La compleja batalla contra la baja participación



Por Javier Sajuria, profesor de Ciencia Política, Queen Mary University

Como después de toda elección, ha vuelto a la carga la discusión sobre el voto obligatorio. En ese contexto, hemos visto cómo aparecen distintos artículos en medios sobre quiénes son los que se abstienen y por qué no participan de las elecciones. Se habla de ese grupo como una especie de bichos raros, alejados de los parámetros normales de la sociedad. Cunden teorías que mezclan anomia con egoísmo e individualismo. Sin embargo, considerando la participación de las últimas elecciones (incluido el plebiscito), quizás sea hora de asumir que el grupo que se comporta de forma extraña es, precisamente, el que vota. Asimismo, la decisión de implementar el voto obligatorio requiere cuestionarse sobre si es la solución correcta a un problema complejo.

Lo primero es aclarar que el voto obligatorio sí aumenta la participación. La evidencia internacional es bastante consistente al respecto y muestra que, en aquellos casos en que es posible comparar, el voto obligatorio sí genera un aumento en el porcentaje de votantes. Lo más interesante es que ese aumento también ocurre en aquellos casos en que las sanciones por no votar son nimias o inexistentes. Pero también es importante mencionar que las tasas de participación han caído en todo el mundo, en igual medida entre países con voto voluntario y países con voto obligatorio. La participación electoral está a la baja y Chile no es una excepción.

En ese escenario, algo sabemos sobre quienes votan y quienes no en Chile. Por ejemplo, gracias a Bunker y Brieba sabemos que hay un cierto sesgo de clase, pero que es distinto en zonas urbanas y rurales. Visconti nos muestra que los votantes son más ideológicos que los no votantes, mientras que Lindh, Fábrega y González nos permiten complementar esa observación diciendo que los votantes son, además, más polarizados. Pero sin duda lo más interesante está en los hallazgos del trabajo doctoral de Federica Sánchez Staniak, que nos enseñan que los no-votantes son un fenómeno multicausal, que se mueve entre la apatía con un sistema en el que no confían y con el que no están satisfechos, y la conformidad con el mismo.

Y así como el fenómeno tiene muchas causas, es poco razonable creer que el voto obligatorio sea una bala de plata que las aborde a todas. La obligación de votar puede, efectivamente, aumentar los números en las urnas. Pero no basta para eliminar la desconfianza y malestar que ronda en la mayoría de la población. Al revés, implementarlo sin hacer otros cambios puede tener efectos aún más negativos.

Para hacernos cargo de los problemas de fondo de participación política en Chile necesitamos más investigación, con datos disponibles y recursos públicos que permitan generar información constante sobre quienes se sienten parte del sistema y quienes son excluidos. Necesitamos reforzar los valores democráticos en el sistema educativo, así como inculcar hábitos de participación. Necesitamos mecanismos de participación incidente que permitan que la ciudadanía se active entre elecciones. El voto obligatorio por sí solo nos puede, en el mejor de los casos, comprar más tiempo.

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