Eutanasia: ¿Quiénes sobran?

Imagen referencial.

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Esta columna fue escrita junto a Pablo Valderrama, Director ejecutivo Idea País.

Habiéndose instalado la discusión sobre la eutanasia en Chile, vale la pena revisar qué han dicho los estudios y casos particulares en el mundo. En 2007, se publicaba en la revista Palliative Medicine que la percepción de sentirse una carga para otros -ya sea la familia, cuidadores u otros-, influye notablemente sobre las decisiones que se toman al final de la vida y, por ende, sobre la solicitud de eutanasia. Para llegar a esta conclusión revisaron sistemáticamente datos recopilados durante un período de 20 años. En 2012, en Nueva Zelandia, una encuesta cualitativa (Malpas et al.) titulada "No quiero ser una molestia bajo ninguna circunstancia", arrojaba las mismas conclusiones. En 2014, datos empíricos esta vez recolectados en Oregon (EE.UU.) mostraban que el 40% de quienes eligieron el suicidio médicamente asistido lo hacía porque tenían la percepción de ser una carga para sus familiares.

Anteriormente, también en Oregon, la eutanasia ya había sido tema: en 2009, en vez de otorgarle tratamientos a Barbara Wagner y a Randy Stroup por el cáncer de pulmón y de próstata que cada uno padecía, el Estado ofreció pagarles el suicidio asistido. "¿Cómo podrían no pagar los medicamentos que ayudarían a mi vida y, sin embargo, ofrecer pagar para terminar con mi vida?", dijo Stroup a The Telegraph.

Un caso más reciente es el de Sean Tagert. 41 años, canadiense, enfermo de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), quien desde 2017 dependía de un ventilador y de asistencia médica 24 horas. Sean había solicitado los fondos públicos para mantenerse en casa y no ser internado en una institución que lo privaría de ver a su hijo de 11 años. Obtuvo un financiamiento por 20 horas diarias de cuidados paliativos en su hogar. Esas cuatro horas de diferencia -263 dólares por día-, representaban una suma de la que esta familia carecía. Su muerte por medio de asistencia médica conmocionó a Canadá. La activista por los derechos de las personas con discapacidad, Heidi Janz escribió: "La única razón por la que Sean Tagert murió es que, a pesar de todo lo que se habla de "inclusión" en Canadá, fue marginado y, en definitiva, desechado…" (CBC News).

Como se ve, dos son los elementos comunes en cada una de estas investigaciones y casos reales: la vulnerabilidad y el incentivo a optar por la muerte. El primero de ellos se explica por el padecimiento de una grave enfermedad, o por no contar con los recursos suficientes para financiar sus tratamientos; y el segundo, por la presión social al que están afectos y por el descarte que la autoridad política realiza sobre ellos. El peligro que corren los más vulnerables es grande: su muerte se presenta como una alternativa de alivio para su entorno y la opción más rentable para un Estado disfrazado de inclusivo. Frente al derecho de algunos de solicitar la muerte, otros deben demostrar por qué quieren seguir viviendo. Paradójico, al menos, ya que en un país inclusivo nadie sobra. O al menos, nadie debería sobrar.

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