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IA Agéntica: la energía del siglo XXI

El autor y Chief Digital Evangelist de Salesforce, Vala Afshar, explica en su columna cómo la IA Agéntica redefine la productividad y el futuro del trabajo en el siglo XXI.

IA Agéntica: la energía del siglo XXI

Cada generación tiene una energía que redefine su destino. Así como la electricidad redefinió el siglo XX, la inteligencia artificial agéntica comienza a redefinir el siglo XXI: no sólo como tecnología, sino como una nueva energía productiva capaz de elevar el trabajo humano, transformando economías, organizaciones y equipos de trabajo.

El salto de la IA generativa a la IA agéntica marca un cambio decisivo para empresas, gobiernos y organizaciones. La primera nos permitió crear, resumir, traducir, escribir código o analizar información a partir de instrucciones humanas. La segunda va un paso más allá: un agente autónomo no es simplemente una aplicación ni un asistente que responde preguntas, sino un sistema capaz de razonar, percibir, actuar dentro de flujos de trabajo complejos, ejecutar tareas sin supervisión permanente y mejorar con cada interacción.

Estamos ante el paso de una IA que asiste a una IA que actúa, desde una herramienta que responde a una fuerza laboral digital que colabora con las personas para resolver tareas, mejorar procesos y elevar el impacto del trabajo humano.

Este año vi en Chile un país que no solo habla del futuro, sino que ya está construyendo parte de él. Lo hace a través de un ecosistema empresarial que comienza a dar el salto hacia la IA agéntica. Un ejemplo es Grupo Falabella, referente global desde Sudamérica, que ha incorporado agentes autónomos para relacionarse de manera más directa, rápida y resolutiva con sus 36 millones de clientes. Sus resultados muestran el potencial de esta transformación: las conversaciones crecieron tres veces en solo tres meses, con 2,5 millones de llamadas mensuales a modelos de lenguaje, y el 60% de las consultas por WhatsApp se resolvió de forma autónoma.

Esos ejemplos conviven con un país que apuesta por la innovación y el talento, e impulsa industrias estratégicas como las energías renovables, la electromovilidad y la minería del futuro. Esa combinación ubica a Chile en una posición privilegiada: ya entiende el valor de la energía limpia y hoy tiene la oportunidad de liderar también en la nueva energía productiva de nuestro tiempo.

Pero este viaje no se trata únicamente de transformación tecnológica. Se trata, sobre todo, de transformación relacional. Cuando una empresa diseña un proceso e incorpora agentes de manera responsable, libera tiempo, energía y creatividad humana. Las personas pueden dejar atrás tareas repetitivas o de bajo valor para concentrarse en aquello que solo los humanos pueden hacer mejor como imaginar, empatizar, liderar, construir confianza.

Ese será el verdadero darwinismo digital de esta década. Las organizaciones que combinen inteligencia humana con agentes de IA serán más rápidas, cercanas y resilientes. Las que no lo hagan corren el riesgo de avanzar hacia la irrelevancia.

En este contexto, Chile tiene una oportunidad única, usar la inteligencia artificial para acelerar su productividad, mejorar experiencias y construir relaciones más saludables entre empresas, trabajadores, clientes y ciudadanos. La pregunta es qué países tendrán la ambición de diseñar este cambio con propósito. Chile puede ser uno de ellos si logra unir esfuerzos para elevar el potencial de las personas y ser un país protagonista de una nueva primavera tecnológica.

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