá de cambiar la vida de los argentinos. Lo que me lleva entonces a Buenos Aires es un profundo, curioso malentendido: la certeza de que mis libros son importantes y yo mismo soy importante.

Ese equívoco hilarante, conveniente a la vanidad, acaso bueno para la salud, me excita también cuando hago todas las noches un programa de televisión en la ciudad donde nunca es invierno, la ciudad del eterno verano, Miami, donde elegí fijar mi residencia hace más de tres décadas. Cuando miro con fulgor a las cámaras y hablo como si poseyera la verdad, imagino que millones de personas están viéndome en ese país, en muchos otros países, en vivo y en directo, millones de personas que esperan a que den las nueve de la noche para sintonizar el canal que me da cobijo y prestar atención a mis opiniones de veterano charlatán y pontífice aficionado. Al hablar, al levantar la voz, al lanzar diatribas e invectivas contra mis enemigos, al gobernar el mundo con mano de hierro, imagino que son incontables quienes se estremecen con mi palabra y caen entonces embrujados gracias a mis dotes de seductor. Sin embargo, aquella audiencia masiva es solo un espejismo, una ilusión. Nadie, o casi nadie, está viéndome. Nadie, o casi nadie, sintoniza ese canal. Solo las personas que han entrado en la senectud, como yo, vemos todavía la televisión abierta en su formato antiguo, convencional. Esto lo sé, porque leo las planillas de audiencia y veo los números magros, pero no me resigno a creerlo. Porque cuando hago el programa, necesito creer que el mundo está paralizado, temblando de emoción, atento a mi palabra inflamada, justiciera.

Soy entonces el escritor que acude a todas las ferias a las que no ha sido convocado, que se invita a sí mismo a las fiestas culturales de ciudades, pueblos y aldeas, que paga sin quejarse por sus paseos literarios. Podría decir que no consiento que mis viajes se financien con dineros públicos y que, por tanto, si me invita un gobierno, un ministerio de cultura, una embajada, un consulado, o un agregado cultural, que siempre tiene más de agregado que de cultural, declinaría por razones de integridad moral y de pureza intelectual. Ningún contribuyente paga sus impuestos para que, con ese dinero, fruto de sus esfuerzos, algún burócrata dispendioso, manirroto, sufrague mis viajes a festivales de libros, porque esos viajes son irrelevantes, prescindibles, y porque los dineros públicos merecen ser usados para mejorar la vida de la gente, y mis libros ciertamente no la mejoran, y acaso hasta la empeoran. Dicho eso, nunca me he visto en la obligación de declinar una invitación oficial, pagada con recursos de los contribuyentes, porque, basta de hipocresías, no me ha invitado gobierno alguno.

Pero, si nadie me invita, si nadie me ofrece honorarios por discursear, si nadie se moja con mis boletos aéreos y mis hoteles, ¿debo dejar de ir a todas las ferias del libro, donde, me imagino, me esperan miles de almas sedientas por verme, ansiosas por leerme? Pues no: debo ir, por supuesto que debo ir, pero pagándome yo mismo los viajes, como acostumbro a financiarlos con el mayor gusto, porque, al final del día, quien de veras los solventa, resignada, es mi señora madre, que no lee mis libros, lo que conviene a su salud. ¿Por qué me alejo de mi esposa y de nuestra hija adolescente cada dos o tres semanas para exhibirme en una feria del libro más, por qué me afano por hablar de mi más reciente novela y de todas las anteriores como si fuesen hitos literarios, por qué me agito por saltar de hotel en hotel, de avión en avión, por qué carajos me obligo a firmar los libros legítimos y también los falsificados, por qué atiendo con paciencia de beato a tantos lectores apretujados en filas largas y sinuosas, firmándoles dedicatorias, haciéndome fotos con ellos, grabando vídeos para sus familiares, durante dos, tres y hasta cuatro horas? ¿Por qué me esfuerzo tanto por parecer un escritor exitoso, cuando no lo soy? ¿Por qué gasto fortunas en posar como un escritor de fama internacional, cuando a duras penas me leen unos pocos locos sin remedio, unos dementes sin cura?

La respuesta es bien simple: porque yo también soy un loco sin remedio, un demente sin cura. Mis libros, todos mis libros, son formas de locura, demencia pura, desvaríos, extravíos, exabruptos impíos. Mis novelas, todas mis novelas, son venenos, malas leches, escorpiones y alacranes, cicutas que habrás de beber. Mi determinación suicida de ser un escritor hasta el final de los tiempos es una tentativa desesperada por escapar de lo que soy, de lo que siempre fui: el niño asustado al que su padre insultaba y pegaba, el púber aterrado que no sabía follar con prostitutas, el adolescente erizado por cuerpos prohibidos, el señorito y la señorona, el maníaco y el depresivo, el que sueña con ser presidente y el que prefiere estar ausente, el pirata tuerto que ve bien con los dos ojos, pero lleva uno cubierto por un parche para ver mejor en la oscuridad.

Por eso viajo ahora mismo a Buenos Aires, a pesar de que nadie me ha invitado, y nadie me espera, salvo, si acaso, un puñado de lunáticos, idos y alucinados que me acompañarán en la feria del libro. Viajo para sentir que estoy vivo, que el escritor está vivo, que mis libros están vivos todavía. Viajo para convencerme de que mis libros no son completamente irrelevantes, de que los libros no son del todo prescindibles, de que un buen libro puede cambiarte la vida, mejorarte la vida, guiarte a una vida mejor, enseñarte una vida que no conocías ni habías imaginado. Viajo porque me entrego en cuerpo y alma a esa pasión, esa vocación, esa fantástica turbación: la certidumbre, que es también el caos, de que mi vida solo tiene sentido cuando escribo y que acaso he podido sobrevivir a las pérfidas emboscadas que me ha tendido el destino, gracias a que no me he rendido en la cruzada contra viento y marea por ser un escribidor

No me quedan ya muchas novelas por escribir porque no me va quedando mucha vida por vivir. Tengo sesenta y tantos años. Parezco mayor. Moriré a los setenta. Elijo vivir como si fuese a morir a los setenta. Tengo tres novelas bailándome en la cabeza, hablándome todo el tiempo, agitando las fiebres de la imaginación. Trataré de terminarlas y publicarlas, dos de ellas ya están comenzadas. Entretanto, seguiré viajando a ferias del libro, reuniéndome con menos lectores de los que, envanecido, había imaginado, arrojándome a sus brazos como si fueran mis jefes o mis amantes, firmándoles libros como si esas rúbricas los mejorasen de algún modo. No llevo la cuenta minuciosa de lo que gasto en aquellas travesías porque, como dije, al final es mi madre, una santa, quien paga, rendida de amor, esos viajes, esas conquistas. Cada feria del libro en la que me descuelgo cual paracaidista es entonces un extraño ejercicio para vivir mejor y morir más pronto. Acaso sea mi destino morir en un avión, un aeropuerto, una cama de hotel, entre feria y feria, embestido por el toro recio del infortunio.

Podría estar en mi casa, en mi cama, durmiendo, tan tranquilo. Podría estar amando a mi mujer, que me dice no viajes tanto, te estás matando, no entiendo qué ganas firmando libros cuatro horas seguidas. Podría echarme a la sombra, bajo las palmeras de mi casa, y darme un baño en la piscina, al final de la tarde. Podría llevar una vida cómoda, aburguesada, quieta, predecible. Elijo, sin embargo, incomodarme. Elijo premunirme de mis armas mejores, que son las palabras, e irme a la guerra del fin del mundo, la espada de mi lengua desenvainada. Elijo invadir, batallar, conquistar, dejar la sangre en la arena. Es así, me parece, como debería vivir un escritor, aunque después nadie lo lea ni lo recuerde. Es así como deseo que me piensen mis mujeres y mis hijas, como un soñador que no se resignó a vivir una vida sola y se permitió la extravagancia o la desmesura de vivir muchas otras vidas de pirata tuerto, con un ojo parchado para combatir mejor en la oscuridad.

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