Educación

Informe del Mineduc muestra histórica matrícula de la educación técnico-profesional

En pleno Mes de la Educación Técnico‑Profesional, las cifras revelan un cambio profundo. Chile requiere más técnicos, pero el sistema ya no es solo una vía rápida al empleo: se ha convertido en el principal espacio de actualización, reconversión y movilidad social. ¿Quiénes son sus estudiantes y qué rol cumple hoy en el desarrollo del país?

La histórica matrícula que eleva el estatus de la educación técnico-profesional. JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

La educación técnico-profesional dejó de ser un camino rápido hacia el trabajo. Lo que antes se asociaba a carreras cortas y aplicadas para jóvenes recién egresados de la enseñanza media, hoy se ha transformado en el principal espacio de actualización de competencias, reconversión laboral y reingreso a estudios en distintas etapas de la vida.

Las cifras muestran la magnitud de esa transformación. En 2026, por primera vez desde que hay registros, más de la mitad de los nuevos estudiantes de educación superior ingresó a un instituto profesional (IP) o un centro de formación técnica (CFT), consolidando esta vía como la principal puerta de entrada al sistema.

Hace ya un tiempo, la matrícula de la educación técnico-profesional viene al alza. Hoy representa el 56% de la matrícula de primer año y este 2026, según el Informe de Matrícula 2026 del Sistema de Información de Educación Superior (SIES), la tendencia se consolidó, ya que por primera vez la matrícula de primer año de los IP superó a la de las universidades, con un 44,8% frente a 43,5%. El restante 11,8% corresponde a matrícula de primer año de CFT.

Y el perfil de quienes llegan también cambió.

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El cambio más profundo no está en las carreras, sino en las personas que hoy llenan las salas —presenciales y virtuales— de la educación técnico‑profesional. Las cifras del SIES ayudan a dimensionar ese giro: un tercio de los estudiantes de IP y CFT tiene más de 30 años, y aunque quienes tienen 35 años o más representan solo el 14,3% de la matrícula total de pregrado, explican el 38% del crecimiento del último año. Son ellos —los adultos trabajadores— quienes están empujando la expansión del sistema.

La educación técnico-profesional se consolida como el subsistema terciario del adulto. Son personas que ya trabajan y que buscan iniciar, mejorar o actualizar su trayectoria laboral. Muchos concilian además el estudio con labores de cuidado”, resume Fernanda Valdés, subsecretaria de Educación Superior.

“Las trayectorias se han diversificado y las modalidades también: en los IP, un 32% de la matrícula estudia en formatos semipresenciales o a distancia; en los CFT, un tercio lo hace en jornada vespertina. La educación técnico profesional se ha convertido en una alternativa real para la formación a lo largo de la vida”, agrega.

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Esa transformación también se nota en las aulas. “No vienen a descubrir qué quieren ser; vienen a ascender, reconvertirse o validar aprendizajes que ya tienen del mundo del trabajo, o a cerrar un ciclo que la vida les postergó”, dice el rector (i) del Instituto Profesional IACC, Óscar Iriani.

Hace 20 años —agrega— el imaginario era otro: jóvenes de entre 18 y 22 años que salían de la enseñanza media y buscaban una carrera más corta y aplicada. “Hoy ese perfil convive con otro que se ha vuelto mayoritario en la modalidad online: adultos entre 25 y 45 años, muchos de ellos con hijos y jornadas laborales completas, que llegan a la educación superior con una motivación muy distinta a la del recién egresado”.

Para Iriani, la educación online dejó de ser una alternativa para quienes no podían asistir presencialmente y pasó a convertirse en una opción elegida por quienes necesitan compatibilizar estudio, trabajo y vida familiar. “La educación superior dejó de ser algo que ocurre al salir del colegio y pasó a ser algo que ocurre durante toda la vida”, sostiene.

Mucho más que carreras técnicas

Aunque suele asociarse a carreras técnicas de corta duración, la educación técnico-profesional está integrada por dos tipos de instituciones: los CFT, que imparten carreras técnicas de nivel superior, y los IP, que ofrecen tanto programas técnicos como carreras profesionales sin licenciatura. En conjunto, conforman un subsistema que reúne a cerca de la mitad de la matrícula de pregrado del país, con más de 613 mil estudiantes, y que ha ampliado significativamente tanto su oferta como el perfil de quienes estudian en él.

Esa expansión no se explica solo por el crecimiento de las carreras técnicas. Según el SIES, mientras la matrícula de Técnico de Nivel Superior se ha mantenido estable —poco más de 322 mil estudiantes—, las carreras profesionales impartidas por los IP aumentaron 30,5% entre 2022 y 2026, pasando de 246 mil a más de 321 mil estudiantes. Hoy ambos tipos de programas tienen prácticamente el mismo tamaño dentro del sistema.

Para Valdés, esta evolución explica por qué la educación técnico-profesional ha adquirido un rol estratégico. “Al ser una formación de ciclo corto y aplicado, se ha convertido en un actor clave para el desarrollo del país. Ofrece alternativas formativas en distintos sectores productivos que la convierten en un motor de movilidad social”, señala.

Las estadísticas respaldan esa afirmación. Más de la mitad de los titulados de primera generación de educación superior proviene de la educación técnico-profesional y dos tercios de sus egresados logran mejorar su nivel socioeconómico. Para la autoridad, ese impacto demuestra que el sistema no solo responde a las necesidades del mercado laboral, sino que también constituye una de las principales herramientas de movilidad social del país.

Un sistema conectado con el desarrollo productivo

La creciente importancia de la educación técnico-profesional también responde a las transformaciones que viven las industrias. La transición energética, la automatización, la digitalización y el desarrollo de nuevas tecnologías están modificando las competencias que requieren las empresas y elevando la demanda por formación aplicada.

“Las industrias están viviendo una importante transformación en materias de tecnología, automatización y productividad. La inteligencia artificial está cambiando profundamente la forma en que trabajamos y aprendemos. Pero mientras más capaz sea la tecnología, más valiosas se vuelven las capacidades propiamente humanas”, señala Catalina Iglesias, vicerrectora Académica y de Innovación de INACAP.

Para Iglesias, justamente porque la inteligencia artificial puede procesar información y automatizar tareas, las capacidades propiamente humanas adquieren un valor aún mayor. Formular buenas preguntas, interpretar resultados, tomar decisiones con criterio y asumir la responsabilidad por ellas serán competencias cada vez más relevantes. Por eso —afirma— el pensamiento crítico, la creatividad, la comunicación, el liderazgo y la ética pasarán a ser tan importantes como los conocimientos técnicos.

Esa transición ya se manifiesta en sectores estratégicos para el país. Iglesias, explica que la mayor demanda se concentra hoy en minería, energía, infraestructura digital, telecomunicaciones y tecnologías de la información. A ello se suma el crecimiento de industrias emergentes, como los centros de datos, que requerirán especialistas en ciberseguridad, eficiencia energética y administración de infraestructura tecnológica.

Para responder a esos cambios, las instituciones han debido actualizar sus modelos formativos. En INACAP, la renovación de carreras se realiza junto a representantes de los sectores productivos mediante Consejos Empresariales Sectoriales y Consejos Productivos Regionales, mientras los estudiantes trabajan desde los primeros años con desafíos reales planteados por empresas.

El desafío ya no es solo crecer

El crecimiento del sistema también plantea nuevos desafíos. Ya no basta con ampliar cobertura o abrir carreras. El reto es mantener una oferta pertinente, capaz de adaptarse a la velocidad con que cambian las tecnologías, los procesos productivos y las necesidades de las empresas.

La articulación entre instituciones, el desarrollo de trayectorias formativas más flexibles y una mayor vinculación con el sector productivo aparecen como desafíos clave. También será necesario revisar permanentemente la oferta académica para evitar programas que queden obsoletos frente a nuevas demandas.

La educación técnico-profesional ha demostrado una enorme capacidad para responder a los cambios que vive el país. Pero hoy el desafío no es solo formar más personas, sino ofrecer trayectorias que permitan actualizar conocimientos y desarrollar nuevas competencias a lo largo de la vida”, plantea Valdés.

Más que un sistema pensado para quienes comienzan su vida laboral, la educación técnico profesional se consolida como una plataforma de aprendizaje continuo. Como resume Iriani, la educación superior dejó de ser un hito asociado al egreso de la enseñanza media y pasó a convertirse en un proceso que acompaña a las personas durante toda su vida laboral.

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