Columna de Daniel Matamala: El mismo barco

Este barco llamado Chile hoy es más pobre, y sus pasajeros también: tienen menos trabajo y menos ahorros que cuando la pandemia comenzó a golpearnos, en marzo. Para unos pocos, en cambio, este fue un año lucrativo



En abril, el presidente Piñera destacaba que “todos los chilenos estamos en el mismo barco. Todos tenemos que unirnos para enfrentar estas aguas turbulentas con seguridad, y llevar a este barco a buen puerto”.

En septiembre, la metáfora se repetía. “Esta pandemia nos ha enseñado una vez más que nadie puede salvarse solo, que todos vamos en el mismo barco y sólo si remamos unidos, llegaremos a buen puerto”, decía el Presidente.

La tormenta es tremenda. Nuestra economía se contrajo cerca de 6% en 2020, la mayor caída desde 1982. Y los chilenos viven la peor crisis socioeconómica en una generación. Según la Encuesta de Empleo de la Universidad Católica, en el invierno el desempleo real llegó al 31%, sumando cesantes, inactivos por la crisis y sueldos suspendidos: unos 2,7 millones de personas en total. El INE cifra en cerca de 1 millón los empleos que aún no se recuperan.

Los chilenos sobrevivieron con sus propios ahorros: tras los dos retiros, cerca de 4 millones de trabajadores quedaron con sus cuentas para la jubilación vacías.

Este barco llamado Chile hoy es más pobre, y sus pasajeros también: tienen menos trabajo y menos ahorros que cuando la pandemia comenzó a golpearnos, en marzo.

Para unos pocos, en cambio, este fue un año lucrativo. Según el Diario Financiero, los seis chilenos que eran parte de la lista de multimillonarios de Forbes 2020 (publicada el 18 de marzo) aumentaron notablemente su riqueza.

Este es un fenómeno mundial. Forbes estima que los 2.200 mayores multimillonarios terminaron el año un 20% más ricos que cuando empezaron, sumando 1,9 billones de dólares adicionales a sus bolsillos, mientras el planeta en que viven sufría su peor catástrofe económica en casi un siglo, con una caída del PIB mundial de 4%.

Y en Chile esta tendencia se agrava por dos particularidades: la concentración de la riqueza, y la falta de legitimidad de nuestros multimillonarios.

La desigualdad de Chile es un caso extremo. Según la World Inequality Base, el 1% más rico se lleva el 27,8% del ingreso, lo que nos pone, junto con México, como los campeones de la desigualdad en el hemisferio occidental, y muy lejos de países con un PIB per cápita similar al nuestro, como Uruguay (16,9%) o Kazajistán (12,7%).

A ello se suma la falta de legitimidad de esas fortunas. A nivel mundial, los dos mayores billonarios son también los dos que más ganaron en 2020: el fundador de Amazon, Jeff Bezos; y el creador de Tesla, Elon Musk. No es difícil entender por qué: más allá de lo que cada uno opine de estos controvertidos personajes, ambos son innovadores cuyos emprendimientos están cambiando la faz de la economía, en el comercio online (Amazon) y la electromovilidad (Tesla).

Entre nuestros multimillonarios, en cambio, no hay ningún Bezos ni ningún Musk.

Lidera la familia Luksic (listada a través de su matriarca Iris Fontbona), cuya fortuna, centrada en el cobre, casi se duplicó, pasando de US$ 10.800 millones al inicio de la pandemia en Chile, a US$ 19.800 millones al terminar el año. Para dimensionarlo: con lo que solo una familia ganó desde marzo, se podría haber pagado íntegro el segundo retiro de las AFP. O se le podría haber enviado un cheque por 1 millón de pesos a cada hogar de Chile.

Segundo aparece Julio Ponce, quien más que dobló su fortuna durante la pandemia, pasando de US$ 1.700 millones a US$ 3.500 millones. Controla el litio, privatizado en la dictadura de su exsuegro Pinochet, y se benefició de utilidades fraudulentas en el Caso Cascadas. Esta semana, el ministro de Hacienda reconoció que Ponce “en Estados Unidos estaría preso, sin ninguna duda”.

Tercero está Sebastián Piñera y su familia, cuya fortuna, administrada por fideicomisos, creció de US$ 2.600 a US$ 2.900 millones.

Luego aparece Roberto Angelini, cuya riqueza aumentó de US$ 1.300 millones a U$1.700 millones, mientras su empresa Corpesca era condenada por coimear a parlamentarios.

También aumentaron sus patrimonios Álvaro Saieh, dueño entre otras empresas del diario La Tercera; y el inversionista radicado en Hong Kong Jean Salata.

¿Cómo podemos hablar del “mismo barco” cuando las seis mayores fortunas del país, lejos de sufrir el temporal, se benefician de él?

En otras latitudes, ese debate está en el corazón de esa élite. En julio, 84 ultrarricos firmaron “Millonarios por la Humanidad”, para solicitar “a nuestros gobiernos que nos aumenten los impuestos. Inmediatamente. Sustancialmente. Permanentemente”. Desde entonces, otros como Bill Gates y Warren Buffett han pedido lo mismo. El FMI urge aplicar “impuestos más altos para los grupos más acaudalados y las empresas más rentables” para enfrentar la crisis.

Pero este debate no existe entre nuestros multimillonarios. Y a los números se suman símbolos irritantes. ¿Qué señal se da cuando se prohíbe viajar a Cartagena y Los Ángeles, región del Biobío, pero en cambio se le pone alfombra roja al turismo a Cartagena de Indias o Los Ángeles, California? ¿Cuándo se permite turistear en Dubai, y en cambio se prohíbe salir a un parque en fin de semana? ¿Es equitativo cerrar el Metro a las 20 horas a los trabajadores que tratan de volver a sus casas? ¿Ayuda a la cohesión social que la Primera Dama (y parte de la tercera familia más rica de Chile) vaya de vacaciones a Miami, mientras miles de familias deben guardar cuarentena los sábados y domingos en sus hacinados departamentos?

Y todo esto, en un año en que las muertes fueron un 49% más que lo normal en Alto Hospicio, un 47% en San Ramón, y un 46% en La Pintana, contra sólo 9% en Providencia y 16% en Vitacura.

Cuando las ganancias, los privilegios y hasta las muertes se distribuyen tan desigualmente, ¿estamos en el mismo barco? ¿Remamos unidos? ¿Nadie puede salvarse solo? Por favor.

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