De ícono progresista a figura polarizadora: las claves tras el auge y caída de Jacinda Ardern

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, quien dejará el cargo en febrero, en una imagen de julio de 2022. Foto: Reuters

La renuncia de la primera ministra deja un legado mixto, con muchas promesas en sus primeras etapas de tramitación legislativa y una notoria baja en su popularidad en comparación con el inicio de su administración. El largo encierro sanitario de Nueva Zelanda, así como preocupaciones por la perspectiva económica, marcaron la caída de un ícono liberal mundial.


Sin previo aviso, la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern (42), anunció su renuncia al cargo político más relevante de la nación isleña, sorprendiendo a millones en el mundo, pero, quizás, no tanto a sus compatriotas.

La estricta política para contener la pandemia del Covid-19 le valió, inicialmente, aplausos en muchas esquinas del mundo, incluida la oposición local. Con índices de muerte muy bajos en comparación a otras latitudes, la prensa y políticos de todo el globo elogiaban la estrategia. Pero con el pasar del tiempo, mientras todos los países volvían poco a poco a la normalidad, Nueva Zelanda continuaba cerrada tanto al exterior como en el interior.

A eso se sumó un problema mundial, pero no por eso menos relevante. La implacable recesión económica -a la que se espera que el país entre durante el próximo trimestre-, además del déficit habitacional que se arrastra desde hace décadas en la isla, aumentaron el rechazo hacia la gestión del Partido Laborista de Nueva Zelanda, dirigido por Ardern, el que terminó con un 33% de aprobación según un sondeo de 1 News-Kantar realizado en diciembre, frente al 40% que mantenían a principios de 2022. Dicha baja se traduce en que, incluso con el 9% de sus históricos aliados, el Partido Verde, los laboristas podían perder la mayoría y, por tanto, el gobierno.

La primera ministra Jacinda Ardern hace una mueca mientras anuncia su dimisión en una conferencia de prensa en Napier, Nueva Zelanda. Foto: AP

“El hecho es que ahora es una figura polarizadora”, dijo a Reuters el profesor de la Universidad de Massey, Grant Duncan. Que la primera ministra haya preferido dar un paso al costado para no arrastrar a su partido es una de las teorías que se baraja.

“Existe la posibilidad de que un líder laborista llegue y restablezca el Partido Laborista, convirtiéndolo en un partido centrado en las cuestiones en las que se centran los votantes: el costo de la vida, la inflación y asegurarse de que los asalariados reciben una mayor parte de la riqueza”, aseguró al mismo medio la excandidata laborista Josie Pagani.

Ardern, quien dejará el poder el 7 de febrero, aseguró que renunciaba a un nuevo período al mando del Partido Laborista debido a que es necesario tener conciencia de “cuándo eres la persona adecuada para liderar y también cuándo no lo eres”.

La declaración se enmarca en la sostenida disminución de su popularidad al interior del país, en una gestión que destacó en un inicio por su carácter progresista, un trato muy cercano y una reformulación del liderazgo femenino, tarea que asumía a los 37 años, convirtiéndose en la líder del Ejecutivo más joven del mundo.

“Soy humana. Los políticos son humanos. Damos todo lo que podemos durante el tiempo que podemos, y luego es el momento. Y para mí, es el momento”, dijo la aún primera ministra. “Sé lo que requiere este trabajo. Y sé que ya no tengo suficiente en el tanque para hacerle justicia. Es así de simple”, agregó.

La “jacindamanía”, como llamaron a la ola de popularidad que cruzó los mares y se propagó por el mundo progresista, venía en franco decaimiento desde hace meses. Durante julio de 2022, en una entrevista con ABC, le consultaron qué se sentía ser más popular en el extranjero que en su propio país, a lo que respondió que “siempre seré, ante todo, la primera ministra de Nueva Zelanda, y mi atención se centra totalmente en nuestra nación”.

La última encuesta de Newshub-Reid Research previo a dicha entrevista había revelado que su apoyo había caído 6,1 puntos versus la medición anterior, llegando al 38,2%, convirtiéndose en la primera vez en que bajaba del 40% de aprobación, y demarcando el camino a lo que sería una fuerte campaña contra sus políticas, no solo relacionadas con el Covid, sino que también por su agenda progresista y poco auspiciosa perspectiva económica.

Covid, alza y caída

Tras convertirse en una de las primeras líderes nacionales en cerrar por completo el país, logrando una de las cifras más bajas de muertes asociadas al mortal virus, el Partido Laborista cosechó una de sus mayores victorias en décadas cuando vencieron en las elecciones de 2020. Sin embargo, con el paso del tiempo y la lenta reapertura, acompañada de un explosivo aumento en los decesos, tiraron al piso lo hecho inicialmente.

La primera ministra Jacinda Ardern, tras una conferencia de prensa diaria sobre el Covid-19 en Wellington, Nueva Zelanda, el 20 de agosto de 2021. Foto: AP

A esto se sumaron protestas de grupos antivacunas, muchos de ellos incluso violentos en su actuar, acompañados de grupos de derecha de corte populista, lo que hizo escalar la situación a un nuevo nivel. A mediados del año pasado, luego de un largo período de protestas de un grupo antivacunas que acampaba en las afueras del Parlamento, el gobierno decidió desalojar el lugar, provocando violentos enfrentamientos entre manifestantes y la policía, lo que dejó patente la existencia de un movimiento anti-ardernista, sobre todo en la Nueva Zelanda provincial, detalló la BBC.

Durante junio del año pasado, datos publicados por las autoridades demostraban que las amenazas registradas por la policía contra la primera ministra se habían triplicado en tres años, lo que conllevó a, por ejemplo, cancelar la antigua tradición donde el líder nacional organiza un asado en el lugar donde se firmó el Tratado de Waitangi durante el Día de Waitangi, considerado como el punto fundacional de Nueva Zelanda como nación.

Preocupación económica

En el ámbito financiero, la o el sucesor de Jacinda Ardern deberá enfrentarse a un próximo trimestre con Nueva Zelanda sumida en la recesión que afecta a parte importante del mundo. Si bien es un problema que presiona a la mayoría de los gobiernos debido a las consecuencias económicas derivadas de la pandemia y la guerra en Ucrania, la alta inflación y la escasez en la mano de obra -especialmente en el área de la salud, donde los funcionarios siguen presionados por el virus- amenazan con oscurecer el panorama electoral del Partido Laborista.

Octubre, mes en el que los neozelandeses acudirán a las urnas a emitir su voto, fue señalado como la fecha en que el país entrará en recesión, según el Banco de la Reserva de Nueva Zelanda. Eric Crampton, economista jefe del grupo de reflexión The New Zealand Initiative, dijo a Reuters que “el reto más importante para el año que viene será intentar conseguir un aterrizaje suave de todo esto y encontrar la manera de que la inflación vuelva a la normalidad sin acabar con todo”.

Por otro lado, la crisis inmobiliaria que hace décadas amenaza la calidad de vida de los isleños, el aumento de los créditos hipotecarios y la creciente preocupación por la delincuencia, también fueron factores que influyeron en la disminución de la popularidad de la ícono progresista.

Reformas progresistas pendientes

Quizás la más icónica de las cualidades de Ardern, resumida en su frase “sé fuerte, sé amable”, es también parte de su herencia incompleta. Su liderazgo empático y una admirada capacidad de gestión de crisis no logró trascender en materia de políticas públicas, al menos durante su administración. “Espero dejar a los neozelandeses con la convicción de que se puede ser amable pero fuerte, empático pero decisivo, optimista pero centrado”, dijo mientras anunciaba su pronta salida del cargo. Sin embargo, sus correligionarios necesitaban más. Necesitaban un legado.

Ícono del progresismo de izquierda y del liderazgo femenino, dos momentos marcaron hitos en esa faceta. En marzo de 2019, una masacre contra 51 fieles musulmanes en Christchurch a manos de un supremacista blanco hizo eco mundial. La pequeña nación de 5 millones de habitantes miraba con horror el acto de odio, a lo que Ardern respondió juntándose con la comunidad musulmana en el país vistiendo un pañuelo islámico a modo de respeto y asegurando que Nueva Zelanda estaba “unida en el dolor”.

Ardern abraza y consuela a una mujer mientras visita la mezquita de Kilbirnie para depositar flores entre los homenajes a las víctimas del ataque de Christchurch, en marzo de 2019. Foto: AP

Tras calificar el hecho como terrorista, la política recibió elogios mundiales por su respuesta, y rápidamente prohibió las armas de fuego semiautomáticas, además de implementar medidas para reducir el número de armas en el país.

El segundo hito había llegado un años antes, en septiembre de 2018, de la mano de su asistencia a la Asamblea General de la ONU en Nueva York junto a su hija nacida tres meses antes, marcando un precedente de la relación entre ser madre y líder. Pero, aun así, faltaba concretar políticas.

Tras el aplastante triunfo de 2020, los laboristas se embarcaron en lanzar una batería de reformas que abarcaron temas como el agua, el sistema sanitario, la planificación de recursos, la radiodifusión y el cambio climático, además de políticas insignes para la mandataria como lo era la relación con el pueblo maorí. Un nuevo plan de estudios de historia para los colegios y un refuerzo en las medidas de gobernanza entre isleños maoríes y no maoríes en los organismos públicos marcaron su gestión, detalló la BBC.

Sin embargo, la mayor parte del programa se mantiene pendiente de aprobación, o está en las primeras etapas legislativas para su tramitación.

Obviamente, esto da al Partido Nacional una oportunidad aún mayor de ganar estas elecciones”, dijo Bryce Edwards, investigador de la escuela de gobierno de la Universidad Victoria de Wellington, a Reuters.

Para el académico, “Jacinda Ardern era realmente la mejor arma, la mejor baza de los laboristas, pero también creo que era alguien que estaba ahuyentando cada vez más a los votantes indecisos”.

Su política de infraestructuras hídricas, medida que busca disminuir las emisiones de metano del ganado vacuno y ovino, han afectado especialmente la relación de la industria con el gobierno. “Es mucho más probable que el Partido Nacional simpatice con los agricultores y los productores lácteos”, agregó el académico Grant Duncan.

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