"Hasta el Piketty"

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Gerardo Varela, ministro de Educación.



Hace un par de años, frente a la visita del economista francés, el hoy ministro de Educación Gerardo Varela se preguntaba con perspicaz y elegante ironía si es que estábamos o no "hasta el Piketty". Su tesis era que carecía de interés criticar las dinámicas capitalistas, porque nunca habíamos estado económicamente mejor. Harder, better, faster, stronger.

Esto me volvió a la mente leyendo a Terry Eagleton, un marxista irredento. Recordé que ser de izquierda antes se trataba de "combatir al capital", porque se suponía que sus dinámicas terminarían licuando la vida humana, reduciéndola a una mercancía amorfa y desechable, siempre funcional a la acumulación capitalista. Esta idea quedó a maltraer luego de que el comunismo se dedicara a degradar la vida humana. Pero el punto nunca se disolvió, tal como atestiguan Orwell, Weil, Camus o el más reciente Byung-Chul Han.

Con esto en mente, traté de evaluar nuestra situación política. Especialmente la de la izquierda. ¿Es hoy una fuerza de resistencia, o al menos crítica, frente al capital? Muchos dirán que sí. Que si la derecha dice "mercado", ellos dicen "Estado" y "derechos". Y "el legado". Sin embargo, ni el Estado ni los derechos individuales son enemigos del capital. Son claves para estabilizar su reproducción (eso es lo que a Polanyi se le fue en "La gran transformación").

Que hoy las únicas críticas al sistema político y económico imperante sean articuladas en el lenguaje de los derechos individuales refleja justamente el éxito de ese sistema (punto para Carlos Peña). La respuesta sistémica es lógica: nos encantaría, pero hay que financiarlo. En la medida que crezcamos, avanzamos. Por eso no es raro que Varela se haga cargo de la gratuidad. Ya que la crítica no es de fondo, el debate se reduce a un problema técnico. El liberalismo progresista, que tiene como horizonte una sociedad de individuos soberanos vinculados entre sí exclusivamente por un Estado que asegure sus condiciones de soberanía individual (de selección y consumo del propio ser), en ningún caso, si se aplica con racionalidad económica, entorpece la reproducción del capital, sino al contrario. Y ser de izquierda hoy en Chile es, como sus prioridades políticas nos aclaran, ser un liberal progresista.

La verdad, entonces, parece ser que la "época de los grandes consensos" no se ha ido. Se ha movido. Una variación más dentro del concierto del fin de la historia (a la Kojéve). Y la izquierda ha quedado peor parada. La derecha capitalista ha vuelto al poder, y ya no necesita a la izquierda para montar el espectáculo de la "agenda valórica".

Tiene ahora sus propios liberales progresistas, y puede reclinarse ya sobre tesis conservadoras o nacionalistas, ya sobre tesis progres o cosmopolitas, según le convenga. Varela, entonces, acierta en algo: es la izquierda la que está "hasta el Piketty". No el capital, que goza de buena salud y ya está vitrineando otros planetas para expandirse una vez que se gaste el nuestro, mientras todos aplaudimos.

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