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Galo Ghigliotto, autor chileno: “El amor es un concepto que hoy está especialmente en tela de juicio”

El escritor y editor presenta su nuevo libro de relatos, Su cadáver avanza hacia el mar. A propósito de este lanzamiento, reflexiona sobre el amor, la muerte, el crecimiento de La Furia del Libro -cita que fundó- y el momento actual del panorama editorial chileno.

Si hay un nombre inquieto en el mundo del libro chileno ese es Galo Ghigliotto (49). Valdiviano, es un escritor que ha incursionado en la poesía y en la narrativa, pero además es traductor (suya es la traducción al castellano de La otra hija, de Annie Ernaux publicada por Los Libros de la Mujer Rota); editor al frente de dos casas editoriales independientes, la histórica Cuneta y la nueva Puya Editora; y como si fuera poco, es uno de los fundadores de la Furia del Libro, el evento que ya lleva 17 años de trayectoria, que con dos versiones al año se ha convertido en un importante polo para el mundo del libro chileno.

Pero vamos por partes. Lo que nos compete es el nuevo libro que Galo Ghigliotto acaba de publicar, justamente con Puya Editora. Como autor, Ghigliotto es un nombre reconocido en las letras nacionales: obtuvo la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2011), ganó el Premio Municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral 2016 por Matar al mandinga, ganó el Premio MOL (Mejor Obra Literaria), del Ministerio de las Culturas en la categoría “Novela publicada” por su aplaudida El museo de la bruma (2020). Hoy, vuelve con un volumen de relatos que tiene el poético y sugerente título Su cadáver avanza hacia el mar.

Son relatos que abarcan temáticas como el amor y la muerte, con una pluma bien depurada, una estructura sólida y con toques de humor. “Estos cuentos surgen de fuentes muy diversas y son parte de un cuerpo de cuentos que vengo armando desde hace mucho tiempo -cuenta a Culto-. Creo que el más antiguo de los incluidos en esta selección es de 2009 o 2010. Desde entonces siempre he estado escribiendo cuentos y, durante años, los fui reuniendo en dos proyectos distintos, La nueva mitología y La siniestrura, pero nunca terminé de decidirme a publicar ninguno de los dos. Cuando finalmente pensé que podía ser el momento de publicar alguno, le pedí a mi colega Katherine Hoch, editora, que leyera ambos proyectos y me dijera cuál le parecía más interesante. Su respuesta fue que, en realidad, había un libro mejor si hacíamos una selección que mezclara cuentos de los dos. Así nació Su cadáver avanza hacia el mar”.

La muerte es una idea que rodea a varios de los cuentos. ¿Por qué aparece tanto?

Porque la muerte está en todo. Si existe una experiencia por la que inevitablemente ha de atravesar todo ser vivo, es la muerte. En ese sentido es tan absoluta como la vida misma. No siento necesariamente que haya tomado la decisión consciente de escribir cuentos sobre la muerte. Simplemente me parece difícil escribir sobre la experiencia humana sin que la muerte termine apareciendo de alguna manera.

¿Qué te interesa de la idea de que los muertos “siguen avanzando”?

Quizás me interesa reconocer que los muertos nunca terminan realmente de irse. Permanecen mientras alguien los recuerde. La única manera de que desaparezcan por completo sería que quienes los recuerdan también murieran y fueran olvidados, pero incluso entonces alguien puede recordar a estos últimos y, con ellos, indirectamente, algo de quienes estuvieron antes. Hay una especie de cadena de memoria y olvido que continúa desplazándose en el tiempo. Por eso me gusta esa idea de que los muertos siguen avanzando. Finalmente, para mí, la muerte verdadera, la muerte definitiva, no es otra cosa que el olvido.

En los cuentos hay situaciones bastante oscuras, pero también humor. ¿Te resulta natural mezclar ambas cosas?

Sí, me resulta muy natural. La burla que permite el humor me sirve para señalar el absurdo y, en cierto modo, iluminar la oscuridad con una luz burlona. Esa luz permite que lo que estaba oculto se vea de pronto tal como es y que muchas veces descubramos que, además de terrible, puede ser miserable o patético. No pienso el humor como una manera de quitarle gravedad a las cosas. A veces ocurre exactamente lo contrario: el humor permite mirar algo terrible desde un ángulo desde el cual su absurdo se vuelve todavía más evidente.

¿Qué lugar ocupa el humor negro en tu escritura?

Ocupa un lugar importante. Ya estaba presente en A cada rato el fin del mundo, de 2013; también en Matar al mandinga, de 2016, y especialmente en El museo de la bruma, de 2019. En Su cadáver avanza hacia el mar vuelve a aparecer. Aunque no diría que el humor negro tiene un lugar necesariamente preponderante en lo que escribo, sí creo que, con el tiempo, se ha convertido en una característica reconocible de mi escritura, sobre todo como una herramienta que me permite aproximarme a experiencias incómodas, violentas o dolorosas sin tratarlas exclusivamente desde la solemnidad.

También aparece mucho el amor, aunque muchas veces de manera bastante complicada. ¿Qué te interesa del amor como tema literario?

Creo que el amor es un concepto que hoy está especialmente puesto en tela de juicio. Hemos heredado una noción muy fuerte del amor romántico: la idea de las almas gemelas, de la predestinación, incluso de espíritus destinados a encontrarse una y otra vez. Son ficciones y, como todas las ficciones, pueden cumplir funciones muy diferentes. Pueden ser un ornamento que dos personas construyen en común, una ficción compartida que les sirve para permanecer juntas y darle sentido a una relación. Pero también pueden funcionar unilateralmente, como un camuflaje para la seducción o incluso para la persuasión y la manipulación. Por eso creo que todavía queda muchísimo que decir sobre el amor. Y no me refiero solamente al amor erótico. Está el amor fraterno, el amor hacia los hijos, hacia los amigos y también el amor hacia uno mismo. Amar conlleva responsabilidad. El amor hacia uno mismo, por ejemplo, debería traducirse en respeto por uno mismo, y ese autorrespeto inevitablemente va a modificar la manera en que uno se relaciona con los demás. Además, la experiencia amorosa suele conducirnos a otras experiencias que terminan modificando completamente nuestra vida, nuestro lugar en el mundo y, por lo tanto, también nuestro efecto sobre el mundo. De hecho, creo que el amor debería ser una materia de estudio en los colegios y en las universidades. Nos enseñan muchas cosas, pero muy poco acerca de cómo establecer vínculos, qué responsabilidades implica querer a alguien, cómo distinguir el amor de la posesión o la dependencia, cómo respetar al otro y cómo respetarse uno mismo. Si es una experiencia que atraviesa de manera tan determinante nuestras vidas, resulta extraño que prácticamente no nos enseñen a pensarla.

Galo Ghigliotto.

Has publicado cuentos pero también novelas y poesía. ¿Qué diferencias ves entre escribir una u otras?

Hay varias diferencias y algunas son menos obvias de lo que parecen. El tiempo, por ejemplo, no me parece una diferencia esencial. Uno podría pensar que escribir un poema necesariamente toma menos tiempo que escribir una novela, pero no es así. Joaquín Giannuzzi siguió corrigiendo sus poemas incluso después de publicados. Hay testimonios de que, ya mayor, antes de una lectura todavía hacía correcciones sobre los textos que estaba a punto de leer. Los cuentos de Su cadáver avanza hacia el mar también fueron escritos a lo largo de muchos años y, por lo mismo, tuvieron muchas lecturas y muchas revisiones posteriores. Ese trabajo posterior, ese “golpe de ojo”, como lo llama Mario Bellatin, también forma parte de la escritura. Si tuviera que establecer una diferencia pensando solamente en ese primer momento, en el impulso que da origen al texto, lo explicaría con una imagen. Escribir poesía es como darse un chapuzón breve en un estero. Escribir una novela puede ser como intentar llegar nadando desde la playa hasta una isla cercana. Y escribir un cuento lo veo más bien como atravesar caminando los roqueríos para llegar de una playa a otra.

¿Cómo ves a los libros de cuentos en la literatura chilena? ¿Qué es lo que te atrae del formato?

Me parece que el cuento chileno es tremendamente heterogéneo. Pienso, por ejemplo, en los cuentos de Mauricio Wacquez, que me parecen trabajos de joyería; en José Miguel Varas, con algunos relatos extraordinariamente potentes; en Francisco Coloane y esa frialdad chilota que está incluso en su forma de observar. Y desde ahí uno puede dar un salto enorme hasta Alejandra Costamagna, cuyos cuentos pueden tener una hilaridad y una precisión tremendas. Esa misma heterogeneidad me hace pensar que, si podemos hablar de una tradición narrativa chilena, quizá esta ha sido más novelística que cuentística. No veo con tanta claridad una corriente o un caudal que arrastre y organice la producción de cuentos. Veo más bien autores muy diferentes haciendo cosas muy diferentes. Entre las autoras más recientes pienso, por ejemplo, en Malu Furche o Juana Inés Casas. ¿Y qué me atrae a mí del formato? Sobre todo la multiplicidad. Un buen libro de cuentos permite cambiar radicalmente de voz, de tono, de procedimiento o de mundo. Esa libertad me interesa mucho.

También eres editor, ¿cómo dialogan —o chocan— tus dos oficios cuando trabajas un libro propio?

Hace poco, pensando justamente en esto, llegué a la idea de que antes que escritor o editor uno es lector. Y que ese lector después se escinde. Por un lado está el lector creativo: aquel que mientras lee siente el impulso de levantarse y escribir algo que esa lectura acaba de provocarle. Por otro está el lector mañoso, el que mientras lee tiene ganas de cambiar una palabra, mover algo, corregir una frase, intervenir. Creo que de ese lector mañoso nace el editor. Editar mis propios textos me resulta especialmente difícil porque llega un punto en que dejo de ver lo que está ahí. La lectura se ciega. Quizás, si estuviera solo en una isla y no tuviera alternativa, podría hacerlo, pero prefiero muchísimo más que haya otra persona leyendo y que podamos establecer un diálogo. Cuando trabajo sobre un libro propio siento que vuelven a aparecer esos dos lectores: el creativo y el mañoso. Discuten entre ellos e intentan llegar a algún acuerdo, pero a esas alturas ambos están al servicio de un tercer lector, que es quien recibirá finalmente el libro. Es casi como tener entre las manos un libro que uno está a punto de devolver a una biblioteca para que pueda leerlo otra persona.

Galo Ghigliotto

¿Ser editor ha cambiado tu manera de escribir?

Sí, de todas maneras. Pero quizás no tanto por el ejercicio de editar a otros como por la enorme cantidad de manuscritos que uno termina leyendo. Pasa algo curioso. A muchos escritores que están empezando —y a mí mismo me ocurrió hace mucho tiempo— les preocupa muchísimo proteger un manuscrito antes de mostrarlo porque temen que alguien pueda robarles una idea o una historia. Esa precaución no está de más, por supuesto, pero me llama la atención que muchas veces aparezca antes que otra que me parece fundamental: asegurarse de que lo que uno va a mostrar tenga una calidad coherente con las ambiciones que tiene para ese libro. Como editor lees muchos manuscritos con problemas y terminas reconociendo defectos, lugares comunes o mecanismos que no funcionan. Y todo eso inevitablemente se incorpora a tu propia escritura por antagonismo: empiezas a tener muy presente aquello que no quieres hacer. Por eso creo que, curiosamente, los libros que más ayudan a desarrollar el gusto propio son muchas veces los libros que no nos gustan, incluso los que consideramos malos —con toda la subjetividad que contiene esa palabra—. Esos libros dibujan con mucha precisión los límites del territorio al que uno no quiere entrar. Después aparecen los libros que sí nos gustan y, de alguna manera, llenan el espacio que ese rechazo había delimitado.

Estás detrás de dos editoriales, Cuneta y ahora Puya Editora. ¿Cómo ha sido la experiencia de tener una editorial independiente?

Te puedo contestar lo mismo que durante años les dije a los alumnos que llegaban a matricularse al Diplomado de Edición de la USACH: no es lo que parece.

¿Qué es lo que te gusta y qué no del oficio de la edición?

Lo que más me gusta es la posibilidad de comunicarme y compartir con autores que admiro. He tenido la suerte de publicar, en distintos proyectos editoriales, a escritores cuyo trabajo me interesa muchísimo y poder conversar con ellos sobre sus métodos, sus preferencias, sus lecturas, las decisiones que toman cuando escriben. Eso es extraordinariamente enriquecedor. A veces me descubro contando fragmentos de conversaciones que tuve con algún escritor como si fueran cosas que hubiera leído en alguna parte, porque terminaron incorporándose a mi propia forma de pensar la literatura. Lo que menos me gusta no tiene que ver exactamente con la edición, sino con lo que ocurre después. Uno puede poner muchísimo trabajo y pasión en un libro y, una vez que se publica, lanzarlo a una especie de abismo. Muchas veces no sabemos qué ocurrió con él, si fue leído, si produjo algo, si alguien al otro lado siquiera lo recibió. Esa ausencia de correlato entre el trabajo invertido y la recepción puede ser bastante frustrante.

El hombre de la furia

También eres uno de los fundadores de la Furia del Libro, que hoy tiene no solo la edición de verano, también la de Invierno y la Furia Ilustrada. ¿Cómo has visto el crecimiento de la Furia?

Lo he visto como un crecimiento bastante orgánico. Pienso la Furia como una especie de salón expansivo: a medida que llegan más editoriales, el espacio se amplía para poder contenerlas. La ventaja que hemos tenido es que la estructura ha sido suficientemente elástica para crecer y, al mismo tiempo, suficientemente sólida para no desarmarse con ese crecimiento. Creo que eso explica buena parte de lo que ha ocurrido y también es justamente lo que hay que cuidar.

¿Notas que existe un mayor interés de los lectores por las editoriales independientes que ha permitido un crecimiento de la Furia?

Sí, pero también creo que ese interés se ha ido construyendo. Las editoriales independientes han aprendido a comunicarse mejor y a llegar de manera más activa a sus públicos. Hoy un libro compite por una cantidad limitada de atención y tiempo de ocio. No basta con publicar y esperar que el lector encuentre el libro: hay que construir ese encuentro. Creo que muchas editoriales independientes lo han entendido cada vez mejor y la Furia también ha contribuido a ese proceso. Además, la Furia ha ido ampliando su público hasta llegar a personas que ni siquiera necesariamente saben qué diferencia a una editorial independiente de otra clase de editorial. Eso me parece una buena señal: significa que el espacio dejó de hablar solamente hacia adentro.

¿Qué ha sido lo más complejo de la Furia en estos años?

Mantener a su fundador suficientemente entusiasmado como para que no tire la esponja. Lo digo medio en broma, pero solo medio. Probablemente una de las cosas más agotadoras ha sido aprender a convivir con la crítica. Y no hablo de las críticas que apuntan a problemas concretos o que proponen mejoras; esas son necesarias y muchas veces nos han servido. Hablo de otro tipo de crítica, minoritaria pero muy ruidosa, que parece buscar más la afirmación de una superioridad moral respecto del otro que la transformación concreta de algo. Creo que ahí existe a veces una cierta falta de sentido de realidad. Hacer cultura en Chile es difícil. Hacer proyectos vinculados al libro lo es todavía más. Hay restricciones económicas, institucionales y materiales, equipos que sostener y una cantidad enorme de trabajo que permanece invisible. Por eso me cuesta entender ciertas exigencias formuladas desde una especie de pureza abstracta, como si organizar un proyecto cultural consistiera únicamente en tener las posiciones correctas y no en conseguir que exista materialmente.

¿Cómo así?

Hace poco, a raíz de una discusión, alguien planteó que la Furia ya no debería llamarse independiente. Y a mí eso me produjo una pregunta muy concreta: si una editorial independiente sostiene que un espacio que reúne exclusivamente a editoriales independientes ya no merece llamarse independiente, ¿qué está proponiendo exactamente? ¿Que deje de ser un espacio para independientes? Cuando uno intenta llevar ciertos discursos hasta sus consecuencias prácticas, a veces descubre que no había realmente una propuesta detrás, sino más bien la proyección de una frustración propia. Esas discusiones desgastan porque hacen mucho ruido, aunque representen a muy pocas personas. Y quizá ese sea uno de los aprendizajes más difíciles de estos años: distinguir entre una crítica que obliga a pensar y una crítica que simplemente obliga a gastar energía.

¿Cómo ves al mundo del libro chileno actualmente?

Muy movido, muy rico y, sobre todo, muy vivo. Las críticas de las que hablaba antes son minoritarias. Lo que veo mayoritariamente es gente haciendo libros, levantando editoriales, escribiendo, traduciendo, diseñando, ilustrando y creando nuevos espacios. También creo que hay una comprensión cada vez mayor de que un proyecto editorial puede tener una vocación cultural y, al mismo tiempo, necesitar una dimensión comercial que permita sostenerlo. Esa actividad constante es precisamente lo que mantiene vivo al mundo del libro chileno.

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