Seamos inmortales, pero por un tiempo limitado




En los últimos días hemos sido testigos de cómo autoridades y medios de comunicación han abordado desde distintos puntos la longevidad del ser humano. Hace muy poco conocimos una investigación de la empresa de biotecnología Gero, junto al centro Park Comprehensive, que señalaba que la capacidad de recuperación del cuerpo humano tiene como punto crítico la edad de 150 años. Paralelamente, la economista y presidenta de las AFP usó algunos ejemplos, donde sugirió que el trabajo remunerado podría mantenerse más allá de los 100 años. Esto en el contexto actual, es a lo menos complicado.

Hagamos un poco de historia. La persona más longeva del mundo fue la francesa Jeanne Calment, quien murió en 1997 a los 122 años y 164 días.

Jeanne Calment, junto a su familia. Foto: Reuters

En nuestro país, Celino Villanueva falleció en 2018 a los 121 años, una marca que lo convirtió en la segunda persona más longeva registrada en el libro Guinness. Desgraciadamente, nunca se pudo demostrar administrativamente que esa fuera su edad. En el mundo, la proporción de centenarios –aquellas personas que viven 100 años o más– ha crecido persistentemente, y en la actualidad se estima que cerca de medio millón de personas componen este grupo.

No sólo eso; se proyecta que para 2050 cerca de 3,2 millones de habitantes en el planeta sobrepasarán el siglo de edad. Aunque esta cifra podría considerarse elevada, la estimación de la población mundial para el mismo año arroja que seremos 9,74 mil millones de personas. Así, pues, la proporción de centenarios, no obstante su crecimiento, seguirá siendo baja.

La preocupación por extender la duración de la vida ha acompañado a la humanidad desde sus inicios. Entre los siglos XVI y XVIII, la motivación principal fue extender la vida y su vitalidad tanto como fuera posible. A partir del siglo XIX, el objetivo ya no es sólo vivir más, sino conocer qué podemos hacer para vivir más sanos y en plenitud. Con todo, la pregunta sobre si existe un límite para la vida humana sigue sin tener una respuesta categórica.

A finales de mayo, se publicó un informe, liderado por Peter Fedichev del Instituto de Física y Tecnología de Moscú que, a través del modelamiento matemático de datos biológicos públicos recogidos en Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia, determinó que los humanos no podríamos vivir más allá de los 150 años, estableciendo un rango de vida máxima entre los 120 y 150 años.

El estudio consideró dos parámetros fundamentales obtenidos en más de 500.000 personas: los cambios en ciertos tipos de células sanguíneas como parámetro biológico y el número de pasos que los individuos daban cada día como parámetro de estilo de vida.

El modelamiento de los datos demostró que la capacidad de los individuos para recuperarse de algún estímulo nocivo sobre el cuerpo tiende a ser más lenta a medida que envejecemos, y propone que en el rango entre 120 y 150 años esta capacidad sería virtualmente inexistente.

Los autores concluyen que la ausencia de esta capacidad de respuesta o restauración de las propiedades fisiológicas de un organismo inexorablemente se equipara con la existencia de un límite biológico para la vida humana.

El rango descrito en este artículo está en la línea de un estudio epidemiológico muy completo, liderado por Jan Vigt del Albert Einstein College of Medicine, publicado unos años atrás, en el que se siguieron las series demográficas de 40 países. Los resultados evidenciaron que hasta la década de los 90 del siglo pasado hubo una tendencia a aumentar la edad máxima de vida en virtualmente todos los países con registros epidemiológicos. Sin embargo, a partir de esa fecha, la tendencia no sólo dejó de ser incremental, sino que comenzó a revertirse.

Utilizando los datos de vida máxima en EEUU, el Reino Unido, Japón y Francia, los países con mayor cantidad de centenarios reportados, el grupo de Vigt estableció que el límite para la edad de los humanos sería de 125 años. Ambos estudios, además, confirman la ley de Gompertz que establece que después de alcanzar la tercera década de vida, la probabilidad de morir por causas naturales se duplica cada ocho años.

Una madre y su hija en la tumba de un ser querido, víctima del coronavirus, en el cementerio Parque Taruma, en Manaos. Foto: Reuters

Una dimensión interesante de esta discusión es que ambos estudios dan cuenta de las lecciones que podemos sacar respecto de lo que sabemos hoy, a partir del conocimiento y avance de la Ciencia acumulado hasta el día de ayer. Para quienes nos dedicamos a investigar el envejecimiento esto es tremendamente relevante, puesto que los adelantos científicos ocurridos en la última década, como la capacidad de reprogramar células (Premio Nobel Medicina 2012 para Sir John Gurdon y Shinya Yamanaka) y de editar genes (Premio Nobel de Química 2020 para Emanuelle Charpentier y Jennifer Doudna), ofrecen al menos en teoría la posibilidad de modificar las trayectorias de envejecimiento de los seres humanos.

Adicionalmente, existen numerosos estudios, sobre todo en modelos animales, que demuestran que intervenciones farmacológicas o de cambio de hábitos, como la nutrición y el ejercicio, afectan las bases moleculares fundamentales que han sido adscritas como los motores del envejecimiento a nivel celular. Es posible que el mayor exponente de este grupo sea el informático devenido en gerontólogo Aubrey de Grey quien postula que los humanos podremos en algún momento alcanzar la inmortalidad.

Si bien esta discusión posiblemente seguirá desarrollándose por mucho tiempo, nutriéndose de datos cada vez más sofisticados como el reloj epigenético de Horvath, es necesario hacerse las siguientes preguntas: ¿Cuál será la nueva búsqueda de la fuente de la eterna juventud? ¿Será suficiente enfocar nuestros esfuerzos en incrementar la vida de los humanos? ¿O deberíamos trabajar para que nuestra vida, independiente de su duración, nos permita mantener las capacidades que teníamos cuando éramos más jóvenes?

Ciertamente este problema parece ser crítico en nuestro país, ya que las condiciones de las personas mayores para enfrentar la vejez son tremendamente difíciles desde cualquier dimensión de análisis que se utilice: económica, social, médica, afectiva, etc. Sin lugar a dudas, estamos ante el más fundamental de los nudos que como país debemos desatar. ¿Cómo las trayectorias de vida de los chilenos van a ser acompañadas por el Estado para permitir que la última parte de nuestras vidas no sea sinónimo de deterioro, pérdidas y olvido? La canción Forever Young de Alphaville, una banda ochentera, nos interpela al preguntarnos: “¿De verdad quieres vivir para siempre?”. Sigamos buscando la mejor respuesta.

*Director del Centro de Gerociencia, Salud Mental y Metabolismo (GERO)

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