Por Andrés GómezReseña de libros: los cuentos de Cynan Jones y la nueva novela de Yoko Tawada
La tormenta, un volumen de seis cuentos del escritor galés, que conjugan belleza y violencia en un entorno rural, escritos con una prosa precisa y sugerente, y Desperdigados por el mundo, una comedia distópica de la novelista japonesa, en las lecturas de la semana.


La tormenta, de Cynan Jones (Chai Editora)
Era como estar en un arca. A medida que oscurecía, la pequeña cabaña parecía una frágil lámpara bajo la tormenta. La lluvia y el viento remecían el mundo. En el interior, la leña crepitaba en la estufa y la niña dormía en su cama: era una imagen apacible pero irreal. La mujer miraba por la ventana y veía cómo uno de los pinos de la arboleda se balanceaba cerca de los cables de alta tensión que pasaban junto a la cabaña. “Se está cayendo”, dijo ella. “Es el viento, nada más”, respondió él. Una rama cayó sobre el techo. Ya va a pasar, pensaba él. “El árbol se inclinó”, insistió ella. Mientras el cielo parecía romperse sobre la tierra, la tensión crecía entre las paredes de la cabaña. La tormenta es el cuento que da título al libro del galés Cynan Jones y de algún modo contiene los elementos comunes del conjunto: la fragilidad humana ante la naturaleza, personajes enfrentados a las asperezas de la vida rural y a sus propios límites, un mundo donde se cruzan la belleza y lo amenazante. Escritos con una prosa precisa y sugerente, la narración avanza a través de párrafos breves que le dan agilidad y gran intensidad a los seis relatos de este notable volumen.

Desperdigados por el mundo, de Yoko Tawada (Anagrama)
Tenía un parecido con Björk, la cantante islandesa. Tal vez venía de Islandia, pensó Knut, el joven lingüista de la Universidad de Copenhague cuando vio por primera vez a Hiruko. No lo pensó solo por sus rasgos. También por el extraño idioma que ella hablaba: no era danés ni sueco pero sonaba a escandinavo. Y además decía que venía de una isla: un archipiélago entre China y la Polinesia que ya había desaparecido. Claro, la ubicación no calzaba. ¿Qué idioma hablaba ella? “En realidad es un idioma propio”, explica. “En el pasado, los inmigrantes por lo general tenían un único país de destino en mente” y les bastaba aprender un idioma. Pero ahora los inmigrantes están en constante movimiento. “Nuestra lengua es como el viento, una mezcla de todos los paisajes por los que hemos pasado a lo largo del camino”, dice. Acompañada de Knut, Hiruko va en busca de los últimos sobrevivientes de su isla perdida. Yoko Tawada, la autora de El emisario, vuelve sobre un futuro distópico, donde Japón ha desaparecido y su lengua está en extinción, pero esta vez en clave de humor: una comedia sobre la migración climática y la pérdida del idioma.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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