Joan Turner y Víctor Jara, la historia de un amor incansable

Víctor Jara y Joan Turner.

Víctor Jara y Joan Turner.

Los años que la bailarina y el cantautor compartieron fueron los más felices de sus vidas. Juntos, escribieron una relación que desbordó los límites del amor convencional: Joan y Víctor fueron cómplices, amantes, amigos, padres y mucho más. Aquí, una pincelada de su historia en común, retratada a través de anécdotas y cartas que develan la profundidad de una conexión tan sencilla como excepcional.



El primer año de la década del sesenta fue particularmente difícil para Joan Turner, bailarina y profesora de danza de origen inglés que llegó por primera vez a Chile en 1954. Cuando arribó en nuestro país, Joan ya traía consigo un currículum artístico de excelencia que contemplaba su paso por la Escuela de Danza de Sigurd Leerder y una extensa participación en la prestigiosa compañía Ballets de Joos.

Fue allí donde conoció a su primer esposo, el destacado bailarín chileno Patricio Bunster, que sería su primera conexión con el país. Juntos, abandonaron Europa para radicarse en Santiago, donde Turner no sólo se integró al Ballet Nacional Chileno, sino que también dio curso a su carrera como docente en las escuelas de Danza y Teatro de la Universidad de Chile.

Víctor Jara, entonces estudiante de segundo año de teatro, figuraba como uno de los alumnos de la clase de expresión corporal liderada por Joan. Su primera impresión fue que se trataba de uno de los pupilos más destacados dentro del aula, sin imaginar que lo que el destino les depararía.

Joan Turner, bailarina y profesora de danza. Fotografía: Archivo Fundación Víctor Jara
Joan Turner, bailarina y profesora de danza. Fotografía: Archivo Fundación Víctor Jara

Inicialmente, la relación entre ambos fue esencialmente pedagógica. Por esos días, Turner continuaba casada con Bunster. Pero las cosas comenzarían a enfriarse de a poco hasta que Patricio se enamoró de una bailarina más joven, haciendo que la separación fuera inminente. En las mismas fechas, Joan se enteró de que estaba embarazada de Manuela, su primera hija. El quiebre matrimonial terminó de dilatarse antes de su nacimiento, en 1960. Entonces, Jara fue una de las personas que llegaron a saludarla al hospital, después del parto.

En su libro Víctor, un canto inconcluso, la bailarina recuerda aquella época como un momento de profunda soledad que somatizó en su cuerpo como una enfermedad que la mantenía débil, donde sólo sentía consuelo con la presencia de Manuela. “Cuando Patricio me dejó me sentí como una intrusa inútil y no deseada en Chile. Pero había pasado mucho tiempo allí y muchos de mis vínculos con Inglaterra estaban cortados. No soportaba la idea de volver ‘a casa’”, escribió.

Aquel invierno estuvo marcado por un profundo desconsuelo. Sin embargo, las cosas estaban por cambiar. Era un día cualquiera cuando una visita inesperada llamó a su puerta, casi como una postal premonitoria de lo que estaba por suceder: “Una monótona tarde de mi larga convalecencia oí una llamada bastante tímida a la puerta del apartamento. Preguntándome quién sería, abrí la puerta y me encontré ante una ancha sonrisa de dientes blancos que me saludaba desde el pasillo. Era Víctor Jara, uno de mis alumnos de la escuela de teatro, de pie, con un ramito de flores que sostenía ante sí como un escudo, una robusta figura de pelo negro y rizado. Le invité a pasar unos minutos y le agradecí las flores (…) Fue una conversación breve, pero, de todas maneras, me hizo sentir un poco menos desesperada durante un rato”.

Joan Turner, bailarina y profesora de danza. Fotografía: Archivo Fundación Víctor Jara

Un amor sanador

El siguiente encuentro entre Joan y Víctor sucedió un soleado día de primavera, a fines de octubre de ese mismo año. Motivada por sus amigas, la artista había comenzado una suerte de “cambio de imagen” que implicó incómodos cortes de cabello, manicuras poco prácticas y la compra de algunas prendas nuevas.

Aunque no terminaba de sentirse cómoda con la idea de una renovación estética que le resultaba artificial, esa tarde salió de su casa convencida de comprarse un “vestido llamativo”. Una amiga bailarina la había invitado a una cena con un círculo de personas bastante refinadas y la ocasión ameritaba la búsqueda de una prenda especial.

Decidió pasar por el café Sao Paulo, un local del centro donde solían acudir varios de sus conocidos, a ver si se encontraba con alguna amistad que pudiera darle alguna opinión sobre su compra. Al entrar, la única cara familiar que divisó fue la de Víctor Jara.

El joven actor la invitó a sentarse a su lado, pero Joan, algo confundida, prefirió tomar su propia mesa. Cuando salió del local, se percató de que Víctor había salido rápidamente detrás suyo, muy contento de haberse topado con ella en el café. La cita de Turner salió a la conversación, y, para su sorpresa, el joven que había sido su estudiante en la universidad le propuso que salieran juntos.

“Descubrió lo que llevaba en la bolsa y e intentó convencerme de que aquella noche saliera con él en vez de ir a esa cena elegante. Me dio risa la invitación. El hecho de estar recién descasada me hacía sentir desnuda e indefensa, por lo que me mostré muy poco amable”, cuenta Joan en su libro.

A partir de ese minuto, el joven se transformó en un pensamiento constante dentro de su cabeza: “Víctor comenzó a invadir mis pensamientos. Recordaba su sonrisa en la clínica, sus flores cuando estuve enferma, su alegría de verme cuando nos encontrábamos en la calle. Parecía muy amable y alguien con quien era fácil conversar, pero no lo tomé en serio. Nada sabía de él, salvo que era estudiante de mucho talento y que parecía pertenecer a una generación más joven. Yo era una vieja de 30 años, con un matrimonio fracasado y una carrera a mis espaldas”.

Después de esa charla, hubo un par de encuentros más, todos provocados por el evidente interés de Jara. Pero el más importante de todos tuvo lugar en noviembre, cuando el músico convenció a la bailarina de asistir a la Feria de Artes Plásticas realizada a orillas del río Mapocho. La cita anual convocaba a los artistas plásticos más importantes del país, tanto populares como de la academia.

Dentro, se encontraron con Violeta Parra, que exhibía sus telares en compañía de sus hijos e instrumentos. Por entonces, la cantautora le tenía una especial estima a Jara, con quien intercambió un par de bromas. Una vez que se alejaron de la gente y mientras caminaban por la arboleda del Parque Forestal, Víctor tomó la mano de Joan. Ese gesto físico marcó el comienzo de un nuevo estadio en su relación.

A pesar de la atracción indudable entre ambos, los primeros meses no fueron del todo fáciles. Turner aún se sentía dañada por todas las heridas provocadas en su primer matrimonio. Pero Víctor, paciente, se mostraba decidido a no ser un romance pasajero en su vida. Aunque tuvo algunas relaciones anteriores, era la primera vez que amaba de esa forma. En Un canto inconcluso, Joan recuerda que su entonces futuro esposo le confesó que se enamoró de ella desde la primera vez que la vio bailar.

Poco a poco, las cosas se fueron afirmando. El músico abrió su mundo por completo para ella, llevándola a compartir con sus compañeros de escuela, familia y amigos más cercanos. Joan fue la primera persona externa que invitó a la Población Nogales, y la única a quien confió los detalles de su dura infancia.

“El hecho de que Víctor me llevara para compartir su mundo era una muestra de su amor por mí. Me introdujo en un mundo nuevo en el que fui aceptada con afecto, casi como una hermana. Ya no me sentía aislada de la mayoría de personas que me rodeaban. Ahora eran mi nueva familia”, expresa Joan en su libro.

“Paloma quiero contarte”

En mayo de 1961, Víctor Jara emprendió un viaje de cuatro meses como director del conjunto folclórico Cuncumén. La gira pasaría por Países Bajos, Francia, la Unión Soviética, Checoslovaquia, Polonia, Rumania y Bulagria. También fue la primera separación larga que afrontó la pareja.

Entonces, Joan se encontraba retomando su rutina de bailarina, pues venía saliendo de una compleja lesión a la espalda que acarreaba hacía varios años. Aunque el amor era grande, una separación tan extensa resultaba compleja para ambos. En Un canto inconcluso, Joan confiesa que, pese a estar segura de la honestidad de los sentimientos de su pareja, sintió angustia en los primeros días. Pero todo cambió cuando comenzaron a llegar las primeras cartas.

La correspondencia era entusiasta: en sus misivas, el cantautor le contaba a Joan todas sus aventuras conociendo nuevas culturas que, aunque distintas, le resultaban enormemente fascinantes, en las que, además, era capaz de detectar similitudes con Chile. Una de las anécdotas más significativas tuvo lugar en la Unión Soviética, donde, pese a la barrera idiomática, entabló amistad con unos soviéticos que observaban un ovacionado espectáculo artístico desde la altura de un árbol.

“Por supuesto que mientras me subía y arriba me hablaron como a un igual, en ruso, y yo les dije que no comprendía. Primero creyeron que era broma, pero después se convencieron y me preguntaron de dónde era, les dije en el poco ruso que sé, que era de Chile, Sudamérica, y que estaba allí con un conjunto chileno de danzas y canciones Y fue tanta la sorpresa de ellos que se reían y me felicitaban porque a pesar de ser extranjero y artista estaba sentado arriba del árbol igual que ellos (…) Les dije que a mí me gustaba ser como todos, que quería comprar mi entrada y como no había encontrado me había subido al árbol para ver. Se morían de la risa y me abrazaban diciendo: ‘¡qué estupendo, camarada!’”, comentaba el músico en una carta fechada el 18 de agosto.

En la misma, le expresaba que estaba “asombradísimo de la Unión Soviética. Todo lo que veo día a día hace despertar en mí un afán enorme de conocimientos… Ver los resultados en el terreno mismo es más impresionante que leerlo”.

Todas las cartas incluyen amorosas demostraciones de afecto. Pero entre toda la epístola, la misiva del 28 de septiembre es la más cautivadora. “Queridísimo amor mío: Soy el hombre más feliz del mundo en este momento, pues siendo hoy mi cumpleaños he recibido tu precioso regalo de cuatro cartas y dos maravillosas fotos donde están dos seres que amo tanto; tú, vida mía, y Manuelita”, comienza escribiendo.

Familia Jara - Turner.
Familia Jara - Turner.

En seguida, su tono se vuelve algo más melancólico: “Primero me pides que no te idealice, que no te consideras con cualidades humanas para ser compañera de un comunista; que debo tener muy presente que no eres sociable; que temes a las personas que viven con un ideal muy alto; que temes también la posición intelectual en el comunismo”.

A lo largo de su escrito, el artista resuelve amorosa y detalladamente cada una de las dudas planteadas por su pareja. Entre las frases más dulces de la carta, Víctor escribe: “Nunca dije que a ti te idealizo. A ti te quiero, y conociéndote así tal cual eres con todas tus virtudes y defectos, he aprendido a quererte mucho más todavía. No creas que me he cegado, no creas que te tengo en un pedestal. Yo quiero mucho más con el corazón que con la cabeza y si estás tan dentro de mí es porque, así como eres, eres toda para mí. Yo creo que el amor es esa mutua comprensión que existe entre dos seres humanos y ese ‘algo’ que ayuda a vivir el uno para el otro”.

Su regreso a Santiago fue a finales de octubre de 1961. Al bajar del avión, el músico se acercó feliz y emocionado hacia Joan y Manuela, que lo esperaban en el aeropuerto. Allí fue cuando los tres comenzaron a vivir juntos. En un tiempo más, la familia terminaría de conformarse con la llegada de una segunda hija, Amanda.

Familia Jara - Turner.
Familia Jara - Turner.

En lo extenso de sus cartas, Víctor le confesaba a Joan que el viaje había tenido un impacto profundo en él, que seguramente retornaría algo cambiado. Para Turner fue evidente que parte de ese cambio se veía reflejado en su impronta de artista. El contacto con lugares tan diferentes lo llevaron a descubrir que su canción tenía un enorme poder comunicativo.

El mismo día del reencuentro, Jara estaba impaciente por mostrarle a su compañera una pieza que había compuesto para ella durante el viaje. Esa fue la primera canción que Víctor escribió basándose en su experiencia más individual. Al llegar a la casa, desfundó su guitarra y comenzó a cantar:

Paloma quiero contarte

Que estoy solo que te quiero

Que la vida se me acaba

Porque te tengo tan lejos

Palomita, verte quiero”

De ahí en adelante, Joan y Víctor construyeron un hogar y una vida juntos. Una historia que tuvo un quiebre abrupto con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, que cambió la vida de Joan y de todo Chile para siempre.

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