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Chiloé, la isla que no cedía: a 200 años del último acto de la independencia

En enero de 1826, tras años de resistencia, derrotas y negociaciones fallidas, Chiloé cayó en manos patriotas. A dos siglos del hito, historiadores revisan la campaña que cerró definitivamente la independencia de Chile; la fuerte presencia indígena, la presión de Simón Bolivar y las dificultades propias de una nación en ciernes.

Ilustración: Sandro Baeza

Apenas entró al campamento del general Ramón Freire, la tarde del 15 de enero de 1826, el comandante de milicias Antonio Manuel Garay, entregó un oficio. Estaba firmado de puño y letra del gobernador realista Antonio de Quintanilla. Este se había retirado al interior de Chiloé, a la zona de Tantauco, con las pocas fuerzas que había logrado salvar tras la contundente derrota que había sufrido en las acciones de Pudeto y Bellavista.

Quintanilla, un cantábrico de carácter moderado, había conseguido escapar pero estaba lejos del sosiego. A pesar de su empeño de intentar una retirada en orden, los desesperados milicianos chilotes arrojaban sus armas para entregarse a los chilenos. Otros arrancaron para esconderse a la ciudad de Castro o a los villorrios dispersos en la isla. Ahí comprendió que no tenía más opción. “Convencido de que ya no era posible prolongar la contienda, quiso al menos obtener una ventajosa capitulación”, detalla Diego Barros Arana en su fundamental Historia General de Chile. Así tomó la iniciativa y envió a Garay con un oficio proponiendo a Freire el alto al fuego y la apertura de las negociaciones para firmar la rendición. La última posesión de la corona española en América había caído.

El campamento del ejército chileno fue pura algarabía y se preparó para controlar la ciudad de Ancud. El sargento mayor Guillermo de Vic Tupper, un oficial inglés que desde 1823 había participado en las campañas patriotas, entró a la ciudad con el batallón número 8 al mando del coronel Jorge Beauchef. En su Diario de campaña, rememoró esos días. “Envió Quintanilla un parlamentario. Se le prometieron cuatro días de suspensión del fuego. En ese plazo entró el ejército a San Carlos y encontramos allí muy pocos habitantes, pero fueron retornando gradualmente”. En efecto, los pobladores habían dejado la ciudad por miedo a las represalias, pero Freire ordenó a sus tropas recibirlos sin venganzas. Mientras, se negociaba el tratado de Tantauco el que se firmó el 19 de enero. La bandera de la estrella solitaria flameaba al viento austral.

Aunque el país había proclamado su independencia en febrero de 1818, el archipiélago de Chiloé se había mantenido irreductible al poder patriota. Desde el período colonial dependía directamente del Virreinato del Perú, por lo que sus autoridades no dudaron en proporcionar tropas y pertrechos a las expediciones realistas que combatieron a los patriotas chilenos desde 1813. De allí a que se hizo indispensable someter el territorio.

El doctor en Historia, Gonzalo Aravena, ha estudiado a profundidad el proceso de incorporación de Chiloé y a propósito del bicentenario del hito, acaba de publicar el libro Chiloé 1826 ¿el último bastión realista o el primer territorio conquistado por la república?(Ediciones 1826). Por entonces, el archipiélago tenía importancia geopolítica. “En ese momento, el proceso de independencia en América del Sur no se consideraba concluido mientras existieran territorios bajo dominio monárquico. Esta convicción estaba presente entre los principales líderes independentistas, incluido Simón Bolívar”, explica a Culto.

De hecho la isla había tenido una participación indirecta en las últimas campañas al sur, entre 1819 y 1824 (período que Vicuña Mackenna llamó “guerra a muerte”), en que las fuerzas patriotas dominaron los últimos focos realistas. El archipiélago funcionaba como una suerte de base de operaciones. “Era de donde el ejército de la frontera, que peleaba contra el ejército de la república, recibía sus pertrechos junto a los aliados indígenas”, apunta el historiador y académico USACH, Cristóbal Garcia-Huidobro.

Además, la población tenía un fuerte arraigo. “La histórica dependencia de Chiloé con Lima, su condición de provincia estratégica y su proyección en las rutas navales australes posibilitaron, entre otros, formar un relato de identidad territorial muy definida”, explica Aravena. Por eso la corona no se resignó a perderla. “Durante años mantuvo la expectativa de recuperar esos territorios”.

Plaza de San Carlos de Chiloé, la actual Ancud, en 1835. Atlas de la Historia Física y Política de Chile de Claudio Gay.

Lo cierto es que la isla estuvo en la mira de los gobiernos patriotas desde el momento de la Independencia. En 1820, tras tomar con éxito la plaza de Valdivia al mando de la escuadra nacional, el siempre intrépido Lord Cochrane, se sintió envalentonado para intentar el asalto del archipiélago. Aunque logró desembarcar en Huechucuicui, se encontró una fuerte resistencia local, incluso con furibundos frailes que con lanza y crucifijo en mano, alentaban a las bisoñas tropas chilotas que lograron resistir y propinarle una impensada derrota.

Al año siguiente, Bernardo O’Higgins probó la vía diplomática e intimó rendición al gobernador Quintanilla, a quien había tratado años antes en Concepción, pero este no cejó. Más aún, tras rechazar la intentona de Cochrane se convenció que la defensa de la isla era posible e incluso entregó patentes de corso a navegantes que ofrecieron sus servicios a la causa del Rey.

En los salones, saraos y tertulias, la situación de la isla grande era parte del comidillo. Más por su vínculo con lo que sucedía en el Perú. En 1823, tras la insistencia de Simón Bolívar, el director supremo Ramón Freire envió una fuerza de unos 2000 hombres al mando del coronel José María Benavente, un antiguo carrerino, la que finalmente no entró en combate y se devolvió.

Como Catón demandando la destrucción de Cartago, en la opinión pública hubo quienes estimaron que esos recursos pudieron emplearse en conquistar el archipiélago. Así se puede leer en el número 11 de El Tizón Republicano, publicado el 12 de mayo de 1823, uno de los periódicos de la época, vendidos habitualmente en librerías y negocios. “Si esas fuerzas se hubieran dirigido a Chiloé indudablemente hubieran sometido a esa provincia, que no es solo el punto de esperanza de algunos cabecillas que aún inquietan nuestras fronteras”.

Ramón Freire y Serrano.

Freire era un personaje particular. “Es uno de los héroes de la independencia, quizás no tan conocido como San Martín, O’Higgins, y otros tantos. Va a estar en el ejército de los Andes, va ser un militar bastante exitoso, a pesar de que no era militar de profesión, era comerciante. Es uno de los arquitectos de la caída de O’Higgins y va a seguir una carrera política muy sinuosa por lo altibajos que va a tener Chile en lo político y lo económico”, explica Cristóbal García-Huidobro.

Tras el regreso de la frustrada expedición de apoyo a Bolívar, Freire se decidió a atacar Chiloé. Habían llegado alarmantes noticias de España; tras el retorno del Rey Fernando VII al trono, circulaban rumores del envío de una fuerza naval al Pacífico, lo que cobró fuerza tras conocerse el motín de la fortaleza del Callao, en febrero de 1824, cuyas unidades se pasaron al bando realista. No se podía esperar más.

La expedición de Freire arribó a la isla en marzo de ese año. A pesar de su empeño, sufrió un revés cuando los milicianos chilotes lograron emboscar y dispersar a las fuerzas patriotas en las ciénagas de Mocopulli. En sus memorias, Guillermo de Vic Tupper, quien fue herido en una pierna y un hombro, apuntó: “A pesar de que habíamos batido al enemigo, nuestras tropas estaban aterrorizadas por la inmensa pérdida que sufrimos entre muertos y heridos”.

En la defensa de la isla el grueso de las tropas era fundamentalmente indígena. “Durante las guerras de independencia fue habitual que los bandos incorporaran milicias indígenas a sus ejércitos. En Chiloé, el gobernador fue particularmente hábil, ya que no solo les reconoció propiedades a comienzos de la década de 1820, sino que también les integró al sistema defensivo”, señala Gonzalo Aravena. “Por ejemplo, en la batalla de Mocopulli, un contingente de volteadores huilliche participó con éxito en la defensa frente a las tropas republicanas”.

Coronel Guillermo de Vic Tupper, óleo de Raymond Monvoisin.

Además del deseo natural defender su tierra, el historiador apunta otras razones. “La adhesión al orden monárquico fue, en muchos casos, una estrategia de continuidad y protección frente a la incertidumbre que representaba la nueva república”.

Pero la estrella de Quintanilla comenzó a apagarse en diciembre de ese año, tras la decisiva victoria de las fuerzas patriotas en la batalla de Ayacucho, la que consolidó la independencia del Perú y de paso, cortó el vínculo del Virreinato con Chiloé. Así quedó aislado y sin más posibilidades de auxilio. Aunque recibió algunos de los sublevados del Callao, pronto los recursos comenzaron a escasear.

Por ello, Bolívar advirtió una posibilidad para conquistar definitivamente la isla, incluso tanteó la chance de preparar una expedición propia. Pero, tuvo la deferencia de escribir al gobierno de Freire. “Le escribe amenazándolo con que si no tomaba cartas en el asunto para tomar Chiloé, y anexarlo a Chile, entonces él iba a mandar tropas para conquistarlo y convertirlo en un enclave peruano”, dice Garcia-Huidobro.

De su lado, Aravena matiza la situación. “La injerencia de Bolívar fue relevante, pero no decisiva por sí sola, y debe matizarse dentro de un conjunto de presiones. Freire necesitaba cerrar definitivamente la guerra y reforzar su liderazgo frente a opositores internos. Tanto las advertencias desde Lima como las supuestas pretensiones británicas o francesas contribuyeron a instalar un escenario de urgencia. Sin embargo, no explican por sí solas la decisión”.

Primera escuadra nacional. Óleo de Álvaro Casanova Zenteno.

Por ello, Freire comprendió que debía preparar una nueva expedición. Y esta vez no podía fallar. El país estaba empobrecido tras años de conflictos, pero echando mano a sus dotes de comerciante, negoció un empréstito con la Chilean Minning Asociation, una compañía minera británica asentada en La Serena, lo que le permitió hacerse de recursos.

La flota al mando del almirante Manuel Blanco Encalada, zarpó en noviembre, y tras recoger tropas en Valdivia, arribó a la isla en enero de 1826. “Aunque la expedición se realizó en pleno verano, la campaña igualmente enfrentó un clima adverso. A ello se sumó una resistencia local conocedora del territorio, lo que dificultó en parte el avance de las tropas chilenas”, explica Aravena.

A diferencia de 1824, las tropas chilotas estaban desmoralizadas ante el creciente desgaste y la conciencia de que su caída era inminente, de hecho, Quintanilla debió sofocar un intento de motín. Por ello, tras un desembarco en la Bahía del inglés, los patriotas comenzaron a ocupar posiciones, hasta vencer definitivamente a las fuerzas realistas en las acciones de Pudeto y Bellavista. “La derrota fue el resultado de una rendición forzada por la realidad histórica -apunta Gonzalo Aravena-. La ausencia de apoyo desde España y la imposibilidad de sostener el conflicto en un escenario continental ya definido, determinó el ocaso del poder real en Chiloé”.

La noticia de la victoria se conoció en Santiago recién a comienzos de febrero. En su portada del día 3 del mismo mes, El Patriota Chileno dio cuenta del hecho y en el estilo de la época, no escatimó elogios al principal líder. “Gracias al ínclito Freire; gracias a este hijo de Marte, ya todas las naciones saludan al pabellón chileno, desde el Cabo de Hornos hasta los confines de los desiertos de Atacama! Gracias a ese hijo feliz de Chile, a ese hijo predilecto de la victoria, desapareció para siempre la lóbrega nube que amenazaba aun este delicioso suelo”.

Fue tal la importancia del hecho, que la ciudad se vio de fiesta, con funciones de teatro y un gran baile organizado por el municipio de Santiago en el café de la nación, lo que se repitió al regreso triunfal de Freire, en marzo. “El carnaval ha sido celebrado este año como nunca. Las máscaras han estado en toda su boga -informó El Patriota Chileno el 14 de febrero-. Atribuimos el número de bailes que han habido a la causalidad de haber llegado la noticia de la memorable victoria de Chiloé”.

Imagen de Manuel Blanco Encalada. "Historia de Chile" de Anson Uriel Hancock.

Aquel fue el momento de gloria de Freire, aunque no por mucho. Las tensiones intestinas volvieron a florecer. “La campaña de 1826 reforzó su liderazgo dentro de un sector de la facción militar republicana -dice Aravena-. Sin embargo, esa legitimación no fue unánime. Otros sectores continuaron apoyando al bando o’higginista, al punto de que en mayo de 1826, en Ancud, apenas meses después de la anexión, se produjo una insurrección con apoyo desde Lima que buscó reinstalar a O’Higgins en el poder. Esto muestra que el éxito, quizás momentáneamente, le fortaleció pero no fue decisivo en las disputas políticas de la época”.

Tras vender los buques de la escuadra para recuperar algo de dinero, Freire acabo renunciando meses después, en julio, dando paso a un nuevo Congreso que intentó un ensayo federal que tuvo como principal consecuencia el nombramiento del primer presidente de la república, el almirante Manuel Blanco Encalada, pero esa es otra historia.

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