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¿Napoleón en Chile? El audaz plan de Lord Cochrane para rescatarlo de Santa Elena

El historiador Cristóbal García-Huidobro rescata la revelación hecha por Vicuña Mackenna sobre la audaz propuesta que buscaba traer al emperador cautivo al Pacífico y los motivos geopolíticos por los que el plan naufragó.

La historia la comentó el historiador Cristóbal García-Huidobro, en su podcast Dato Mata Relato (junto a Nicolás Molina y Gregorio Gárate), que cada jueves hace las delicias de los amantes del pasado. En el cuarto capítulo de la serie de episodios sobre la vida de Napoleón Bonaparte, García Huidobro citó una historia muy poco conocida y de la cual, comentó, existe muy poca información.

Y la historia es esta: Lord Cochrane habría ofrecido al Director Supremo, Bernardo O’Higgins, armar una expedición que recalara en la británica isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur, para rescatar a su cautivo más famoso: el emperador de los franceses Napoleón Bonaparte, con el fin de traerlo a Chile y ponerlo al frente de la Expedición libertadora del Perú.

Consultado por Culto, Cristóbal García Huidobro señaló: “Originalmente Benjamín Vicuña Mackenna publicó la cuestión en una revista llamada La Lectura en 1883, pero fue republicado en 1921 (por los 100 años de la muerte de Napoleón) en la Revista Chilena, de Enrique Matta Vial”.

García-Huidobro añade: “Como se puede ver en el texto publicado por Vicuña Mackenna, hace referencia a una revelación que le habría hecho uno de los ministros de O’Higgins, el ministro Zenteno, a uno de sus hijos en 1850 y que habla de ese gran capítulo que nunca se ha contado de la historia respecto a Napoleón en Santa Elena. Ese es fundamentalmente el origen”.

El texto, publicado en la citada Revista Chilena, dice así: “Paseándose por la solitaria alameda de Concepción el antiguo patriota y fiel ministro del dictador O’Higgins, don Miguel Zañartu, llegado ya a venerable edad, y apoyado en el brazo de su hijo primogénito y de su mismo nombre,(quién, rodeado de justa estimación, aún existe) en un día de 1850, al caer la tarde junto con su vida, que pronto se extinguiera, díjole estas palabras: — ¡Lo que son las cosas del mundo! Cuántos y cuan interesantes volúmenes se han escrito y publicado sobre Santa Elena y la cautividad de Napoleón el Grande! Y sin embargo, no se conoce todavía la página más noble y más romántica de aquella isla y de su fama".

“— ¿Y cuál fué esa, padre? preguntóle el mancebo que todavía recuerda el lance con la viveza de una impresión profunda y duradera".

“—El proyecto atrevido que Lord Cochrane propuso al gobierno del general O’Higgins, para dirigirse con la escuadra de Chile, después que barrió el Pacífico hasta del último trapo español, a la isla de Santa Elena, y allí, por astucia, o a viva fuerza, sacar a Napoleón de su cautividad y traerle a Valparaíso sano y salvo”.

“Y bien! Nosotros desde la primera niñez habíamos oído también el vago rumor de esa misma versión heroica comunicada por el anciano e íntimo consejero del gobierno del general O’Higgins a su hijo; y desde entonces hémosla guardado con la misma fidelidad de recuerdos que el tierno paseante de la Alameda de Concepción”.

Napoleón Bonaparte en Arcole Gros

Al menos por fechas, la loca historia calzaría: en 1815 tras su derrota en Waterloo, después de los llamados Cien Días (su retorno a Francia después de su primer exilio, en la isla de Elba), Napoleón Bonaparte perdió el apoyo político en Francia. Obligado a abdicar, se entregó a los ingleses, quienes en vez de desterrarlo nuevamente a una isla en Europa, optaron por un destino mucho más lejano: Santa Elena, en el Atlántico Sur, cerca de la costa africana.

En aquel sitio, completamente aislado, el corso escribió sus memorias y luchaba contra unas continuas molestias estomacales. En paralelo. Chile estaba bajo el dominio español. Tras el desastre de Rancagua y la huida a Mendoza, el general peninsular Mariano Osorio retomó el control de Chile para la corona. Este llegó a su fin de 1817 con el triunfo patriota en Chacabuco; y se consolidó en 1818 con la Batalla de Maipú.

El plan, añade Vicuña Mackenna, existió. “El (Cochrane) admiraba a Napoleón tanto como Fox o como Sidney Smith, marino y aventurero como él...propuso algo más tarde el arrojado lord de Escocia al Director O’Higgins destronar a San Martín y proclamarle [a Napoleón] emperador del Perú”. Cabe apuntar que José de San Martín estaba al mando del ejército expedicionario, y Cochrane de la flota naval.

Lord Cochrane le presentó la idea a O’Higgins. “Agregaba sobre este preciso particular el más querido confidente del dictador O’Higgins, que el gobierno había tomado en ‘seria consideración’ la atrevida y casi insensata pero a todas luces heroica y verdaderamente homérica proposición del osado británico. Mas esa consideración seria no pudo tener otro resultado que el rechazo inminente de semejante heroica locura, sin causar con ello agravio al susceptible y no poco atrabiliario lord escocés”.

Bernardo O'Higgins

¿Por qué no habría fraguado el plan? García-Huidobro lo comenta: “Hay varios motivos que tienen que ver con la pelea de O’Higgins con Cochrane en algún momento por sus sueldos impagos, hay que sumarle a eso también el hecho de que si efectivamente Napoleón hubiese sido rescatado de Santa Elena, Chile y las naciones sudamericanas habrían estado en un predicamento bastante grande, porque esto habría significado que el principal socio comercial y proveedor de armas durante la independencia se iba contra nosotros precisamente por haber sacado al hombre más buscado de Europa, y que se había convertido en una especie de anticristo para los para los británicos”.

En el documento de Vicuña Mackenna se explica así: “Chile miraba entonces a Inglaterra como su verdadero palladium contra España, y por motivo alguno se habría prestado a ofenderla. Todo lo contrario. Consta de la historia, aunque el hecho no se ha publicado todavía, que el día en que de repente se apareció lord Cochrane con su mujer, su cama y su gloria en la rada de Valparaíso, a bordo de la Rosa, buque de comercio, y contratado sin aviso previo por Alvarez Condarco, hubo en Santiago una grave reunión secreta en el palacio del Director, para resolver si se aceptaría la espada de semejante auxiliar, o si en obsequio de la amistad con el gobierno inglés, se llegaría hasta desairarlo con una triste repulsa. Consta este hecho curiosísimo, y tan poco conocido como el del rescate de Santa Elena, de una carta del general Zenteno o del ministro Zañartu al director O’Higgins, recordando a éste tan grave incidente a propósito de las turbulentas y acres disidencias que el almirante tuvo después con San Martín en el Perú, cuya carta existe inédita en nuestros papeles, sin que tengamos ahora los medios de verificarla”.

Vicuña Mackenna también le da fechas al plan. “Esto había sucedido respecto de lord Cochrane en Noviembre de 1818; y he aquí lo que, como confirmación, Irisarri, ministro de Chile en Londres, escribía a O’Higgins desde esa ciudad el 1° de Enero de 1820, con motivo de ciertas frases irónicas de una arenga de lord Cochrane en que hacía alusión al odio que le traía proscrito—’La enemistad personal de estos ministros con nuestro almirante debe no hacernos mucho provecho, principalmente cuando se le juzga con el mayor influjo entre nosotros’“.

Napoleón Bonaparte

Napoleón y América

Otro punto a favor de esta historia es que el corso tenía ideas sobre independizar la América de la corona española. Un artículo de Javier Díaz Solar, de esa misma Revista Chilena, dio a conocer que tras la captura de Fernando VII y la asunción de José Bonaparte como rey de España, Napoleón intentó subyugar a América, pero este plan resultó en un estrepitoso fracaso. “La locura fernandina habíase allí apoderado de todos los ánimos por un doble sentimiento, de compasión inmensa por las desgracias del monarca destronado y de tremenda indignación contra el autor de tamaña desgracia. El amado Fernando, el adorable Fernando, el mejor de los príncipes, el más amable de los reyes, eran las expresiones con que en boca de todos se hablaba del cautivo de Valencey. Y todavía, el monstruo de la Europa, como se llamaba a Napoleón, pretendía que la América se le sometiese. No se podía haber escogido un momento más desgraciado para que tal empresa tuviese el buen resultado que el Emperador se proponía y creía fácil de conseguir. Así sus previsiones y sus cálculos sobre la fácil conquista de España comenzaban a fallar y a obligarle a concentrar en este punto de la Europa la atención que repartía sobre el mundo entero”.

Entonces, Napoleón cambió de estrategia. Obligado por los duros reveses que sufría en España, optó por apoyar a los países americanos en su cruzada independentista. No era una idea tan nueva, considerando el apoyo que Francia le dio a los Estados Unidos durante su guerra de independencia. Javier Díaz Solar cita una carta del mismo José Bonaparte dirigida a Mr. Desmolard, el agente francés en territorio americano. “El único objeto, en los momentos actuales, debe ser persuadir a los criollos de que Su Majestad Imperial y Real no tiene otro fin en dar la libertad a la América española, sumida en la esclavitud hace tanto tiempo, sino el de obtener por precio de tamaño favor la amistad de los habitantes y el libre comercio con los puertos de ambas Américas, y el de independizar la América española de la Europa. Su Majestad ofrece todos los auxilios necesarios de tropas compuestas de valerosos guerreros, respecto a lo cual se ha entendido Su Majestad con los Estados Unidos del Norte de la América”.

Eso sí, Cristóbal García-Huidobro añade: “Uno siempre puede dudar críticamente de la veracidad de lo contado por vicuña Mackenna, que era un hombre de una imaginación prolífica, pero también estaba llevándose por delante a las personas que él mismo indicaba. Eran la fuente de su historia. Por eso es dudoso que efectivamente sea falsa la historia, pero bueno, uno siempre tiene que someterla al aparato crítico”.

Napoleón falleció en Santa Elena, el 5 de mayo de 1821 a las 17:49, a los 51 años. Sus restos fueron trasladados años después a Francia, en 1840, y fueron depositadas en el complejo Les Invalides (París), donde permanecen hasta hoy.

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