Niños de Plomo: Justicia social en tiempos de streaming
Más allá de cualquier vocación política o social, la miniserie de Netflix cumple con lo que promete. Fundir de manera virtuosa la historia con una propuesta visual y estética impecables, que transmiten en cada uno de sus encuadres la sustancia del relato.
El pasado no desaparece: se acumula. Historias que duermen bajo el polvo, sumergidas en un caldo de cultivo que las mantiene vivas a pesar del olvido. La serialidad contemporánea se ha vuelto experta en tomar esa oportunidad, remover las capas de plomo en el timing correcto y relevar historias subterráneas, dolorosas y urgentes, que además son tierra fértil para disparar algoritmos y encabezar las listas en el streaming. Así, justicia histórica, ficción y audiencia se funden en la alquimia perfecta.
Inscrita en el llamado “contamination drama”, con corporaciones villanas y héroes anónimos que las derrotan, la miniserie de Netflix Niños de Plomo emerge entre las cenizas para contar la historia real de Jolanta Wadowska-Król (Joanna Kulig, Cold War). Basada en la novela homónima de Michael Jedryka, quien retrató su propia experiencia de infancia, se sitúa en la Polonia de los años 70, cuando la doctora descubre que decenas de niños de la localidad de Szopienice están enfermando gravemente, sin causa conocida. Su investigación revela una contaminación masiva por plomo ligada a una industria estatal, escondida por las autoridades. Así, Jolanta llevará adelante la denuncia sin descanso, aunque su entorno, el gobierno y sus camaradas, los trabajadores de la metalúrgica e incluso su propia familia, intenten silenciarla a cualquier costo.
La miniserie dialoga con el impacto profundo de la aplaudida Chernobyl, una historia mucho más conocida y abordada, pero todavía con heridas abiertas. Ambas se hermanan en su pulsión justiciera y su estética: arquitectura monumental, fría y gris de la Polonia comunista, en contraste con la pequeñez de las personas que se funden entre sus muros y columnas, colores deslavados persistentes, tonos opacos que irradian olvido y secretos de estado. Como si el filtro de la imagen tuviera una capa de químicos radioactivos y polvo, que remueven irremediablemente la luminosidad natural de la vida.
Para sacarle partido a esos contrastes, el director Maciej Pieprzyca incluye videos institucionales de la época, material de propaganda que funcionan como el reverso perfecto del horror. Retazos de la República Popular de Polonia, marcada por el intento de modernización económica del líder Edward Gierek, que inicialmente trajo prosperidad, pero terminó en crisis, escasez y el auge de la oposición obrera. Así, los discursos triunfalistas, promesas de gloria, niños sonrientes e imágenes limpias y luminosas, dan paso al despertar del sueño, que paradojalmente se vuelve más real a través del filtro de la ficción.
“Esto no se trata de política, se trata de salvar niños”, le responde Jolanta a su intransigente marido, quien teme por la seguridad de su mujer y sus hijos ante la arremetida evidente de los encubridores. Pero la discusión queda abierta: ¿Se puede hacer justicia sin hacer política? Así, Niños de Plomo deja clara su postura: denunciar siempre es un acto político y callar también. Frente a ese postulado, emerge la contrarrespuesta, en la que se refugian los obreros, sus familias, temerosos de perder su fuente de trabajo y seguridad: ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para preservar la calma?
Más allá de cualquier vocación política o social, la miniserie cumple con lo que promete. Fundir de manera virtuosa la historia con una propuesta visual y estética impecables, que transmiten en cada uno de sus encuadres la sustancia del relato. Seis capítulos épicos, en constante ebullición y llenos de emocionalidad. Cincuenta años después, la batalla solitaria de Jolanta se vuelve colectiva, las audiencias se disparan, las listas de lo más visto premian esa conjunción. Y el algoritmo nos regala el beneficio de conocerlas, antes de que se conviertan en polvo.
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