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Lucho Miranda a fondo: “Se piensa que la discapacidad va de pena y sufrimiento. Entonces, lo mío viene a ser innovador”

Hoy es el comediante más internacional de Chile y hace unos días repletó el teatro Gran Rex de Buenos Aires. ¿Cómo ha alcanzado el éxito un humor cruzado por su condición de discapacitado? Aquí, Miranda responde, descifra lo que le incomoda y lo que no de su fenómeno, y desliza la opción de volver al Festival de Viña.

Lucho Miranda a fondo: “Se piensa que la discapacidad va de pena y sufrimiento. Entonces, lo mío viene a ser innovador”

Antes de consagrarse como uno de los comediantes más internacionales del país, Luis Alberto Miranda Espinosa (31) creía un par de cosas. Pero -menos mal- estaba equivocado.

Por ejemplo, pensaba que el humor en Chile se reducía a lo que aparecía en el Festival de Viña: hombres adultos, casi todos de terno y corbata, disparando chistes breves bajo un diseño rígido que no incluía interacción con el público y donde por lo general se reían de otros, nunca de sí mismos.

Hasta que en el casino de Coquimbo -región donde nació- vio a Edo Caroe, Pedro Ruminot y Felipe Avello.

“Eran comediantes de otro estilo. Tenían humor negro, otra forma de contar las historias. Antes los humoristas tenían una estructura mucho más seria: terno, elegantes. Yo decía: ‘jamás voy a ser un comediante con terno, porque me imaginé lo difícil que iba a ser ponerme una camisa y abrocharme los botones’. Además, parecía que los humoristas saltaban de una al Festival de Viña, no había presentaciones previas en bares, casinos o teatros. Todo se centraba en la tele. Yo decía ‘jamás voy a llegar a eso’. Pero el Edo o Pedro fueron mostrándome otro estilo, más real, actualizaron el humor y me entusiasmaron a hacerlo”, admite en esta conversación vía Zoom con Culto.

Lucho Miranda

Cuando ya decidió dedicarse a hacer reír, Miranda también creía que en sus primeras incursiones internacionales sólo habría chilenos residentes en el extranjero, en un ejercicio habitual en que un comediante viaja para impregnar de chilenismos, garabatos y coyunturas locales a las colonias repartidas por el planeta.

“Uno ve que no hay muchos comediantes chilenos que hagan ese trabajo de salir fuera del país para actuar para gente local. Porque la mayoría actúa para la colonia de chilenos en otro país. Y yo pensaba que me iba pasar eso también. O sea, cuando fui a Argentina, yo pensaba que iba a haber sólo chilenos viviendo en Argentina. Pero llegué y pregunté… ¡y eran todos de Argentina! Había como dos chilenos. Dos huevones”, recuerda.

Esos pequeños errores de cálculo le permitieron darse cuenta que era posible otra realidad, que podía hacer comedia con otro lenguaje y mirada, atendiendo además a una condición distintiva: Lucho Miranda sufrió al nacer una parálisis cerebral derivada de una asfixia neonatal, generando un 70% de discapacidad física, lo que hizo que sus cuatro extremidades resultaran comprometidas. Aunque tuvo una extensa rehabilitación desde los 3 años en la Teletón, hoy no puede abrir las manos con normalidad y presenta dificultades para caminar.

Entonces, el desafío ya no era sólo hacer humor diferente al de los viejos titanes del Festival de Viña. O intentarlo en el extranjero persiguiendo el anhelo de que ciudadanos locales se rieran de un comediante nacido en Vicuña. Esos acertijos parecían mínimos ante una encrucijada mayor: ¿cómo además generar risas desde su condición de discapacitado?

Miranda lo usó a su favor. Convirtió sus limitaciones físicas en su mejor chiste. No ocupó su historia para victimizarse o para vociferar mensajes motivacionales o de autoayuda, sino que empezó a ironizar en torno al mundo aparte en el que le tocó vivir. Muchos en su misma situación comenzaron a llegar en masa a sus espectáculos para encontrar eso mismo: el humor negro como una bisagra para sentirse identificados y, finalmente, liberados. Al fin podían destapar ese chistecillo incorrecto y atrevido que en cualquier otro contexto causaría incomodidad. Y “Lucho” no sólo les hablaba desde su propia experiencia, sino que también invitaba a su audiencia a interactuar con él y contar el origen de sus respectivas discapacidades, despachando después videos que hoy se han vuelto virales y que acumulan millones de visitas.

El crecimiento del fenómeno lo llevó a girar por Chile, al consagratorio Festival de Viña de 2024 y a sumar cada vez más fechas en el extranjero, alcanzando latitudes tan disímiles como Argentina, Puerto Rico México o España. Quizás el punto cúlmine de ese trayecto sucedió el pasado 30 de abril, cuando se presentó ante 3 mil personas en un repleto teatro Gran Rex de Buenos Aires, uno de los recintos más emblemáticos de la ciudad. En esa visita, fue entrevistado por los medios más importantes del país, consagrando a Argentina como la otra plaza donde su estilo resuena único.

“Estar en el Gran Rex fue genial, fue mágico. La gente gritaba ‘¡Luchoooo! ¡Luchoooo!’, son como barras para cantar. Además es un escenario tan mítico, donde han pasado artistas de talla mundial. Si me lo preguntas, no sé por qué en Argentina (me ha ido tan bien), no he hecho ese estudio (se ríe). Me gusta mucho ir para allá, siempre llenamos y es impresionante el cariño que me tiene la gente”.

-En Argentina no hay Teletón, quizás para ellos representa algo novedoso.

Yo lo llevo más al humor negro. A que a la gente le gusta mucho más el humor negro. Entonces, quizás por ahí puedo enganchar. O sea, es un tipo de humor un poco más refrescante, en el sentido de que habla de mi discapacidad. Y es un contenido relativamente nuevo. Ellos disfrutan el humor negro de sobremanera.

-Pero a usted le ha ido bien en casi todo el continente. ¿Cree que se ha consolidado como un mensajero de otra forma de mirar la discapacidad?

Puede ser. Aunque como que siento que el decir ‘mensajero’ da una connotación de Juan Pablo II (se ríe). No soy así. Creo que he tenido la fortuna también de que las redes sociales ayudan a que cualquier persona pueda llegar a cualquier parte del mundo. Entonces, he podido entrar en un círculo de comediantes latinoamericanos que viajan por todos los países. En Puerto Rico por ejemplo, llené un teatro para 1800 personas. Y uno dice: ¿en qué se parece el humor chileno al puertorriqueño? ¿Cómo llegué ahí? Entonces creo que sí, el mensaje de la discapacidad es muy potente, pero también es el humor, la comedia, una forma refrescante de plantearlo.

“Llama la atención en otras partes este lado que no se muestra normalmente. Porque uno al tiro piensa que la discapacidad va de pena, sufrimiento, llanto. Y esto viene a ser como algo innovador, entre comillas”.

-¿Cómo prepara sus rutinas?

Solo. Yo solo escribo los chistes. Tengo un horario de oficina, de sentarme a escribir por dos horas. Más que escribir es como sentarme a pensar, porque a veces uno no escribe nada en esas dos horas. Y a veces sale un buen chiste, pero a veces no sale nada. Después repaso la rutina. Y bueno, la ayuda de mi pareja, que es la que fiscaliza si esos chistes son graciosos o no. Porque en la mente de uno, muchas cosas parecen muy divertidas y no lo son. Y hay otras cosas que a uno no le parecen divertidas, pero sí lo son. Entonces ahí voy compartiendo con la Fran (Toledo) a ver qué le parecen estos chistes. Y ella me va diciendo: ‘mira, cambia esto’ o ‘eso no se entiende’. O que hable más lento, porque yo hablo medio enredado. Después eso lo llevo al escenario, que es donde yo me he ido haciendo y he ido aprendiendo. Ahí se hace un comediante.

VIÑA DEL MAR : Cuarta Noche Festival de Viña 2024 FRANCISCO VICENCIO / AGENCIAUNO

-Cuando hace chistes sobre la discapacidad, ¿se autocensura mucho con algunas alusiones que pueden ser incorrectas?

Bueno, cuando interactúo con la gente me pasa mucho. Como es improvisación, ahí se me pasa un poco. Pero pido disculpas al tiro. O sea, cuando noto que la reacción no fue buena, pido disculpas. Pero trato de no censurarme. O sea, como que la censura ya es parte mía como comediante. Sé hasta qué límite puedo llegar. Qué cosas decir, qué cosas no decir. Si un chiste es bueno y es gracioso, no tiene por qué molestar a la gente. Pero si el chiste no es gracioso, es más común que la gente se moleste. Entonces, si no estoy 100% seguro de que lo que voy a decir es chistoso, no lo digo. Esa es mi única barrera.

-Estamos en un tiempo de mucha corrección política y usted ha demostrado que se puede ser incorrecto con una condición como la discapacidad.

Sí, me sorprende, porque mucha gente comenta que yo vengo a destruir la generación de cristal. Y no. No, por favor, no. No, no, no, no me inculquen eso. Yo solamente hago chistes que yo considero que son chistosos. Y no porque diga algo desubicado, va a ser chistoso. Como que eso lo pienso mucho en el humor negro que a mí me gusta hacer. Que mucha gente piensa que el humor negro es como incomodar o molestar. O como atacar. Y se defiende con eso. No, eso no es humor negro. Es un ataque. Eso no es chistoso. Lo que hago yo son chistes.

“Entonces trato de que sea divertido y que la gente se ría. Que no sea solo un ataque, que no sea atacar o insultar o algo por el estilo. Como por ejemplo que vaya un ciego y le diga a cada rato ‘buena ciego’, ‘buena ciego’. Eso no es chistoso, llega a ser molesto”.

-¿Hay algún chiste o alguna situación de su rutina de la que se haya arrepentido?

Creo que a veces no soy chistoso con ciertas interacciones, con ciertos momentos. Más que arrepentirme por lo que digo, es arrepentirme por lo que no pude decir. Antes iba gente con discapacidades muy parecidas a mí… amputaciones, cosas así… pero después empezó a ir gente con enfermedades terminales. Y ahí se me hacía muy difícil el trabajo, porque era algo que yo no logro empatizar todavía. No tenía una situación así como ellos, entonces en situaciones con enfermedades terminales yo decía ‘¿cómo hago un chiste con esto?’. Es difícil. ‘¿Cómo trato de ver el lado positivo de esto?´ Porque imagino que es algo terrible. Y ahí es la misma persona la que me ayuda que salga algo chistoso de ahí. Pero esas cosas han sido muy difíciles. Y todavía lo son, cuando hay niños por ejemplo.

El largo camino

Pese a la dificultad, es posible que más de alguna broma de Lucho Miranda le haya provocado cierta bocanada de paz a personas con enfermedades críticas. Después de todo, ese es en parte el propósito de sus shows. Pero mucho antes de que su sentido del humor estimulara la vida de otros, el comediante aprendió algo: la risa le sirvió para sobrellevar su propia existencia.

“Sí, hubo momentos en que ya me estaba tomando muy mal todo. Muy en serio. En mi época adolescente uno se encierra, se siente distinto. Se siente que esa cosa distinta que uno tiene nunca va a poder ser algo común, algo rutinario. Verse distinto en la adolescencia es muy malo. Verse distinto y no quererse distinto, a eso me refiero. Entonces, yo creo que el humor en ese sentido fue muy bueno”.

“O sea, ser distinto tiene sus cosas buenas. Y en esa etapa, entre Media y universidad, me fui queriendo, me fui aceptando. Y esa aceptación hizo que pudiera ver la vida con mucho más humor de lo que estaba tomando en ese momento. Fui haciendo chistes. En ese tiempo no veía una relación, no veía una polola. Entonces yo decía: ‘mira, atractivo no soy’. Entonces, tengo que jugarlo con la simpatía, con el humor. Fue como buscar una personalidad que en verdad fuera mucho mejor a la personalidad que estaba generando a través de mi discapacidad”.

-¿Cómo se fue aceptando y queriendo?

Fue lento, quizás más lento de lo que debía. Fue un proceso difícil, claramente. Creo que fue una etapa bien oscura, en que no veía la luz pronto. Pero afortunadamente se salió. No sé qué cosa gatilló para que cambiara mi forma de ser, pero hubo algo que lo gatilló. Y afortunadamente empezaba a ver la vida con humor, con comedia. Jamás pensé dedicarme a la comedia en ese tiempo, solamente trataba de ser el chistoso del grupito, de mi familia. Pero de eso, de ser comediante, no lo tenía pensado.

“En la Enseñanza Media fueron los primeros pasos. Hacía el loco en los actos del colegio. Como que de ahí empecé un poquito superando los miedos, el tabú. Y ya en la universidad ya estaba entregado a la huevá. Ya estaba listo. Ya estaba conciliado con el loquito y aceptaba quién era”.

Tras salir del colegio, estudió Contabilidad impulsado por sus padres, Solercio Miranda y Mirta Espinosa, y llegó incluso a trabajar en la municipalidad de Vicuña, donde tenía horarios, ingresos fijos y estabilidad. Pero no era suficiente.

“No sé si era una fomedad, pero sí era un trabajo muy asfixiante. Era algo que requería mucho tiempo. Tenía un jefe que decía que el contador era el primero en llegar y el último en irse. Llegaba a las ocho de la noche de la casa. No se me hacía muy divertido pasar una vida así. Yo siento que fui contador solamente por una impresión familiar de querer que su hijo sea alguien en la vida. Yo en ese tiempo tenía 25 años, pero todavía me sentía muy niño. Yo también le hacía mucho caso a mi mamá y mi papá, pero ya a los 25 ya dije: ‘ya ellos no van a estar, ellos no pueden hacer que mi vida sea lo que ellos quieran’. Entonces, ahí tomé la decisión que me trajo algunos problemas”.

-O sea, a su familia le costó convencerla que usted dejaría la contabilidad y se dedicaría al humor.

Por supuesto. Una vez mi mamá vio el carnet de identidad y ahí decía mi profesión. Y se puso a llorar, diciendo ‘oh, yo pensé que se te había olvidado la contabilidad, pero sé que en algún momento vas a volver a hacerlo’. Pero yo ya estaba feliz haciendo humor. Yo creo que todavía piensan que en algún momento voy a volver a ser contador. Pero eso no va a pasar.

Los nervios

Efectivamente, mientras Miranda ejercía de contador, llegó la pandemia del Covid-19. “Y ahí, en vez de hacer pan de masa madre, me puse a contar chistes y subirlos a la red”, precisa. A algunos les fue bien: tenían mil likes y el comediante inflaba el pecho sintiéndolos virales. Entonces, se atrevió a dar el salto e hizo su primer show online. “Y en ese show recibí el mismo pago que tenía en un mes de contador. Que tampoco era tanta plata, porque a mí como contador me pagaban un sueldo de practicante. Pero igual me sirvió para darme cuenta: ‘ah, esto igual es lucrativo’. Y ahí empezó a ser una forma de vida”.

Tras ello, vinieron más presentaciones virtuales y luego el giro a la vida real con espectáculos gratuitos en ferias artesanales del norte u otros en La Serena donde compartía con más comediantes. “El público no me conocía, entonces es más fácil ser chistoso cuando nadie te conoce, porque las expectativas son muy bajas. Cualquier cosa es divertida”, admite.

Luego llegó el salto mayúsculo al circuito de clubes y bares en Santiago, donde “Lucho” ya contaba con una aliada fundamental: Franshesca Toledo, su novia, oriunda de Coyhaique y a quien conoció durante la pandemia vía Instagram.

“En mis primeros shows en Santiago estaba muy nervioso. Llevaba un cuaderno gigante para acordarme de los chistes y tenía susto de que se me viera. Me tiritaba la voz, empezaba a hablar como el Pollo Fuentes. Tenía un micrófono de mano, entonces a veces lo bajaba y en otras lo subía, la gente no me escuchaba tanto lo que hablaba. Mi pareja, la Fran, me hacía señas a lo lejos para guiarme o me hacía un gesto con la mano para que hablara más lento y me calmara. Algunos shows fueron súper malos, pero igual la gente lo pasaba bien”.

No tardó mucho tiempo para que el éxito despegara a través de una seguidilla de hitos: su debut televisivo en la Teletón 2021, su paso ese mismo año por el espacio Got talent de Mega -donde llegó a la final- y finalmente el premio definitivo, su trampolín en el Festival de Viña 2024. Ahí ya se convirtió en un personaje en diversos ángulos: algunos no sólo lo veían como un comediante, sino que también como una inspiración y hasta un motor motivacional.

“Todo se complementa muy bien, pero igual me genera esa duda, porque mucha gente me dice ‘¡oh Luis, yo lloro con tus videos!’ Y para mí me genera extrañeza. Hay gente que prefiere quedarse con un mensaje y hay gente que prefiere quedarse con otro. Antes me molestaba y decía ‘¡pero yo quiero ser chistoso, yo quiero ser chistoso!’ Pero ahora creo que la gente tiene la decisión final. No soy quien para instruirle cómo tienen que ver la vida”.

Lucho Miranda

-¿Hoy es optimista para ver la vida o se vuelve un poco amargo?

A veces soy un poco amargo con las cosas. A veces salgo muy feliz de un show y a veces salgo diciendo que soy el peor comediante del mundo. Porque algo no funcionó. Un chiste. A veces un chiste no funciona y salgo diciendo ‘¡Oh, soy el peor!’ Igual he ido mejorando con los shows. Pero antes era muy pesimista, con una actitud bien enojona ante la vida. Ahora lo disfruto más.

En ese disfrute, su brújula estima en 2027 un eventual retorno al Festival de Viña.

“Mi año termina en el verano. Entonces, siento que si no voy a Viña, voy a subir a YouTube el show en el Gran Rex a fin de año. Y ahí descanso en enero y febrero. Y si voy a Viña, los chistes en el Gran Rex serían parte de esa rutina. Entonces ahí tendría que guardarla”.

“Iría a Viña solamente si me invitan. Aún no hay nada. Siento que cuando fui la primera vez no tenía nada que perder, era el desconocido. Ahora sí hay cosas que perder. Entonces, eso como que me asusta. Le he escuchado al Edo (Caroe) decir que en Chile al fome se le castiga mucho. Uno puede hacer cualquier cosa, pero fome es algo que va a quedar durante todo el año en la mente. O más”.

-¿Usted sigue actualmente en algún tratamiento de recuperación?

No, es que si me mejoro, pierdo todo lo que he conseguido. Entonces quiero quedarme así (se ríe).

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