Columna de Iván Poduje: Las elecciones y el reloj de arena

FOTO: KARIN POZO/AGENCIAUNO



Por Iván Poduje, arquitecto

Los octubristas están tan enamorados del estallido que siguen afirmando que la destrucción fue necesaria para llegar a un país virtuoso o que el acuerdo del 15 de noviembre fue la salida institucional para la violencia. Pero nada de ello ocurrió en la práctica. Hoy tenemos una ciudad más segregada e insegura, con una inflación preocupante, un Congreso obsesionado con gobernar de facto y una Convención Constituyente que hace más noticia por sus extravagancias que por sus propuestas.

Lo único que permitió que esta seguidilla de crisis no afectara a la población fueron los retiros de pensiones que funcionaron como un bálsamo para calmar iras y ansiedades. Para la enorme mayoría de chilenos, contar con millones de pesos en sus cuentas generó una sensación de bienestar que jamás habían experimentado en su vida: deudas que se pagaron, operaciones que no se postergaron y esos viajes que tanto se soñaron. Hasta el paisaje de Santiago cambió con los retiros. Autos nuevos en barrios populares, colas en grandes tiendas y miles de hogares ampliando piezas o renovando techos, cocinas o baños.

La demanda fue tan explosiva, que los materiales de construcción se agotaron y hasta los autos usados subieron de precio, echando por tierra algunos pronósticos sobre la ciudad post pandemia. Nunca llegó el Hobbitón que describe Marcelo Ruiz para criticar a los expertos que desprecian los gustos de las mayorías y sueñan con una ciudad aldea, donde la gente viva en casas con diseños de revista y se mueva en bici con un micromotor para cargar sus teléfonos mientras pedalean. Si bien el teletrabajo modificó conductas y flexibilizó horarios, lo que vivimos en estos dos años fue una fiesta de consumo neoliberal sin precedentes, cuyos efectos se notaron en la inflación y se sentirán en las calles con dureza, cuando miles de autos nuevos saturen las horas punta.

Pero los tacos serán el problema menor que tendremos en 2022. La plata de los retiros se terminó y los dolores anestesiados por esos millones comenzarán a aflorar uno por uno. El primero será la inseguridad, que se palpa en los barrios con más fuerza que nunca, debido a la idealización de la patota que hizo la izquierda y a un hecho que suele omitirse: las familias tienen un patrimonio mayor que cuidar gracias a los retiros. Pese a ello, este tema casi no se tocó en los debates, salvo para citar lugares comunes como refundar Carabineros o aplicar mano dura a los delincuentes. Pero vimos pocas medidas concretas para recuperar la legitimidad y capacidad operativa de las policías, o reducir el territorio que ganaron las bandas gracias a la violencia idealizada como la “partera” del nuevo Chile.

Un segundo tema que caerá sin anestesia en 2022 será el acceso a la vivienda, que varios economistas casi descartan por el alza en los créditos hipotecarios. Acá los políticos y expertos no ofrecen millones de pesos como en los retiros, sino que unos modestos subsidios de arriendo o casas fiscales de alquiler levantadas por inmobiliarias populares. Suena bien para Hobbitón, pero temo que será visto como un insulto para miles de familias que llevan años esperando por su casa propia. Si el sistema no les cumple, lo harán los loteadores brujos que aparecieron en la crisis copiando el modelo de negocio de México o Brasil, lo que ayudó a duplicar los campamentos en solo tres años.

A estos temas urbanos debemos sumar todas las promesas realizadas en materia de salarios, pensiones, horarios laborales y diversas expresiones de dignidad. Los octubristas dicen que estas demandas se resolverán con la nueva Constitución, pero nunca precisan el plazo. ¿Cuánto tardarán en consensuar la Carta Magna, escribirla y plebiscitarla? ¿Cuándo estarán listas las leyes, reglamentos e instituciones que se requieren para concretar el nuevo Chile? ¿Cómo será su trámite de aprobación en el Congreso y la Contraloría? Si la tarea le suena compleja, imagine que estará a cargo de un Estado con sobrepeso, golpeado por tres crisis, con una posible recesión económica y recibiendo la furia de quienes perderán la elección más polarizada de los últimos 40 años.

Pero todo esto le importa poco a la población. Las promesas se hicieron y ahora hay que cumplirlas, en meses y no en años. El reloj de arena para hacerlo se activa mañana, y no existen retiros para calmar la rabia de ver las expectativas frustradas. Ese será el principal desafío del nuevo gobierno que viene. El resto es música, aunque se escriba bien en relatos y columnas.

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