Estudio advierte que el mundo de la inteligencia artificial se divide en dos y obliga a elegir bando
Un reciente informe de Boston Consulting Group detalla cómo Estados Unidos y China están diseñando ecosistemas de IA incompatibles, transformando la carrera tecnológica en una “guerra fría digital” que no deja espacio para neutrales.
Así como alguna vez la carrera armamentista dividió al planeta en dos trincheras, hoy la disputa por la inteligencia artificial mutó. Dejó de ser una competencia entre laboratorios y empresas emergentes para convertirse en una descarnada pugna geopolítica.
Así lo señala el informe “La gran fractura: cómo Estados Unidos y China están dividiendo el mundo de la IA”. Elaborado por Boston Consulting Group (BCG), advierte por la distancia entre Silicon Valley y Shenzhen. Según BCG, ambas potencias construyen ecosistemas tecnológicos totalmente incompatibles, y lo que parecía una maratón de innovación abierta es ahora una fractura estructural del orden tecnológico global.
Según el estudio, la dinámica parece ser clara. Estados Unidos mantiene una contundente ventaja en talento y capital. China, en contraste, acelera a fondo para integrar la IA en su economía real. El resultado es que el resto del mundo no podrá transitar por ambos caminos al mismo tiempo.
Mismo objetivo, dos trincheras irreconciliables
Aunque Washington y Beijing coinciden en que dominar la IA es el pilar del poderío nacional, el análisis de BCG desnuda una estrategia de separación total. Cada bloque diseña su propio andamiaje tecnológico. La meta es depender lo menos posible del rival.
Estados Unidos saca músculo financiero e intelectual. China prefiere el papel de “seguidor rápido”. Aprovechan la base construida por otros para acortar distancias a un costo ínfimo y apuestan por la adopción masiva en su aparato productivo.
“La IA ya no es algo por lo que los países compiten, sino algo con lo que compiten”, explica Julián Herman, Managing Director Partner de BCG. El experto detalla que la carrera dejó de ser puramente tecnológica para volverse geopolítica.
“Solo EE.UU. supera los 50 GW en capacidad de centros de datos, más que China y la Unión Europea juntas. Esa infraestructura se ha convertido en una herramienta de poder que obliga a otras potencias a definir su posición”, sentencia.
En Estados Unidos y China, a nivel de modelos, los sistemas más avanzados de una superpotencia no están disponibles para los clientes de la otra o están sometidos a un escrutinio político cada vez mayor.
En la nube, el mercado está dominado por empresas estadounidenses, con mínima participación de proveedores extranjeros. A nivel de chip, una empresa que desarrolla software con la tecnología CUDA de NVIDIA, no puede solucionar sus problemas con los chips Ascend de Huawei, porque la mayor parte del código de producción requerirá modificaciones para funcionar con el software CANN de Huawei.
El caso de Apple grafica esta bifurcación mejor que cualquier métrica. Para las grandes tecnológicas que operan en China, adoptar plataformas separadas se ha convertido en un imperativo existencial, como lo demuestra la asociación de Apple con Alibaba para Apple Intelligence en China, mientras que su colaboración con OpenAI está disponible en todos los demás mercados.
Un castillo de naipes
En Occidente, las fichas se mueven con flujos millonarios. Desde 2024, Estados Unidos ha cerrado acuerdos por más de US$ 1,5 billones entre laboratorios de desarrollo, fabricantes de chips, gigantes de la nube y firmas de inversión. Es una telaraña que une a todos los pesos pesados de la industria.
BCG advierte que esta misma red concentra un riesgo: un solo traspié financiero o una falla en el suministro de un actor central podría desatar un efecto dominó en todo el ecosistema.
Pese a las advertencias, la maquinaria estadounidense no frena. El gasto en infraestructura tecnológica de las corporaciones norteamericanas rebasó los US$ 400.000 millones en 2025. Esa cifra sextuplica la inversión china y proyecta alcanzar los US$ 800.000 millones en 2026.
Mientras Estados Unidos empuja la frontera del conocimiento puro, China corre por la eficiencia. Kimi K2.6, el modelo estrella de la firma asiática Moonshot, funciona a un costo de US$ 1,71 por millón de tokens. Es una minúscula fracción de los US$ 11,25 que exige GPT-5. Esto es posible gracias al uso agresivo de modelos de código abierto y pesos liberados. Hoy, China agrupa casi un tercio de las publicaciones científicas sobre IA más citadas a nivel mundial y encabeza el registro de patentes.
A nivel doméstico, la ambición es total. Las proyecciones indican que el gigante asiático procesará más de la mitad de los tokens de IA globales en el segundo trimestre de 2026, a pesar de tener solo el 17% de la población del planeta.
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