¿Una DANA chilena? El peligro de las lluvias cálidas en la zona central
Tras inundaciones y precipitaciones en pleno verano, expertos advierten que gran parte del territorio enfrenta un clima cada vez más inestable, con calor, alta humedad y posibles fenómenos con consecuencias catastróficas.
Después de tormentas, inundaciones, remociones de tierra y humedades en alza, la sensación térmica de la última semana en la zona central del país dejó dudas y lecciones de cómo el clima podría estar cambiando para los próximos años. Si bien las olas de calor y las temperaturas extremas no se han ido, estas fluctuaciones, que incluyen precipitaciones cálidas y alzas en la humedad, muestran que el panorama climático está a punto de cambiar.
La zona central de Chile está experimentando eventos que ya no se manifiestan solo en proyecciones de largo plazo, sino en eventos concretos que tensionan ciudades, infraestructura y sistemas de gestión del riesgo.
A la sequía estructural que ha marcado la última década se suma ahora un fenómeno que puede ser contradictorio: lluvias intensas y concentradas en períodos cortos durante el verano, acompañadas de olas de calor cada vez más frecuentes. De hecho, Senapred declaró alerta amarilla para hoy en varias regiones por este motivo, considerando que hay comunas donde el calor podría alcanzar los 37° C.
Los recientes episodios de precipitaciones en la Región Metropolitana, con inundaciones severas en Maipú, ilustran cómo el clima está cambiando no solo en promedio, sino también en su variabilidad y comportamiento extremo.
Para la geóloga Francisca Roldán, académica de la UC del Norte, estos eventos están estrechamente ligados a una transformación de los patrones históricos que sustentaban los modelos de pronóstico. “Las estadísticas que hemos tenido históricamente quizás están cambiando un poco en la actualidad, y por lo tanto, los modelos predictivos que tenemos están cambiando las condiciones para preverlas con una precisión alta”, explica.
En Chile central, el verano ha sido tradicionalmente sinónimo de estabilidad atmosférica, pero esa regla se está debilitando. Las llamadas bajas segregadas, también conocidas en Europa como DANA, están apareciendo con mayor frecuencia, generando tormentas convectivas de alta intensidad en cortos períodos de tiempo. Según Roldán, se trata de lluvias “bastante especiales”, asociadas a sistemas frontales cálidos y, eventualmente, a ríos atmosféricos, capaces de provocar colapsos rápidos en los sectores urbanos.
“El problema es que los planes de aguas lluvia están preparados para lluvias menos intensas, pero más prolongadas”, advierte.
Ese fue el escenario observado en Maipú, donde una precipitación extremadamente localizada fue suficiente para inundar barrios completos y dejar en evidencia debilidades estructurales acumuladas por décadas, con más de 1.100 hogares afectados.
René Garreaud, subdirector del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), detalla que para que se produzcan estas tormentas se requieren dos ingredientes clave: humedad y ascenso del aire. “En este caso, el ascenso lo produjo la famosa baja segregada, y el otro elemento importante fue el contenido de vapor, que estuvo muy por encima de los valores típicos de verano”, señala. A diferencia de los sistemas frontales de invierno, estas tormentas se desarrollan en condiciones altamente inestables, con aire cálido en superficie y aire frío en altura, lo que potencia movimientos verticales violentos y precipitaciones intensas.
El aumento de la temperatura es otro factor central. Raúl Cordero, climatólogo de la Universidad de Santiago, subraya que el cambio climático tiene en la zona central un doble efecto estival: más calor y más días con bajas segregadas. “El cambio climático a nosotros nos roba precipitaciones en invierno, pero las precipitaciones en verano aumentan”, explica.
Las lluvias estivales, aunque menos frecuentes, son mucho más peligrosas por su capacidad de generar aluviones, remociones en masa e inundaciones súbitas.
Ciudades vulnerables
El caso de Maipú es ilustrativo de cómo el cambio climático interactúa con problemas urbanos históricos. Un informe técnico de la municipalidad confirmó que las inundaciones que afectaron a miles de personas responden a una “deficiente o casi nula red de colectores de aguas lluvia”. La comuna, ubicada al poniente de la cuenca de Santiago, recibe cerca del 80% de las aguas lluvia provenientes de grandes cauces metropolitanos, sin contar con infraestructura suficiente para absorber esa carga hídrica.
“La condición topográfica del sector poniente se vio desfavorecida, además, por la construcción de la Ruta 78, que actúa como un dique”, detalla el informe. Sectores como Pehuén, El Abrazo, Los Héroes y el entorno del Templo Votivo concentraron las mayores afectaciones. Más allá de un evento puntual, los especialistas coinciden en que el país enfrenta una creciente incertidumbre climática. Según Roldán, existe un rezago de Chile en prevención ante amenazas hidrometeorológicas. “Hemos avanzado mucho en sismos y volcanes, pero nos hemos quedado tremendamente atrás en inundaciones, aluviones y remociones en masa”, afirma.
El cambio climático en la zona central no solo redefine el régimen de lluvias. También tiene implicancias sanitarias. Luis Pizarro, director ejecutivo de la ONG DNDi, advierte que el aumento de la temperatura y la humedad crea condiciones favorables para insectos que transmiten enfermedades severas, como el mosquito Aedes aegypti que infecta dengue, encontrado hace unos días en el Aeropuerto de Santiago. “El riesgo de que haya contagios de dengue en Chile es real y es algo que va a ocurrir. La pregunta es cuándo”, señala.
Los expertos coinciden en que estos fenómenos no son anomalías aisladas, sino señales consistentes de un clima en transición. La magnitud de sus impactos dependerá, en buena medida, de cuánto y cómo el país decida anticiparse: invirtiendo en ciencia y tecnología, actualizando su planificación urbana y abandonando, según advierte Roldán, una lógica reactiva que ya no es compatible con el clima del siglo XXI.
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