Culto

Por qué no me hice sacerdote: un relato de Jaime Bayly

Me quedé sentado en la banca, avergonzado de mí mismo. Mi madre caminó a comulgar y, al volver, me miró con estupor. Llegando a la casa, me preguntó por qué no había comulgado. Le confesé que había pecado gravemente con pensamientos y tocamientos impuros.

Mi padre dejó embarazada a mi madre doce veces. ¡Doce veces! Diez nacimos sanos, aunque yo nunca he estado sano de la cabeza, dos murieron al nacer. Me atrevo a afirmar que mis padres no hacían el amor. Mi padre era una bestia peluda. Mi madre, una beata. Mi padre abusaba de ella. Embarazarla doce veces fue un abuso.

No sé si mi madre se casó enamorada de mi padre. Era muy joven, tenía apenas veintiún años. Cuando le he preguntado si se casó enamorada, me ha dicho que se sintió obligada a contraer matrimonio porque mi padre, cuando empezaron a salir juntos, la forzó a tener relaciones sexuales. Fiel a sus creencias religiosas, mi madre no quería hacer el amor antes de casarse. Mi padre violentó su resistencia y la obligó a perder su castidad. Desde entonces, mi madre, entregada su virginidad a mi padre, se convenció de que Dios esperaba que se casara con el hombre que la había desflorado.

Si bien mi padre era religioso y asistía a misa todos los domingos, portando un arma de fuego visible a los demás fieles y comulgando rara vez, mi madre lo superaba con creces en su entrega y devoción a la iglesia, asistiendo a misa todos los días, rezando el rosario en latín, participando en las actividades del Opus Dei, cofradía a la que donaba su tiempo y su dinero, a diferencia de mi padre, quien veía con recelo a ese instituto religioso, porque le parecía sospechoso que sus jefes vivieran en casas reservadas para varones castos que practicaban la abstinencia sexual.

Mi padre no amaba a mi madre. Nunca lo vi besarla, acariciarla, decirle un piropo. Mi padre disponía de mi madre, usaba y abusaba de ella. No era infrecuente que la insultara y la hiciera llorar delante de nosotros, sus hijos. Mi madre no amaba a mi padre. Mi madre temía a mi padre. Se sometía a él, se subordinaba a él, hacía lo que él le ordenaba. Peor aún, vivía embarazada, o a punto de quedar embarazada, tras haber dado a luz pocos meses atrás. Vivía amamantando a sus bebés, cuidando a sus niños, sin poder conciliar el sueño con una mínima placidez. Tenía empleadas domésticas que la ayudaban en las faenas de cocinar y limpiar, pero pasaba las noches confortando a sus bebés, aunque casi no durmiera. Era una madre ejemplar, dedicada por completo a sus hijos. Era una esposa rehén, secuestrada por el matón de su marido. Era una hija amorosa, aunque rara vez veía a sus padres, porque vivíamos en el campo.

Mi madre no trabajaba en una empresa. No era dueña ni empleada de una empresa. Su oficio a tiempo completo era ser madre. Nadie le pagaba por ese trabajo extenuante. Todo el dinero del que disponía se lo daba mi padre a regañadientes. Esas entregas de plata en efectivo eran irregulares, podían suspenderse, dependían del humor de mi padre. Mi padre trabajaba y tenía dinero, pero se quedaba con la mayor parte de sus ingresos y le daba a mi madre cantidades pequeñas que a duras penas le alcanzaban para pagar los gastos de sus hijos. Al llevar poco dinero en la cartera, mi madre dependía todavía más de mi padre, que de ese modo recortaba su libertad. Si ella quería ir al cine con una amiga, o comprar libros y ropa, o donar plata al Opus Dei, tenía que pedirle ese dinero a mi padre, y él podía dárselo o negárselo, según su humor. Mi madre no era entonces una mujer libre. Era sierva, vasalla de su esposo. Cuando le he preguntado por qué no dejó a mi padre, por qué no se separó de él, me ha respondido: Porque no tenía adónde ir con tantos hijos.

Mi padre salía con sus amigos, viajaba con ellos. No eran viajes de negocios ni viajes culturales. Viajaban para hacer excursiones de caza mayor. Regresaban con las cabezas disecadas de los animales que habían matado. Se creían valientes porque sabían disparar armas cortas y largas y disfrutaban cazando animales. No sé si eran valientes. Mi padre no me parecía un hombre valiente, valeroso. Un hombre valiente, valeroso, cuidaría a su esposa, a la madre de sus tantos hijos. Un hombre valiente, valeroso, no le pegaría a su esposa, a sus hijos.

Cierta vez mi padre le dio una bofetada tan fuerte a mi madre que la derribó al suelo. A mí no me daba bofetadas. Me pegaba con su cinturón de cuero. Me obligaba a bajarme los pantalones y los calzoncillos, a darle la espalda y a doblarme hacia adelante. Entonces me golpeaba en las nalgas con su correa. No sé por qué le gustaba humillarme de esa manera retorcida. Me pregunto si esa herida perturbó mi identidad, confundió mis deseos. Tal vez, ya siendo adulto, busqué el amor en un hombre porque mi padre no quiso amarme o no supo amarme y se acostumbró a odiarme. Ahora creo que me odiaba porque yo me parecía a mi madre. Genéticamente, era idéntico a ella.

Mi madre y yo éramos inseparables. Yo era su hijo mayor. La amaba con devoción y hasta con desesperación. Rezábamos el rosario, a mi regreso del colegio. Me llevaba a los clubes del Opus Dei y me enviaba de campamento con los jefes de esa cofradía. Cuidaba mi pureza espiritual, mi alma sin manchas. Yo me confesaba todas las semanas ante un religioso del Opus Dei y asistía a misa con mi madre. Era un niño pío, un niño puro. Ninguno de mis amigos del colegio rezaba tanto como yo. Yo quería irme al cielo con mi madre para escapar por fin de mi padre. Estar a solas con mi madre era en cierto modo como llegar al cielo. Nadie habría de quererme luego como me quiso ella con todo su corazón. Solía decirme: prométeme que nunca me dejarás sola. Yo le decía: siempre te cuidaré, siempre estaré a tu lado.

Los jefes del Opus Dei le decían a mi madre que yo tenía una vocación religiosa, que debía educarme para ser sacerdote del Opus Dei, o jefe laico del Opus Dei, viviendo en una casa reservada para varones castos, reprimidos, obligados a la abstinencia sexual. Tal vez mi madre esperaba que yo me hiciera sacerdote. Yo estaba dispuesto a seguir ese camino para complacerla y hacerla feliz. Mi madre me decía: escucha la voz de Dios en tu corazón, Él te llamará si quiere que seas su ministro.

Sin embargo, yo escuchaba las voces de mis amigos en el colegio. Ellos hablaban de tocamientos furtivos, caricias que se practicaban a solas, placeres que me parecían prohibidos. En los recreos del colegio, me mostraban revistas de mujeres desnudas. Uno de ellos, hijo de un cazador de animales que era amigo de mi padre, me prestó una revista de mujeres desnudas. La llevé a escondidas a casa de mis padres. A solas en mi habitación, quedé asombrado al ver tanta belleza prohibida en las fotos de aquella revista. Deslumbrado, hechizado, maravillado por esas mujeres que me sonreían desde el infierno mismo y me prometían placeres impensados, reñidos con el pudor, seguí los consejos de mi amigo. Puse de espaldas a los dioses y a las vírgenes y a los cristos en la cruz para que no atestiguasen mi primera visita guiada al infierno. Luego seguí las instrucciones lujuriosas de mi amigo y, contemplando a esas mujeres que él me había presentado, me entregué a unas caricias solapadas, clandestinas, culposas, que hasta entonces no conocía, y de las que mis amigos del colegio hablaban con jactancia, alardeando de su virilidad.

Esa noche mi vida cambió para siempre. Comprendí que no había nacido para ser puro, tan puro como mi madre hubiera querido. Comprendí que no podría ser ministro de Dios ni jefe laico del Opus Dei. Comprendí que mi destino era el pecado, la mancha, la impureza, el placer. Comprendí que mi alma nunca más sería inmaculada.

Unos días después, mi madre me llevó a misa. Yo no me había confesado. Abatido por la culpa, no me atreví a comulgar al lado de ella, como había recibido la hostia desde mi primera comunión a los siete años. Yo tenía entonces trece años. Me quedé sentado en la banca, avergonzado de mí mismo. Mi madre caminó a comulgar y, al volver, me miró con estupor. Llegando a la casa, me preguntó por qué no había comulgado. Le confesé que había pecado gravemente con pensamientos y tocamientos impuros. Esa fue la primera vez que hice llorar a mi madre.

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