¿Y si el problema no son las mujeres, sino la maternidad?
En Chile nacen menos niños, pero detrás de las cifras no hay falta de deseo, sino una pregunta cada vez más incómoda: ¿qué implica realmente ser madre hoy?

Llega el Día de la Madre y hay algo que empieza a volverse difícil de ignorar: cada vez hay menos mujeres a quienes celebrar. No porque las madres desaparezcan -siguen ahí, sosteniendo silenciosamente la vida cotidiana- sino porque hay más mujeres que están decidiendo no serlo. Y quizás, antes de preguntarnos qué les pasa a ellas, habría que detenerse en otra pregunta: ¿qué está pasando con la maternidad?
En Chile, los números llevan años marcando una tendencia clara. Nacen menos niños, la maternidad se posterga y la tasa de fecundidad está muy por debajo del nivel necesario para sostener la población, acercándose a niveles que antes veíamos como ajenos y hoy se han vuelto locales. Es decir, cada generación está teniendo menos hijos de los que se necesitan para reemplazarse a sí misma. Pero más interesante que las cifras es lo que aparece detrás de ellas.
Un estudio exploratorio sobre natalidad en Chile, elaborado por el Ministerio de Hacienda en 2025, recoge algo que no siempre se dice en voz alta. Las mujeres no han dejado de desear la maternidad. Muchas la imaginan, la proyectan, incluso la quieren. Pero lo que no están dispuestas a asumir es el costo que implica en las condiciones actuales: económico, laboral y también social. Ese deseo convive con una evaluación constante de lo que significa tener hijos hoy, no en abstracto, sino en la práctica.
Porque cuando hablan, no hablan de hijos como idea. Hablan de tiempo, de ingresos que no alcanzan, de trabajos que no se pueden pausar sin consecuencias, de trayectorias laborales que se frenan. Hablan también de una corresponsabilidad que muchas veces no ocurre. Que haya sido necesario legislar sobre los llamados “papitos corazón” no es un detalle menor: es la institucionalización de un problema estructural. Es reconocer, desde el propio Estado, que una parte importante de los padres no cumple con su rol económico y que, en la práctica, la carga termina recayendo en las mujeres.
Ser madre hoy no es solo tener un hijo. Es asumir una carga que, aunque se vista de modernidad, sigue siendo desigual. Es trabajar como si no se tuviera hijos y criar como si no se trabajara. Es lo que hace años se describe como doble presencia: estar simultáneamente disponibles para el mundo laboral y para el cuidado, sin que ninguno de los dos espacios ceda realmente.
Esa exigencia sostenida no es neutra: se traduce en cansancio crónico, culpa persistente y la sensación de no estar rindiendo como se espera, de estar en una falla constante. No es solo agotamiento físico, sino una forma de desgaste más difícil de nombrar. Una irritabilidad que se instala, una dificultad para disfrutar lo cotidiano y una sensación de insuficiencia que se vuelve permanente. Vivir así no solo impacta la salud mental, también erosiona la percepción de bienestar.
Y ese desgaste no aparece solo después. Muchas veces se anticipa, se imagina, se evalúa antes incluso de que ocurra.
Muchas de las mujeres que hoy dudan crecieron viendo a sus propias madres hacer exactamente eso: llegar a todo, sostener todo, postergarse sin decirlo demasiado. La maternidad no se aprendió solo como vínculo, sino también como sobrecarga. Como algo que se hace incluso cuando ya no se puede, como algo que no admite pausa.
Entonces la pregunta ya no es solo “¿quiero ser madre?”, sino “¿quiero vivir así?”.
Ahí es donde el deseo se tensa. Porque no desaparece, pero tampoco alcanza. No cuando las condiciones materiales son inestables, el costo económico es alto, el trabajo no espera y el cuidado sigue organizándose como si fuera una responsabilidad individual. No cuando la corresponsabilidad existe más en el discurso que en la práctica.
Y sin embargo, la cultura sigue operando como si nada de esto hubiera cambiado. La maternidad se celebra como ideal, como realización, como algo que debería surgir de manera casi natural. Pero ese ideal convive con una realidad menos romántica: el costo sigue siendo individual. La sociedad valora la maternidad, pero no la sostiene.
Así, decir “no quiero hijos”, muchas veces no es literal. Es una manera de decir “no quiero desaparecer en el intento”.
Quizás lo que estamos viendo no es una crisis de la maternidad, sino una transformación en la forma en que se entiende. Durante mucho tiempo se sostuvo como algo natural. Hoy empieza a quedar en evidencia que lo natural no era el deseo, sino la falta de alternativa. Ahora que elegir es posible, la maternidad deja de ser un destino y se transforma en una decisión.
Tal vez este Día de la Madre no solo habría que celebrar a las que son, sino también escuchar a las que dudan, a las que postergan y a las que deciden que no. No como una anomalía, sino como una señal de que algo no está funcionando.
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María Jesús Sandoval es psicóloga clínica y columnista de Paula.
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