Columna de Claudia Labarca: ¡Otra columna más sobre la desconfianza! Esta vez, la constituyente

Foto: MARIO TELLEZ / LA TERCERA



Por Claudia Labarca, académica de la Facultad de Comunicaciones UC

Sí, efectivamente: otra columna más sobre la (des) confianza. Y en esta, no voy a decir que estamos en una crisis de confianza; o que la ciudadanía dejó de entender a las instituciones políticas como garantes de la democracia. Tampoco repetiré que el fenómeno afecta a toda América Latina y que es tierra fértil del populismo y caudillismo en la región.

En cambio, hablaré de las expectativas. O más bien de las expectativas rotas. Porque, a casi tres meses del rechazo a la propuesta de nueva Constitución por una mayoría abrumadora, vale la pena tomarse el tiempo para entender la relación entre confianza y expectativas. El sociólogo alemán Niklas Luhmann señalaba hace unos 40 años que la confianza es una apuesta en el tiempo presente sobre algo que pasará en el futuro. Así, por ejemplo, en el presente compro en internet apostando a que -en un futuro – se cumplirán mis expectativas del ahora.

Lo mismo pasó con la constituyente. El abrumador triunfo del 80% de apoyo ciudadano para escribir una nueva Constitución indicaba altas expectativas hacia una Carta Fundamental nacida en democracia. Una Carta que, además, sería escrita por “independientes” fuera del círculo institucional del juego político que tanto resquemor causaba. Como otro sociólogo europeo, Diego Gambetta, ha señalado, la confianza es aquella probabilidad subjetiva que permite que un agente (la ciudadanía, en este caso) estime que otro agente (la constituyente o los constituyentes) realizará una determinada acción antes que esta pueda ser monitoreada. Y que esa acción -como mínimo- no le causará daño.

Esa confianza -además- se constituye como compleja y multidimensional. No solo se esperaba una “buena” o correcta Constitución (competente, adecuada para los fines que le son propios), sino que también fuera escrita de manera benevolente. Esto es, nacida desde las buenas intenciones. Más aún, sería una Constitución íntegra, es decir, en consonancia con los valores prevalentes de la ciudadanía.

El fracaso de la constituyente requiere, entonces, entender la (des) confianza como un fenómeno complejo, con dimensiones temporales del aquí y el ahora pero también del futuro, comprendiendo que delegar una función critica en el otro -cuyo monitoreo no es posible sino solo después de concluida su tarea- es un delicado cálculo que puede, como en este caso, defraudar esa probabilidad esperada por la ciudadanía.

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