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Rubem Fonseca: el maestro que vino del trópico

<P>Sempiterno candidato al Nobel, el brasileño desafía los géneros, la moral y la corrección política.</P>

Pese a su riqueza y larga tradición, la literatura en lengua portuguesa ha sido injustamente relegada a un tercer o cuarto plano en nuestro provinciano mundo editorial. En el panorama actual, por ejemplo, pocos autores pueden ostentar una obra tan maciza y contundente como la del brasileño Rubem Fonseca, varias veces nominado al Nobel y ganador de premios tan relevantes como el Juan Rulfo y el Luis de Camoes, que otorgan en forma conjunta Brasil y Portugal.

Leer a Fonseca es como manejar de noche por una carretera oscura (piensen en una cinta de David Lynch o en Sed de mal, de Orson Welles) y aventurarse por esos caminos aledaños que no tienen señales ni aparecen en los mapas. Rutas que llegan a lugares impensados, sombríos, donde todo puede suceder. Los personajes que encontramos allí son casi siempre turbios, si no perversos, libidinosos y a menudo violentos, aunque suelen recitar versos y creer, pese a todo, en el amor.

La gracia de este autor nacido en Minas Gerais en 1925 radica en varios aspectos, pero quizá habría que destacar dos: su habilidad para hacer arte narrativo de alto vuelo a partir de elementos aparentemente desechables de la cultura popular; desde el folletín al culebrón, pasando por la novela de detectives de consumo rápido y rozando la pornografía, tanto en la manera de describir el sexo como la violencia.

El otro gran don de Fonseca es que logra que el lector confíe en la verosimilitud de los hechos y caracteres más inverosímiles. Uno asiste confiado a sus espectáculos de sangre y relaciones pervertidas, con muertes al por mayor y escritores pedófilos; mujeres espléndidas que caen rendidas ante tipos flacos y feos; detectives que confían en el azar más que en la deducción para resolver los acertijos más intrincados; asesinos a sueldo que hablan latín y adolescentes enamoradas de viejos decrépitos. Y así y todo, le creemos.

Si alguien tenía dudas del prestigio del que goza Fonseca (lo han elogiado sin reservas autores como Thomas Pynchon y Vargas Llosa) más vale que se las guarde en el bolsillo y consiga El seminarista y El cobrador, dos libros recién publicados en Chile por el sello Tajamar Editores (ojo con la traducción, que incluye con soltura algunos chilenismos en buena ley). Dos textos breves, pero poderosos, que dan una idea certera sobre el talento de un escritor filoso como un machete, incorrecto hasta la médula y de un virtuosismo singular.

Siguiendo con la analogía del cuchillo, su arte se parece al de esos maestros de sushi que filetean el pescado, sacan la piel y las escamas, lanzan las sobras y las vísceras, sin manchar nunca la mesa, y finalmente cortan rebanadas delgadísimas y limpias, dignas de un cirujano. Todo llega resplandeciente al plato aunque el proceso sea bastante sangriento.

Los textos de Fonseca se consumen crudos, fríos. Sin maquillajes ni aditivos ni tonteras edificantes. No hay redención en sus historias, pero sí venganza. El amor es una puerta secreta que se esconde entre las sábanas, sin distinción de edad. Hay que tener el cuero duro y el estómago resistente para pasar sus páginas sin escandalizarse.

Encantador de serpientes

El seminarista (2009) es una perfecta novelita policial sobre alguien que quiso ser cura y terminó siendo asesino a sueldo. Un tipo de aficiones precisas: recita a cada rato a poetas latinos; le gustan las mujeres flacas y de senos pequeños (y muchas de ellas, porque en la variedad está el gusto); prefiere disparar a la sien para no desfigurar el rostro de las víctimas; toma duchas de agua hirviendo; come en lugares populares en que los platos se venden por su peso en gramos; escucha rock en audífonos; nunca duerme más de seis horas; no lee los diarios porque no quiere saber nada de sus encargos y tampoco pregunta las razones de sus clientes.

Pero el seminarista, pese a todo, no es un sicópata y tiene remordimientos. Es un tipo que cambia. En un momento decide jubilarse, sin saber que su retirada desata una serie de movimientos, como un engranaje del que desconocemos que formamos parte: las piezas se mueven y una muerte provoca otra y así sucesivamente. Y en el centro de todo hay un chica hermosa, Kirsten, de la que José (así se llama nuestro antihéroe) se enamora a primera vista.

"Cuando fuimos a la cama y se desnudó quedé maravillado con su cuerpo perfecto, con los dos huesos laterales salientes de la pelvis, y también con la barriga lisa como tabla, y los senos, dos limoncitos empinados, y también con la suavidad de su piel, y también con su voz susurrante", dice el narrador. Y más tarde, cuando le confiesa sorpresivamente que la ama, agrega: "Muchos deben encontrar absurdo que un tipo que ha matado por encargo a un montón de gente sea dominado por sentimientos de esa naturaleza. A decir verdad, yo también me creía incapaz de una emoción tan profunda, me calentaban las mujeres, y las admiraba, pero nunca antes había sentido pasión. En realidad, amor et vitae essentia, el amor es la esencia de la vida".

Como se ve, Fonseca camina en el filo de la cursilería y el romance de telenovela, pero por milagro se mantiene en pie. Si fuese un equilibrista, sería de aquellos que van de un rascacielos a otro, sin malla que los salve. La trama es imposible, aunque la seguimos como se sigue a un encantador de serpientes.

Los mismos atributos -y peligros- están presentes en El cobrador (1979), colección de relatos que incluye una obra maestra como Pierró de la caverna (sobre un viejo escritor que seduce a una niña de 12 años) y el famoso Mandrake, en el que aparece por primera vez el detective que protagonizaría dos novelas importantes del autor: El gran arte y Bufo & Spallanzani, y a partir del cual HBO realizó una serie.

El protagonista es un mujeriego abogado dedicado a resolver asuntos en los que aflora la inmundicia de la sociedad carioca. Juega ajedrez con su chica, hace el amor con ella, toma vino y recibe una llamada en medio de la noche: un prestigioso empresario y político es sospechoso de asesinato. Sin tener pruebas cree en su inocencia. Y obviamente se enamora de Eva, la hija virginal del magnate en problemas.

El relato sigue los patrones de Raymond Chandler, de quien Fonseca es un heredero aventajado. Dicen que los verdaderos artistas antes que imitar, roban. Así parece reconocerlo el propio escritor (quien nunca da entrevistas, como su amigo Pynchon) cuando pone en boca de Mandrake, la siguiente frase: "Pensé en Eva. Adiós, querida amiga, un largo adiós. El gran sueño". Los culpables, se sabe, siempre vuelven al lugar de crimen.

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